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Comunica la misericordia de Dios

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La verdadera catequesis comunica la misericordia de Dios
El pasado domingo 15 de septiembre, celebramos en todas las parroquias católicas de los Estados Unidos el Domingo Catequético.  Es un día en el cual encomendamos a Dios la gran obra de la catequesis, es decir, la enseñanza de la fe, particularmente a nuestros jóvenes.  Es un día para darle gracias a Dios por todos aquellos que trabajan en la catequesis, para pedir que Dios los bendiga a ellos y sus aprendices, y para comprometernos todos a participar en la transmisión de la fe.

Las lecturas bíblicas para el domingo pasado (Éxodo 32, 7-11. 13-14; Salmo 50; 1 Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32) nos ayudan a enfocarnos en lo que debe aprender cada uno de nosotros, como cristiano católico, y lo que debemos enseñar, en nuestros programas parroquiales de educación religiosa y en nuestras escuelas parroquiales.  Estas lecturas nos enseñan quién es Dios, de qué forma nos mira en nuestros pecados, y cómo quiere que nos miremos los unos a los otros.

Dios es, como aclaran las tres lecturas y el Salmo que leímos el pasado fin de semana, misericordioso y bondadoso.  Renuncia al castigo; nos crea un corazón limpio; ha enviado su Hijo al mundo “a salvar a los pecadores”; es el Padre que constantemente espera para recibirnos en casa.  Al aprender esta verdad esencial sobre Dios, vemos que ésta es la clave de lo que debemos enseñarles a nuestros niños y jóvenes.  No hay imagen más perfecta de Dios que la que nos revela Jesús en la Parábola del Hijo Pródigo y en su vida y muerte por nosotros, aquella del Padre misericordioso.
Ya que Dios nos mira con misericordia, podemos confiar en su amor clemente.  El regreso de Hijo Pródigo nos enseña que no hay nada que podamos hacer que nos deba llevar a desesperar del perdón de Dios y de su amor por nosotros.  Si quieren ver una imagen bellísima, miren la pintura de Rembrandt, El Regreso del Hijo Pródigo.  En Santa Juliana hay dos copias en la iglesia, una en cada confesionario.  Es ahí donde pueden entrar no sólo para ver una pintura que nos muestra el amor de Dios, sino experimentar perfectamente el amor compasivo del Padre.  Enseñémosles a nuestros hijos, sobre todo por ejemplo, la belleza del sacramento de la Reconciliación, que nos permite experimentar la plenitud de la misericordia de Dios.
Por último, la reacción del hijo mayor nos hace mirarnos a nosotros mismos, en nuestra reacción a los demás.  A pesar de nuestros propios pecados, y a pesar de vivir en una sociedad que parece valorar la tolerancia sobre todo, a veces parece que somos más críticos de los demás hoy que nunca, por los menos en cuanto a los pecados que hemos decido nosotros que son imperdonables.  Para enseñarles a nuestros jóvenes a ser instrumentos de misericordia, debemos nosotros también mirar a nuestro verdadero hermano mayor, Jesús, y con su amor y alegría, acoger a cada hermano y hermana que ha pecado y regresado.
Si logramos, en nuestras parroquias y familias, mostrar siempre la imagen del Padre misericordioso, respirar la alegría siempre que se celebra el perdón, saber pedir perdón y perdonarnos los unos a los otros, entonces habremos aprendido las lecciones más importantes que nos ha querido enseñar Jesús.  Habremos puesto en obra lo que Él ha querido lograr con su pasión, muerte y resurrección.  Estaremos ya probando la vida que Él nos ha preparado en el cielo, ya que Él nos enseña que la alegría más grande en el cielo se experimenta precisamente en el momento del regreso de un pecador a la casa del Padre.
Recemos por nuestros catequistas y estudiantes de la catequesis, para que en este año entrante puedan conocer mejor al Dios que es tierno y compasivo.  Al experimentar ese amor misericordioso, puedan nuestros jóvenes aprender no sólo a recibir el perdón de Dios, sino a compartirlo con todos.

Pasaje sugerido de la Palabra de Dios: “Quiero, pues, que los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración dondequiera que se encuentren, levantando al cielo sus manos puras” (1 Timoteo 2, 8).

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