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No debería sorprender a nadie que Corea del Norte haya frenado en seco el tren de la paz, que hasta hace pocas horas parecía avanzar felizmente hacia una reunión histórica entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong Un, programada para junio en Singapur.

La reunión no se ha cancelado, pero los norcoreanos desconcertaron a Washington y a Seúl cuando anunciaron en el último minuto que las charlas con Corea del Sur, programadas para el miércoles 16 de mayo, se pospondrían “indefinidamente” a causa de los ejercicios militares que Estados Unidos y Corea del Sur tenían planeados desde hace mucho.

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El anuncio de la agencia noticiosa oficial norcoreana contenía un mensaje —más bien una amenaza— para Trump: que Estados Unidos tiene que “pensar seriamente” en el posible efecto de los ejercicios militares sobre la cumbre con Kim y advirtieron: “Estaremos muy atentos de la actitud de las autoridades estadounidenses y surcoreanas”.

El anuncio desconcertante es una prueba para Trump, quien, pese a que afirma que ha logrado tratos impresionantes, ya cometió uno de los errores básicos que un negociador puede cometer. Trump trata de mostrarse despreocupado, pero todos saben que hacer un trato con Corea del Norte sería un gran triunfo para un presidente atormentado que fantasea con ganar el premio Nobel de la Paz. La semana pasada, cuando le preguntaron si merecía el premio, contestó sonriendo: “Todo el mundo cree que sí”.