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Hace diez años esta semana, el 1º de mayo de 2004, el Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes publicó un documento, Erga Migrantes Caritatis (La Caridad de Cristo hacia los Emigrantes). En este documento leemos lo siguiente: “El cristiano contempla en el extranjero, más que al prójimo, el rostro mismo de Cristo, nacido en un pesebre y que, como extranjero, huye a Egipto, asumiendo y compendiando en sí mismo esta fundamental experiencia de su pueblo (cfr. Mateo 2,13ss.). Nacido fuera de su tierra y procedente de fuera de la Patria (cfr. Lucas 2,4-7), ‘habitó entre nosotros’ (Juan 1,11.14), y pasó su vida pública como itinerante, recorriendo ‘pueblos y aldeas’ (cfr. Lucas 13,22; Mateo 9,35). Ya resucitado, pero todavía extranjero y desconocido, se apareció en el camino de Emaús a dos de sus discípulos que lo reconocieron solamente al partir el pan (cfr. Lucas 24,35). Los cristianos siguen, pues, las huellas de un viandante que ‘no tiene donde reclinar la cabeza’ (Mateo 8,20; Lucas 9,58)”.

Quise comenzar con esta cita, con la cual este documento del magisterio de la Iglesia pone su reflexión sobre la realidad de la migración en el marco de la vida de Jesús, porque es tan importante en este momento histórico en nuestro país poder hacer esta misma reflexión, con la luz de la fe cristiana. Como dice el documento, nuestro compromiso con el inmigrante va mucho más allá de verlo como el prójimo a quien le debemos amarlo como a nosotros mismo. En el inmigrante podemos ver a Jesús, en las experiencias que tuvo el Verbo Encarnado en su infancia, en su vida pública y en la misma resurrección. ¡Cuán distinto sería el debate político que está sucediendo en este momento si consideráramos esto!

En los últimos meses, hemos visto varias acciones concretas en las cuales la Iglesia ha expresado esta realidad. En julio del año pasado, el Papa Francisco fue a la isla italiana de Lampedusa, donde han llegado miles de emigrantes africanos y del Medio Oriente, tratando de buscar una mejor vida en Europa, y a donde muchos no han llegado, porque han muerto naufragados en el Mediterráneo. En su homilía en esa ocasión consideró el pasaje bíblico del asesinato de Abel por su hermano Caín (Génesis 4, 1-15), y habla de la responsabilidad que tenemos todos por nuestros hermanos que sufren: “‘¿Dónde está tu hermano?’. ¿Quién es el responsable de esta sangre? En la literatura española hay una comedia de Lope de Vega que narra cómo los habitantes de la ciudad de Fuente Ovejuna matan al Gobernador porque es un tirano, y lo hacen de tal manera que no se sepa quién ha realizado la ejecución. Y cuando el juez del rey pregunta: ‘¿Quién ha matado al Gobernador?’, todos responden: ; ‘Fuente Ovejuna, Señor’. ¡Todos y ninguno! También hoy esta pregunta se impone con fuerza: ¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Ninguno! Todos respondemos igual: no he sido yo, yo no tengo nada que ver, serán otros, ciertamente yo no. Pero Dios nos pregunta a cada uno de nosotros: ‘¿Dónde está la sangre de tu hermano cuyo grito llega hasta mí?’”.

También aquí en los Estados Unidos, el pasado 1º de abril, un grupo de obispos celebró una Misa en la frontera con México, en Nogales, Arizona. El Cardenal Seán O’Malley, Arzobispo de Boston y antiguo Obispo de Palm Beach, uno de los principales consultores del Papa Francisco, fue el celebrante principal de esta Misa y predicó. Dijo en esta ocasión: “Nuestro país ha obtenido beneficios de muchos grupos que tuvieron el coraje y la fuerza de venir a América. Vinieron huyendo de condiciones terribles y trayendo consigo el sueño de una vida mejor para sus hijos. Entre ellos había algunos de los más industriosos, ambiciosos y emprendedores ciudadanos de sus propios países y aportaron enormes energías y buena voluntad a su nuevo país. Su trabajo duro y sus sacrificios hicieron grande esta nación. (…) la Estatua de la Libertad, la Madre de los exiliados (…) proclama ante el mundo: ‘¡Guardaos tierras antiguas, vuestra pompa legendaria! (…) Dadme vuestros hijos exhaustos, vuestros pobres, vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad, el desamparado desecho de vuestras atiborradas playas. Enviadme a los desposeídos, azotados por la tempestad. Yo levanto mi antorcha para iluminar la puerta dorada’. (Emma Lazarus). Vigilemos para que esta antorcha siga ardiendo luminosa”.

Con el Papa Francisco y con el Cardenal O’Malley, les recuerdo de lo importante que es para aquellos de nosotros que estamos aquí legalmente que nos preocupemos de nuestros hermanos que sufren. Y aquellos que sufren por la situación migratoria suya o de su familia, sepan que la Iglesia está con ustedes. Aun aquí en Palm Beach, la organización ecuménica PEACE ha estado trabajando para que se consiga una mejor relación, y de más confianza, entre la comunidad hispana y el Departamento del Sheriff y las agencias policiales locales. Apoyémoslos con nuestras oraciones y nuestros esfuerzos. Reconozcamos al Señor Jesús, crucificado y resucitado, en cada hermano inmigrante.

Contemplar a Cristo en el extranjero

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