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En nuestra condición humana es “normal” que siempre deseemos lo mejor y que no aceptemos tener en nuestra vida situaciones que muchas veces no son las mejores. Parte de la ingratitud es el no recordar todo lo bueno que hemos tenido o vivido en diferentes épocas que, posiblemente nos hubieran ayudado a crecer

espiritual, emocional, intelectualmente. Por ejemplo:

Debemos recordar: “Cuando el cielo está gris, acuérdate cuando lo viste profundamente azul.

Cuando sientas frío, piensa solo en un sol radiante que ya te ha calentado.

Cuando sufras una temporal derrota, acuérdate de tus triunfos y tus logros.

Cuando necesites amor, revive tus experiencias de afecto y ternura.

Acuérdate de lo que has tenido y de lo que has dado con alegría.

Recuerda los regalos que te han hecho, los besos que te han dado, los paisajes que has disfrutado y las risas que te han emanado.

Si esto has tenido lo podrás volver a tener y, lo que has logrado lo podrás volver a ganar.

Alégrate de lo bueno que tienes y por lo de los demás; desecha los recuerdos

tristes y dolorosos, no te lastimes más.

Piensa en lo bueno, en lo amable, en lo bueno y en la verdad.

Recorre tu vida y detente en donde haya bellos recuerdos y emociones sanas y, vívelas otra vez.

Visualiza aquel atardecer que te emocionó.

Revive esa caricia espontánea que se te dio.

Disfruta nuevamente de la paz que ya has conocido, piensa y vive el bien.

Allí en tu mente están guardadas todas las imágenes.

¡Solo tú decides cuáles has de volver a mirar!
Acuérdate de lo bueno

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