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El Congreso, un filtro que complicará las promesas de Trump

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President Barack Obama delivers a health care address to a joint session of Congress at the United States Capitol in Washington, D.C., Sept. 9, 2009. (Official White House Photo by Lawrence Jackson) This official White House photograph is being made available only for publication by news organizations and/or for personal use printing by the subject(s) of the photograph. The photograph may not be manipulated in any way and may not be used in commercial or political materials, advertisements, emails, products, promotions that in any way suggests approval or endorsement of the President, the First Family, or the White House.

La nueva alianza de amigotes entre Donald Trump y los legisladores republicanos esconde una dura realidad: por alineados que estén el Capitolio y la Casa Blanca, es probable que el presidente electo tenga problemas para que sus prioridades sean aprobadas, y en algunos casos, el obstáculo podrían ser los propios republicanos.

¿Construir un muro fronterizo y restringir la inmigración proveniente de naciones azotadas por el terrorismo? No cuenten con los senadores demócratas para eso, que harán valer su poder de veto en más de un caso.

¿Derogar el programa de salud del presidente Barack Obama ? Puede ser que ocurra, de alguna manera o en cierta forma, pero varios estados que aceptaron la ley de ampliación del programa Medicaid para los pobres están representados por republicanos. Encontrar una solución exigirá delicadas y tal vez extensas negociaciones.

Después están todas esas visiones proteccionistas del comercio que tiene Trump, su escepticismo sobre las organizaciones de los tratados internacionales y sus promesas de mantener la seguridad social y el programa Medicare. Son todas moscas blancas para la ortodoxia del Partido Republicano, y la lista sigue.
Sin embargo, todo eso pareció poder quedar para otro día, y Trump hizo anteayer su entrada triunfal en el Capitolio, después de una cordial visita al presidente en la Casa Blanca.

Trump se sentó junto al presidente de la Cámara de Representantes, el republicano Paul Ryan, a quien denostó hace apenas un mes calificándolo de “muy débil e ineficiente”, después de que Ryan se distanciara del entonces candidato tras conocerse los audios en los que Trump habla sobre manosear a las mujeres. Ryan se deshacía en sonrisas mientras escoltaba a Trump; a su esposa, Melania, y al vicepresidente electo, Mike Pence, hasta el balcón capitolino para mostrarle el escenario que ya se está construyendo para que haga su juramento de asunción, el próximo 20 de enero.
Después, Trump recorrió el edificio con el presidente de la bancada republicana en el Senado, Mitch McConnell, que había apoyado su nominación, pero con críticas a su retórica y a su estilo indisciplinado de campaña. Pero fue la estrategia parlamentaria de McConnell tras la muerte del juez de la Suprema Corte, Antonin Scalia, en febrero de este año, la que dejó una vacante libre en el tribunal que ahora Trump podrá llenar.

Anteayer no se percibieron tensiones y McConnell, por lo general muy reservado, incluso pareció adoptar algo del estilo hiperbólico de Trump al calificar la reunión de “encuentro de alto vuelo”. Ryan, por su parte, levantó el eslogan de campaña de Trump al hablar con los periodistas: “Hay que arrancar con el pie derecho y a toda marcha, para transformar el país y devolverle a Estados Unidos su grandeza”.

Al ser consultado sobre sus prioridades legislativas al salir del Capitolio, Trump respondió: “Muchas y muy grandes prioridades. La gente va a estar muy, muy contenta -dijo-. Vamos a avanzar fuerte en el tema inmigración. Vamos a avanzar fuerte en el tema salud. Y queremos empleos. Empleos de primera”.

Detalles, ninguno. Pero para cumplir con sus promesas de campaña de cambiar Washington y reconstruir el país, Trump tendrá que hacer aprobar leyes, un tedioso proceso sin gratificación inmediata.

Tendrá cierto margen para tomar medidas unilaterales a través de decretos presidenciales, un método que los republicanos acusaron a Obama de utilizar en demasía. Pero los grandes temas, como las rebajas de impuestos y el gasto en infraestructura, y las políticas inmigratorias de fondo, salud, energía y comercio internacional, exigirán la aprobación del Congreso. Y aunque los republicanos controlan la Cámara baja, el año que viene sólo tendrán 52 de los 100 escaños del Senado, bastante menos de los 60 votos necesarios para aprobar la mayoría de las leyes.

“Muchas de sus propuestas sufrirán dilaciones en el Senado”, predijo Jim Manley, consultor demócrata y ex asesor del Senado.

Así que tal vez quien tenga la llave de la agenda de gobierno de Trump termine siendo el senador neoyorquino Chuck Schumer, próximo líder de la bancada demócrata en el nuevo Senado. Schumer no ha dicho mucho desde la elección, pero sabe que él y Trump se comunicaron telefónicamente. De todos modos, nadie espera que Schumer y sus correligionarios estén dispuestos a alzar la mano para muchas de las propuestas de Trump.

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