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Cómo ser buenos samaritanos

El domingo escucharemos una de las parábolas más conocidas y más apreciadas de Jesús, la del Buen Samaritano (Lucas 10, 25-37).  Quizás la pregunta fundamental sugerida por ella es si somos capaces de fijarnos en la persona necesitada y responderle con amor.  El amor es una emoción linda en general, pero muy difícil practicar como una decisión, para cada persona con quien nos encontramos.
El término “Buen Samaritano” está muy presente en nuestra sociedad.  Hay hospitales en todas partes, como aquí mismo en West Palm Beach, que llevan este nombre.  Reconocemos y honramos con este título a la persona que es capaz de sacrificarse para ayudar a un desconocido.  El reto para los cristianos católicos es ver cada acto de bondad como algo que brota de nuestros corazones precisamente como nuestra respuesta a la ley de Dios escrita en nuestros corazones (amar a Dios y al prójimo), como nuestra manera de vivir como miembros del Cuerpo de Cristo, como la única manera de imitar realmente a Jesús, que dio su vida para salvarnos, que habíamos sido dejados por muertos a causa del pecado.
Igual que era el caso en tiempos de Jesús, a nosotros nos cuesta mucho fijarnos en la persona necesitada.  Hace 3 años, el caso de Hugo Tale-Yax captó la atención nacional.  Hugo era un guatemalteco indocumentado de 31 años.  Vivía buscando qué comer de día en día.  La prensa lo llamó “buen samaritano”, precisamente porque salvó a una mujer neoyorquina de un asalto.  Las consecuencias para Hugo fueron muy graves, sin embargo.  Acabó siendo él mismo la victima de los mismos criminales, y él murió, sin que nadie lo atendiera, a pesar del hecho de que las cámaras de seguridad de los edificios alrededor de él mostraran a muchísimas personas pasando al lado de él.
Es fácil ver este caso como algo que pasó en la gran ciudad y pensar que nosotros no seríamos tan insensibles.  Pero el hecho de Jesús haya dado un ejemplo tan parecido hace 2,000 años nos dice que Aquél que mejor conoce el corazón humano sabe que todos somos capaces de no ver al hermano delante de nosotros que nos llama, sin poder hablar en muchos casos, a fijarnos en él.
La segunda lectura del domingo viene tomada de Colosenses (1, 15-20).  Comienza este bello himno a Jesús con estas palabras: “Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación”.  Luego, leemos: “Dios quiso que en Cristo habitara toda plenitud y por El quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y de la tierra, y darles la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz”.  En realidad, es el mismo Jesús el “Buen  Samaritano” que dio su vida para rescatarnos a nosotros.  El se fija en nuestra necesidad, la necesidad de la salvación.  Nos pide a nosotros poder verlo a Él en el hermano y la hermana a quien le hace falta que se le tienda una mano de amor y de ayuda.
¿Nos fijamos en la imagen de Dios, el rostro de Jesús, en todas las personas que vemos?  Si lo hacemos, podremos amarlas como Jesús nos llama a amar.

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