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Una de las versiones de la Transfiguración del Señor siempre se lee en el segundo domingo de Cuaresma, este año tomada del Evangelio de san Mateo (17, 1-9).  Ciertamente, al leerlo este domingo, nosotros mismos podríamos hacer un par de preguntas.  En primer lugar, ¿por qué fue necesario que Jesús revelara su gloria a sus discípulos en el camino a su pasión, muerte y resurrección?  Además, ¿por qué la Iglesia nos ofrece esta lectura en nuestra peregrinación anual por la Cuaresma?

No parece que la Transfiguración haya servido tanto para fortalecer a los apóstoles privilegiados cuando al llegar el momento de la muerte de Jesús, sino para darles un punto de referencia después de su resurrección “de entre los muertos”.  Pedro, Santiago y Juan vieron a Jesús transfigurado en gloria, pero de los tres, sólo John permaneció a su lado en la Cruz.  Los tres de ellos dudaron después de la muerte de Jesús.  Pedro hasta lo llegó a negar tres veces.

A pesar de todo esto, lo que estos hombres vieron en el Monte Tabor no deja de estar lleno de sentido.  Fue sólo después de Pascua, sin embargo, que fueron capaces de comprender el significado de la Transfiguración, como preparación para la resurrección y la gloria que se le han prometido a los hijos e hijas de Dios, en el Hijo, si ellos sólo lo escuchan.

A nosotros, la Transfiguración nos ayuda a reconocer ahora que el enfoque de la Cuaresma no se debe poner tanto en el sufrimiento que Jesús va a experimentar, pero en su victoria en la Cruz y resurrección.  San Pablo le pide a Timoteo, en la segunda lectura de este domingo: “Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios” (2 Timoteo 1, 8).  Estamos llamados a llevar las cruces que marcan nuestra vida cristiana, conociendo bien nuestro destino, nuestra verdadera gloria.  La Transfiguración nos asegura que si sufrimos con Cristo, seremos victoriosos con él.  Mientras continuamos nuestro recorrido por esta Cuaresma y por nuestras vidas, durante el cual cada uno de nosotros lleva diferentes cruces, esta garantía es de enorme importancia para nosotros.

La promesa que el Señor le hace a Abraham en Génesis, que hará de él “un gran pueblo” (cf. Génesis 12, 1-4), es una promesa que se cumple en Cristo, y creemos que se ha cumplido en nosotros también.  La Transfiguración nos ayuda a ver que el Jesús de la Cruz y la resurrección es el mismo que caminó sobre la tierra durante 33 años y ejerció su vida pública por 3 años.  El camino la Cruz y resurrección era el medio exacto por el cual su gloria debía ser revelada.  Hacemos este camino con Él.  Podemos confiar en que se cumplirán las promesas de Dios para nosotros, si podemos, con Pablo y Timoteo, compartir “los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios”.

Pasaje sugerido de la Palabra de Dios – Mateo 17, 5 : “Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: ‘Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo’”.

El significado de la Transfiguración

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