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Inactividad física y sueño inquieto resultan en obesidad

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Bajos niveles de actividad física y patrones de sueño ineficientes intensifican los efectos de los factores de riesgo genéticos de la obesidad.

Así indican los resultados de un estudio a gran escala presentado en la Reunión Anual 2017 de la Sociedad Americana de Genética Humana (ASHG, por sus siglas en inglés), que se celebra en Orlando, Florida, Estados Unidos.

El investigador postdoctoral Andrew Wood, encargado de presentar el trabajo; el profesor Timothy Frayling y sus colegas de la Escuela de Medicina de la Universidad de Exeter, el Reino Unido, estudian la genética del índice de masa corporal (IMC) y la diabetes tipo 2.

En el pasado, explica Frayling, ha sido difícil medir las interacciones entre los factores de riesgo genéticos y los aspectos del medio ambiente y el estilo de vida de una manera sistemática.

“Hasta hace poco, la actividad física y los patrones de sueño no podían medirse con tanta precisión como las variantes genéticas y confiamos en los diarios o la auto-información, que pueden ser muy subjetivos”, señala Frayling.

En contraste, el nuevo estudio hizo uso de los datos del acelerómetro de muñeca, que son más objetivos y cuantificables, y un gran conjunto de datos genéticos de aproximadamente 85.000 participantes en el biobanco del Reino Unido de entre 40 a 70 años.

“Queríamos averiguar si los genes relacionados con la obesidad y el nivel de actividad tienen un efecto interactivo sobre el riesgo de obesidad, si existe un ‘doble efecto’ de estar en riesgo genético y ser físicamente inactivo, más allá del efecto aditivo de estos factores”, relata Wood.

Los investigadores calcularon una puntuación de riesgo genético para cada participante basándose en 76 variantes comunes que se sabe que están relacionadas con un riesgo elevado de obesidad y analizaron esta puntuación en el contexto de los datos del acelerómetro y el IMC de los participantes.

Modesta interacción de la actividad genética sola

Los autores encontraron la evidencia más sólida hasta la fecha de una interacción de la actividad genética modesta. Por ejemplo, para una persona de estatura promedio con 10 variantes genéticas asociadas a la obesidad, ese riesgo genético representó un aumento de peso de 3,6 kilogramos entre aquellos que estaban menos activos físicamente, pero solo de 2,8 kilogramos entre aquellos que estaban más activos.

Los resultados fueron similares en los análisis de patrones de sueño; entre los participantes con algún riesgo genético de obesidad, los que se despertaban con frecuencia o dormían de manera más inquieta tenían un IMC más alto que aquellos que dormían de manera más eficiente.

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