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Los próximos tres domingos, nuestras lecturas están muy estrechamente relacionadas con el significado de la iniciación cristiana. De hecho, incluso en los otros dos años de las lecturas litúrgicas del domingo, se utilizan estas lecturas en las Misas para los elegidos preparándose para el bautismo. Este domingo escuchamos de Jesús, la fuente del agua de vida, mientras que la semana que viene, nos enteramos que él es la luz del mundo, dándole la vista al ciego de nacimiento. En dos semanas, cuando resucita a Lázaro de entre los muertos, veremos su poder sobre la muerte – dándole la vida al mundo.

En el Evangelio del domingo (Juan 5, 4-52) Jesús se encuentra con la samaritana y le asegura: “El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial capaz de dar la vida”. El encuentro de Jesús con esta mujer tiene muchos elementos, pero en el centro encontramos su identidad, como Aquél que puede dar el agua de vida y darles a los que acuden a Él la posibilidad de comunicarles esta vida a los demás. Podemos ver en la conversación de Jesús con la samaritana que quiere llamara a ella (y a nosotros) a entender más profundamente quién Él es y a participar plenamente en su vida.

Cuando Jesús se encuentra primero con la mujer, ofende contra los límites sociales de varias maneras. Habla con una mujer, estando solos los dos. Habla con una persona samaritana, con quien los judíos no tenían se tratan. Pide algo de beber, sin tener nada con que sacar el agua – y así hubiera tenido que usar el cubo de la samaritana y así volverse ritualmente impuro. De todas estas maneras, Jesús demuestra que quiere llamar a esta mujer a creer en Él, y eventualmente ella podrá invitar a toda su comunidad a esa fe también. En este proceso, hay momentos de comprensión parcial y de incomprensión. Un momento clave es cuando Jesús demuestra que Él sabe la verdad sobre la mujer: “Tienes razón en decir: ‘No tengo marido’. Has tenido cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad”. De esta forma muestra que Él conoce su corazón. Al final del encuentro, la samaritana no sólo ha llegado a tener fe en Jesús, sino que se ha convertido en evangelista: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será éste el Mesías?”

Los que hemos sido bautizados, como dice San Pablo en la segunda lectura de este domingo, tomada de la carta a los romanos (5, 1-2. 5-8), hemos sido justificados por la fe. Podemos a veces añorar la aparente libertad de una vida de pecado. Como los israelitas en el desierto es posible clamar: “¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestro ganado?” (Éxodo 17, 4) Las lecturas de este domingo nos recuerdan que Jesús sabe quiénes somos y lo que hemos hecho, y que Él nos sana y nos da vida. Cada vez que persignamos con agua bendita (¡pero no la beban, por favor!), nos recuerda de nuestra identidad en el Bautismo, de la vida Jesús nos ha dado. Cada vez que nos acercamos al Sacramento de la Reconciliación (se le refiere a veces como el “segundo bautismo”), Jesús nos muestra que Él conoce los secretos más oscuros de nuestros corazones y aún así nos ama y nos llama a la comunión con Él. Si en sus parroquias, ven que algunos de nuestros elegidos celebran los escrutinios este fin de semana, como una de las etapas en preparación para la Pascua, oren por ellos – y para todos nosotros como cristianos católicos – para que, bebiendo del manantial del agua de vida, podamos todos ser portadores de vida al mundo.

Pasaje sugerido de la Palabra de Dios – Romanos 5, 8: “La prueba de que Dios nos ama

está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores”.

Jesús es la fuente del agua de vida

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