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EEUU despide a Barbara Bush con un funeral solemne

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Los agentes del Servicio Secreto se pararon a ambos lados de su ataúd y se quedaron con ella hasta que dejó la iglesia. Sus frases, sus discursos, sus gestos y sus anécdotas más famosas coparon un medio que no existía en su época: las redes. Cuatro expresidentes fueron a su funeral -entre ellos, su marido y uno de sus hijos-, todo el arco político la honró y miles de personas se acercaron a rendirle tributo.

Durante días, Estados Unidos despidió a Barbara Bush con un caudal de admiración y cariño, una efusividad y devoción atípicas en tiempos en los que la grieta ideológica se ensancha y las figuras políticas despiertan amor u odio por igual, según a quién se le pregunte.

“Mamá nos ayudó a superar nuestros tiempos difíciles con un amor consistente, seguro, incondicional, aunque duro. Ella llamó a su estilo una dictadura benévola”, la recordó su hijo Jeb Bush. “Sinceramente, no siempre fue benevolente”, bromeó. Matriarca de la dinastía Bush, su familia la llamaba “la Ejecutora”. Su marido, George H.W. Bush, la definía como “la roca”, tal como Barack Obama suele hablar de su esposa, Michelle Obama. Los Obama y los Clinton elogiaron su entrega al servicio público. Todos recordaron su ingenio y su humor. Días atrás, George W. Bush relató una de sus últimas bromas: antes de decidir ir a morir a su casa, mientras un médico la visitaba en el hospital, le dijo por qué su hijo y expresidente era como era: “Tomé alcohol y fumé durante el embarazo”.

Los dos Bush que ocuparon la presidencia; el resto de sus hijos, nietos y bisnietos; Bill y Hillary Clinton, y Barack y Michelle Obama concurrieron a su funeral. Melania Trump fue con dos miembros del personal de la Casa Blanca, el cual, según varios reportes en la prensa, la adoraba. El gran ausente: Donald Trump, quien cruzó ácidas críticas con el clan Bush en la última campaña y se quedó en Mar-a-Lago lanzando mensajes furiosos en Twitter. “¡Una completa Cacería de Brujas!”, tuiteó, ayer, un día después del funeral, en referencia a la investigación del Rusiagate y la ofensiva del Departamento de Justicia contra su abogado personal, Michael Cohen.

Uno de los gestos más recordados fue una visita, en 1989, a un centro para bebes con sida, donde Barbara Bush arrulló a uno de ellos hasta que se durmió. Eran tiempos en los que arreciaba el miedo a ser contagiado “por lágrimas, abrazos o cualquier toque de ternura humana”, recordaron Debbie Tate y Joan McCarley, fundadoras del centro. La foto de Barbara Bush con el bebé en brazos se convirtió en uno de sus legados como primera dama.

Maureen Dowd, columnista de The New York Times, ávida crítica de los republicanos, le dedicó su última columna con el título: “Perlas falsas, corazón real”. Contó que usó “zapatos de 29 dólares” para la jura de su marido, celebró su compromiso con la lectura, al definirla como una “campeona de la alfabetización”, y recordó una de sus frases más picantes de la última campaña: “Ya tuvimos suficientes Bushes”. Así y todo, cuando su hijo Jeb se lanzó detrás de la Casa Blanca, lo respaldó y salió de nuevo al ruedo, a los 90 años.

Thom Bolsch, exagente del Servicio Secreto que formó parte del destacamento de los Bush, dijo que hizo todo lo posible para hacerlos sentir parte de la familia. (Los Bush solían pasar Navidad en Washington para que los agentes pudieran pasar las Fiestas con sus familias.)

El nombre en clave de Barbara Bush era “Tranquilidad”, recordó otro agente, Jonathan Wackrow. “Daba el ejemplo con su comportamiento y su efecto tranquilizador, humanizador y amable para aquellos a su alrededor”, describió. “Será extrañada por siempre”.

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