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Cuándo Estados Unidos “perdió su grandeza” y cuánto tuvo que ver la victoria de Donald Trump hace un año

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Hace un año Donald Trump causó la mayor sorpresa política en el Estados Unidos moderno al imponerse en las presidenciales, pero ¿acaso había pistas históricas que apuntaban a esta victoria inesperada?

Volar a Los Ángeles, desde el desierto hacia las montañas y luego hacia los suburbios de la ciudad salpicados de piscinas con forma de riñón, es un trayecto que siempre me genera una sensación narcótica de nostalgia.

Ese fue el viaje que realicé hace años de 30 años, cuando cumplía mi sueño de juventud de hacer mi primer viaje a Estados Unidos, un país que siempre había encendido mi imaginación como lugar y como idea.

Así que cuando entré en la sala de migración, bajo la encantadora mirada de Ronald Reagan, la antigua estrella hollywoodense que entonces era presidente del país, no se trataba de un caso de amor a primera vista.

Mi pasión había empezado mucho antes con las películas del Lejano Oeste, programas de televisión sobre policías, tiras cómicas de superhéroes y películas como “West Side Story” y “Grease” (“Vaselina”).

Ciudad Gótica me atraía más que Londres. El adolescente de 16 años que era podía recordar el nombre de más presidentes que primeros ministros. Como tantos recién llegados, tuve un instantáneo sentimiento de pertenencia, uno que nacía de la familiaridad.

El Estados Unidos de la década de los años 80 estaba a la altura de las expectativas, desde las anchas autopistas hasta los autocines y las ventanillas de autoservicio de los restaurantes de comida rápida.

Me encantaba la grandiosidad, la audacia, la arrogancia. Viniendo de un país en el que demasiadas personas aceptaban su suerte desde una temprana edad, la fuerza del sueño americano me resultaba no solo seductora sino liberadora.

La movilidad social no era algo que ocurría entre mis compañeros de escuela. También sorprendía la falta de resentimiento: la creencia de que el éxito era algo digno de ser imitado más que envidiado. Mirar un Cadillac generaba sentimientos diferentes que ver un Rolls Royce.

Era el año 1984. Los Ángeles eran la sede de las Olimpíadas. El boicot de la Unión Soviética hizo que los atletas estadounidenses dominaran el medallero más de lo acostumbrado.

McDonald’s tenía una promoción, planificada probablemente antes de que los países del bloque comunista decidieran mantenerse lejos, en la que ofrecía Big Macs, bebidas gaseosas y papas fritas si los atletas estadounidenses ganaban medallas de oro, plata o bronce en algunas competencias. Así que durante semanas me di un banquete de comida rápida gratuita.

Era el verano del resurgimiento estadounidense. Tras la larga pesadilla nacional de Vietnam, Watergate y la crisis de los rehenes en Irán, el país demostraba su capacidad para renovarse.

Lejos de ser el infierno presagiado por George Orwell, 1984 fue un año de celebración y optimismo. El tío Sam parecía estar feliz de nuevo en su propia piel.

Para millones, realmente era cierto el eslogan de la campaña para la reelección de Reagan: “Amanece otra vez en Estados Unidos”. Ese año, él derrotó por paliza a su oponente del Partido Demócrata, Walter Mondale, al imponerse en 49 de los 50 estados del país y obteniendo 58,8% del voto popular.

Difícilmente Estados Unidos podría ser descrito como un país armonioso desde el punto de vista político. Existía la usual división. Los republicanos mantenían en control del Senado, pero los demócratas hacían lo mismo con la Cámara de Representantes.

La solemnidad de Reagan había sido manchada con el lanzamiento de su campaña en 1980 con una declaración sobre “los derechos de los estados”, lo que a muchos les sonó como un silbato de perro para la negación de los derechos civiles.

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