Home Cápsulas por José Luis Pérez‏ El Eclesiastés

El Eclesiastés

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Este es uno de los libros del Antiguo Testamento. El nombre proviene del griego y simple-

mente significa predicador. Fue escrito, según parece, por el sabio Rey Salomón, hijo de Da-

vid, en los últimos años de su existencia agobiado por múltiples calamidades y desengañado de

la vida; pues todo el libro, que apenas consta de unas diez páginas, trata de la caducidad y vani-

dad de todas las cosas de este terrenal mundo en que le tocó vivir siendo el rey más poderoso y rico de su tiempo. Hoy quiero, mi muy estimada Clara, presentar un extracto de esta valiosa y singular obra que debía ser leída y meditada cuidadosamente por todos los cristianos, como so-

lía hacerlo el hidalgo caballero español Iñigo López de Loyola, más conocido como San Ignacio

de Loyola, fundador de la Orden de los Jesuitas: la Compañía de Jesús.

“Vanidad de vanidades y todo vanidad. Todas las cosas del mundo son difíciles; no podemos comprenderlas ni explicarlas con palabras. Nunca se harta el ojo de mirar, ni el oído de oír co-

sas nuevas. Las almas pervertidas con dificultad se corrigen; y es infinito el número de los ne-

cios. Todas las cosas tienen su tiempo y todo pasa. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir.

Tiempo de plantar y tiempo de cosechar. Tiempo de derribar y tiempo de edificar. Tiempo de

llorar y tiempo de reír. Tiempo de luto y tiempo de gala. Tiempo de ganar y tiempo de perder.

Tiempo de callar y tiempo de hablar. Tiempo de guerra y tiempo de paz. Lo que importa es obrar

bien en todo momento. Todas las cosas que Dios ha hecho son buenas, usadas a su tiempo. Lo

mejor de todo es estar siempre alegres y hacer buenas obras mientras vivimos. No hay cosa me-

jor para el hombre que atender con alegría sus preocupaciones. Vi las tropelías que se cometen y las lágrimas de los inocentes sin haber nadie que los consuele. El necio está con las manos

cruzadas y se consume a si mismo diciendo: más vale un puñadito de bienes con descanso, que

las manos llenas con trabajo duro. Acuérdate de Dios antes de que te llegue la hora y se haga

pedazos el cántaro sobre la fuente; en suma, antes que el polvo se vuelva a la tierra de donde sa-

lió y el espíritu vuele a Dios que le dio el ser. Más vale oír reproche de sabio, que oír alabanzas

de necios. Más vale el término de una cosa que su comienzo, más vale el paciente que el sober-

bio. No te dejes llevar del enojo, pues el enojo reside en el pecho de los necios. No digas: ¿Có-

mo es que el tiempo pasado fue mejor que el presente? Pues no es de sabios preguntar sobre ello. Vanidad de vanidades y todo vanidad.” Bien, estimada Clara, esto es parte de lo que dijo este famoso, rico y culto entre todos los reyes de aquellos tiempos; el sabio Salomón, que al fi-

nal de sus días se volvió algo pesimista pues no es realmente verdad que en este mundo todo sea vanidad y sólo vanidad. Los tiempos y las costumbres han cambiado notablemente para bien de toda la humanidad. La virtud y la bondad están muy por encima de la maldad y en este

pequeño mundo en que vivimos los buenos somos mayoría absoluta; los malos, unos pocos que

hacen mucho ruido y causan alguna destrucción; pero que al final caerán bajo el peso de la jus-

ticia. ¡Con Dios Todo sin Dios nada! FINIS CORONAT OPUS

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