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Asilo Santovenia: una historia de la vida real

Los nombres de los protagonistas de esta verdadera historia han sido cambiados.
En la calzada del Cerro, en la Habana, capital de Cuba, está situado el Asilo Santovenia para el cui-
dado de los ancianos desamparados. Este centro benéfico es atendido por las Hermanas de la Caridad.
Para su mantenimiento, estas humildes monjitas salían a la calle diariamente a recorrer los distintos comercios de la zona en busca de ayuda.  La Plaza del Mercado era su lugar preferido por la gran concentración de pequeños negocios en un mismo sitio.  Las graciosas hermanitas se movían libremente de un lugar a otro; todos las respetaban y les brindaban ayuda, pues conocían perfectamente la humanitaria labor que ellas realizaban.
Sin embargo, aquí, en este mismo lugar, sucedió un repugnante hecho que llenó de indignación a todos
los que estaban presentes. En una mañana del mes de abril del año 1958, hacían su recorrido las Hnas.
María de las Mercedes y Solángel del Niño Jesús; al llegar a una de las casillas de venta de carne, esta
última se dirigió a un carnicero español llamado Don Fermín, y le pidió por amor a Dios, alguna peque-
ña ayuda para sus viejecitos; pero, parece que el tal Fermín ese día estaba de muy mal humor y, soltando
fuertes palabrotas y algunas blasfemias le escupió en la mano a la Hermana Solángel. Muy entristecidas
por este lamentable hecho, las buenas monjitas regresaron a casa y contaron a la Madre Superiora lo que les había sucedido.
Unas semanas después de este triste incidente, un insólito hecho tuvo lugar, precisamente frente al asilo
Santovenia.  El ómnibus 1462 de la ruta 58 que regresaba de la Habana hacia Marianao, no pudo frenar a
tiempo y alcanzó a un peatón que intentaba cruzar la ancha calzada del Cerro. El chofer del ómnibus y algunos pasajeros ayudaron a aquel pobre hombre que parecía estar en muy mal estado. Lo primero que a
todos se les ocurrió, fue llevarlo al salón de operaciones del asilo que se encontraba a sólo unos metros del lugar. El médico que lo atendió ordenó que fuera trasladado de inmediato al hospital Calixto García,
pues su estado era bastante grave. La Hermana Solángel en compañía del médico llevaron al herido en la ambulancia hasta que éste fue internado en el centro hospitalario donde se hizo necesario una transfusión de sangre. Después de las pruebas de rigor el doctor preguntó a la hermanita si estaba dispuesta a la donación; ella aceptó gustosamente.
A los pocos días, la Hermana Solángel regresó al hospital para conocer cómo estaba el herido; ya que éste se encontraba fuera de peligro y, le habían informado que una monjita le había salvado la vida. Cuando
ella se acercó a la cama, siempre con su angelical sonrisa, le tomó la mano al desconocido que había ayudado, y cariñosamente le preguntó cómo se sentía después de tan trágico accidente. El ya bastante recuperado herido, al ver a la dulce hermanita frente a frente, prorrumpió en grandes sollozos que no podía con-
tener; al fin, cuando pudo reponerse de la emoción le dijo a Solángel: -¡Ay hermana!. esto ha sido un castigo de Dios; yo soy Fermín, el carnicero que hace unos días tuve el atrevimiento de escupirla.  La Hermana le replicó: – No Don Fermín, no es ningún castigo, es Dios que sabe cómo hacer las cosas.  Desde este
día el Asilo Santovenia iba a recibir diariamente una buena donación de carne obsequio del arrepentido
Don Fermín. ¡Bien, ¿qué les parece este insólito episodio de la vida real? ¡Maravilloso, bellísimo!

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