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Decir la verdad

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Es difícil comprender por qué decir la verdad nos acarrea problemas cuando, la
franqueza es un valor humano tan necesario en la vida del hombre.  Es un valor
personal, social que tiene su epicentro en la credibilidad, la veracidad y la confianza
mutua.

Ser franco es actuar siempre con la verdad, no importa pase lo que pase.  En muchísimas ocasiones nos encontramos en situaciones tan difíciles que no llegamos
a comprender cómo las personas mentirosas se sostienen en su mentiras, inventan,
nos “adulan” cuando en el fondo nos están deseando los males más increíbles. Parece
que el verbo fingir para ellos es fácil de conjugar y en todos los tiempos. Son unos
payasos completos y fieles amantes de otro verbo: fingir.
 
Decir la verdad a quien sea, en donde sea y como quiera que sea, es una obligación
que se contrae cuando decidimos ser claros.  El problema es que como dice un
refrán popular: “ a nadie le gusta que le digan la verdad”.  Esto se puede analizar de
muchas formas: A) depende de la verdad, depende de cómo se diga. B) también de
quien lo diga y C) para qué se dice.

Hablar con la verdad es el mejor escudo y protección para no caer en una maraña
que nos envuelve y, que si nuestros fundamentos espirituales y morales no son los
más firmes, sanos y arraigados en nuestra vida nos llevará finalmente al grupo inmenso
y bien conformado por los mentirosos.

¿Qué nos critiquen porque decimos la verdad? ¿Qué perdamos “amigos”, oportunidades,
y muchas otras cosas? ¿Qué seamos el “pastel” preferido de las reuniones sociales?
¡No importa! Nuestra conciencia está tranquila, no tenemos de qué avergonzarnos ni
necesitamos escondernos de alguien.  La cuestión es saber decir la verdad.
 
Ser franco es ser transparente.  Existe y un dicho: “más fácil cae un mentiroso que
un cojo.”
 

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