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El futuro de Siria: con el final de la guerra a la vista, Al-Assad resiste y se hace más fuerte

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Su país es una ruina en llamas y gran parte de su territorio está bajo el control de facciones armadas, locales o extranjeras. Murieron cientos de miles de personas, la mitad de la población se vio desplazada de su hogar y la mayor parte de Occidente lo considera un tirano y un violador de los derechos humanos. Pero el presidente sirio, Bashar al-Assad , parece haber sobrevivido a la guerra y es probable que, por lo menos a mediano plazo, se mantenga en el poder.

Los bandos de la guerra civil en Siria se preparan para la octava ronda de conversaciones de paz, cuyo objetivo es poner en marcha una transición política para terminar con casi siete años de conflicto armado. Y salvo alguna sorpresa de último momento, ninguna de las soluciones negociadas parece incluir la salida de Al-Assad.

Una de las razones es de orden militar. El año pasado, con el apoyo de una implacable campaña aérea rusa y de los combatientes de Irán y Hezbollah, las fuerzas de Al-Assad cobraron gran impulso en el terreno. Ahora, el gobierno controla más del 50% del territorio sirio.

Normalmente, controlar la mitad del país no debería ser causa de optimismo, pero es un 19% más que a principios de este año. Las tropas del gobierno controlan las cuatro principales ciudades de Siria, 10 de sus 14 capitales provinciales y la costa. Ninguna fuerza en el terreno tiene la capacidad de desplazar a Al-Assad de ese escenario.

En el frente diplomático, los principales aliados de los opositores al régimen, o sea Estados Unidos y sus socios, hace tiempo que retiraron su exigencia de que cualquier acuerdo debía incluir la remoción de Al-Assad. En cambio, ahora impulsan un plan que contempla la celebración de elecciones de las que surja un nuevo líder.

Pero el gran aliado de Al-Assad, Rusia, ahora controla el proceso de negociaciones, lo que implica que el presidente sirio no está muy presionado para aceptar elecciones hasta la finalización de su mandato, en 2021. Bajo sus términos, una solución política sería incorporar a miembros de la oposición a un gobierno de unidad nacional.

La oposición a Al-Assad está desbandada. Anteayer renunció el principal negociador opositor, Riyad Hijab, tras acusar a las potencias extranjeras de estar repartiéndose Siria. Esta semana, la oposición siria se reunirá en Arabia Saudita para consensuar una postura y una delegación unificada. Riad ya les dio señales de que deben hacerse a la idea de que Al-Assad permanecerá en el poder.

Al presidente sirio se lo ve cada vez más seguro y confiado. Este mes su oficina publicó en redes sociales una foto del presidente y de la primera dama, Asma, paseando sonrientes por los jardines de su palacio en Damasco. La imagen forma parte de una campaña de propaganda para presentar una situación de normalidad y confianza en el futuro. Y anteayer salió por segunda vez del país desde que inició la guerra para reunirse con Vladimir Putin (ver aparte).

En octubre pasado, el secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, repitió el pedido de Washington de que el presidente entregara el poder, y recalcó que “el reinado de la familia Assad está llegando a su fin”. Pero convertir ese deseo en realidad exigiría un poder de injerencia que Washington no parece dispuesto a usar. En una declaración conjunta difundida a principios de este mes, Donald Trump y Putin acordaron que no hay solución militar para Siria.

Son pocos los escenarios que podrían precipitar la caída de Al-Assad. Uno sería que Rusia lo forzara a aceptar una transición política que garantice su salida de la presidencia. Pero cuesta imaginar qué incentivo podría ofrecerle Estados Unidos a Rusia para que le suelte la mano a su aliado.

Otro escenario sería que Estados Unidos u otro país que se opone a la continuidad de Al-Assad decidiera lanzar un ataque militar de gran escala. “Eso implicaría una escalada imparable de la guerra, empezar de cero para arrancarle a Al-Assad los territorios recuperados y lograr generar una oposición que fuera capaz de gobernar y que al mismo tiempo resultara digerible para la comunidad internacional”, dice Aron Lund, del centro de expertos The Century Foundation. “Basta ver cómo está planteado el conflicto en este momento y cómo están retrocediendo los aliados de la oposición para saber que eso no va a pasar”, concluye.

Trump canceló el programa que tenía la CIA para entrenar a las fuerzas rebeldes que buscaban derrocar a Al-Assad. Y Turquía, otro importante aliado de los rebeldes sirios, está más preocupada por frustrar las ambiciones de los kurdos que por derrocar a Al-Assad.

La principal zona controlada por los rebeldes que siguen peleando contra Al-Assad se encuentra en la provincia de Idlib, en el noroeste del país, pero está dominada por facciones aliadas a Al-Qaeda.

Mientras tanto, Rusia medió para lograr una serie de treguas locales entre las fuerzas de Al-Assad y los rebeldes en la mayoría de los frentes de batalla del país. Eso permitió que el presidente sirio y sus aliados puedan enfocarse en combatir a EI en el este del país.

“Por supuesto que habrá estallidos de violencia, bombardeos y disturbios -dice Lund-. Pero Al-Assad está en el centro, controla a la mayor parte de la población, maneja la economía, las instituciones, y tiene un sitio en las Naciones Unidas… Tiene todo lo que necesita para seguir gobernando.”

En marzo de 2011, cuando se inició el conflicto en medio de masivas manifestaciones, muchos pensaron que Al-Assad sería derrocado rápidamente como otros líderes árabes. Pero la determinación del presidente sirio no flaqueó en ningún momento a lo largo del conflicto, ayudado por la dispersión de la oposición, y por Rusia e Irán.

Nikolaos van Dam, autor del libro Destruir una nación: la guerra civil en Siria, dice que los países occidentales generaron falsas expectativas cuando pidieron la renuncia de Al-Assad, mientras que sólo ofrecieron un tibio apoyo a los rebeldes y subestimaron la cohesión del liderazgo del presidente sirio.

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