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La encrucijada de Hillary Clinton

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A solo cuatro meses de las elecciones presidenciales del 8 de noviembre en Estados Unidos, Hillary Clinton no la tiene tan fácil como parece. El martes, la exsenadora de 68 años empezó la semana con una noticia que sonaba muy positiva. Ese día el director del FBI, James Comey, anunciaba en Washington que no iba a elevar cargos contra ella por haber enviado desde un servidor privado centenares de e-mails cuando ocupaba la Secretaría de Estado. El problema es que, si bien la decisión constituía una bocanada de aire fresco para Hillary, las declaraciones de Comey le generaron un indudable problema político: fueron pura munición para Donald Trump.

Este último capítulo de la campaña había empezado pocos días antes, el lunes 27 de junio, cuando, en vísperas del pronunciamiento del FBI sobre Hillary, tuvo lugar una reunión muy curiosa en Sky Harbor, el aeropuerto de Phoenix, en Arizona. Allí, cerca de un avión privado que se encontraba en la plataforma, estaba el expresidente Bill Clinton, que había ido a dar una conferencia, cuando le informaron que acababa de llegar una aeronave oficial en la cual viajaban la fiscal general, Loretta Lynch, y su esposo. Clinton manifestó que le gustaría saludarla, y ella accedió. El expresidente fue llevado hasta el avión de Lynch, que lo invitó a sentarse. Hablaron por media hora.

Pero había un inconveniente: la Fiscalía debía pronunciarse en breve sobre si a Hillary Clinton, la esposa del expresidente, le cabía alguna responsabilidad penal por haber empleado una dirección privada de e-mail o un teléfono portátil a la hora de enviar y recibir correos sensibles, algunos de ellos relacionados con la crisis en Bengasi, la ciudad de Libia donde el 11 de septiembre de 2012 fue asesinado el embajador estadounidense, Chris Stevens. En ese sentido, un encuentro entre Loretta Lynch y Bill Clinton, dentro de un jet parqueado, podía interpretarse como una presión indebida del expresidente en favor de su esposa. Un escándalo.

Para evitar enredos, la fiscal se apresuró a dar explicaciones. “Hablamos principalmente sobre nuestros nietos, sobre cosas sociales y sobre viajes. El presidente dijo además que había mejorado su hándicap de golf. No tocamos temas relacionados con el Departamento de Justicia. Tampoco de Bengasi o de ‘e-mails’ del Departamento de Estado”, dijo la señora Lynch, que contó también que hablaron acerca de Janet Reno, quien fuera fiscal general en tiempos de Clinton.

La versión sobre un abuelo tierno dentro de un avión alborotó el avispero. En segundos, el virtual candidato republicano Donald Trump preguntó públicamente si de verdad “alguien cree que uno habla media hora sobre los nietos”. Y los órganos de comunicación de derecha, como Fox News, se desbocaron para señalar como poco creíble que, en vísperas de una decisión que podía acabar con la candidatura de Hillary, el expresidente y la fiscal no hubieran tocado el tema. Múltiples voces manifestaron que la señora Lynch debía declararse impedida en el proceso y dejar la decisión en manos de un funcionario ad hoc. Ella se negó rei-terando su inocencia. Y para calmar los ánimos, dio una noticia sorpresa. El viernes de la misma semana notificó que, como el FBI estaba llevando a cabo la investigación desde hacía varios meses, ella iba a aceptar las recomendaciones de ese organismo sin cambiarle una sola coma.

El FBI, por su parte, se pronunció el martes de esta semana, cuando Comey citó a una rueda de prensa pasadas las 11 de la mañana en Washington. El director del organismo advirtió que, tras examinar más de 30.000 correos electrónicos, podía concluirse que la señora Clinton había sido “extremadamente descuidada” en el manejo de sus cuentas de e-mail. También expresó que algunos correos pudieron haber sido interceptados por agentes externos. Pero, en el momento de dar su dictamen, fue clarísimo: “Ningún investigador razonable haría una imputación en este caso”.

La decisión de Comey desató una tormenta. Como le dijo a SEMANA Juan Carlos Hidalgo, analista del Cato Institute, un conocido think tank en Washington, “el FBI actuó con mucha lenidad frente a Hillary Clinton, lo que demuestra que para esa familia hay un tratamiento muy suave cuando sus miembros cometen actos temerarios”. Y es que el argumento de que por faltas menos graves que las de Hillary han perdido el puesto o incluso ido a la cárcel muchos funcionarios, puede pegar. ¿Por qué los Clinton merecen ser medidos con una vara distinta que el resto de los norteamericanos?, se pregunta mucha gente.

Como quiera que sea, con la declaración de James Comey la candidatura de Hillary Clinton se salvó, pero la exoneración se transformó en un tema explosivo. Quizá eso explique que el director del FBI, para neutralizar las inevitables acusaciones que se iban a venir en contra por falta de independencia, decidiera compensar la cosa intensificando sus críticas contra el manejo que la entonces secretaria de Estado le había dado a sus mensajes electrónicos. El meollo del problema es que los correos de quien ejerce la jefatura de la diplomacia estadounidense no pueden circular sino por los canales oficiales, que tienen un nivel de seguridad a prueba de hackers.

Más allá de que Hillary haya quedado a salvo de cualquier proceso judicial, el pronunciamiento del director del FBI les da a los republicanos la oportunidad de poner en tela de juicio el principal argumento de los demócratas. La esencia de esta campaña, en contraste con la republicana, es que Hillary es experimentada, competente y responsable, lo cual no coincide con el hecho de que sus correos hubieran podido ser vistos por “sofisticados gobiernos no amistosos”, según el FBI, lo cual significa Rusia, China o ambas.

La frase “extremely careless” (extremadamente descuidada) con la que Comey calificó el control que la exsenadora les dio a sus e-mails se volvió viral en los programas de opinión y las redes sociales. Y como escribió Patrick Healy en The New York Times, le quita peso al argumento según el cual “la señora Clinton es la persona indicada para manejar la seguridad nacional”.

Aunque parezca contradictorio, la exoneración de Hillary Clinton, que era el momento más deseado por ella y su campaña, se ha convertido por ahora en el episodio más crítico de su carrera a la Casa Blanca. El asunto de los correos, la negligencia, el descuido, las mentiras y el ‘hackeo’ van a ser reciclados una y otra vez como prueba de que Hillary no está tan preparada para defender a su país. Los republicanos ya citaron audiencias en el Congreso, no solo a la fiscal general para que explique la reunión en el avión, sino también al director del FBI por su decisión salomónica.

Algunos argumentos de la oposición son válidos. No deja de ser sospechoso, por ejemplo, que la rueda de prensa para el anuncio sobre las conclusiones de la investigación se llevara a cabo cuatro horas antes de que la candidata demócrata volara en el Air Force One con Obama hasta Charlotte, en Carolina del Norte, para recibir el apoyo del presidente en una manifestación. Al fin y al cabo, el presidente de Estados Unidos es el jefe del director del FBI.

El panorama de Clinton se complicó, pero falta ver si se oscureció tanto como para que Trump logre descontar la ventaja que le lleva Hillary en las encuestas. Según el promedio de Real Clear Politics, y a menos de 20 días para las convenciones republicana y demócrata, en Cleveland y Filadelfia, esa diferencia es de 45,6 por ciento para ella y de 40,9 por ciento para él.

Todo dependerá del manejo que los dos candidatos le den a la situación. Trump, cuya convención es anterior a la de su competidora, tiene ahora en sus manos un as para tratar de aprovechar al máximo el boom mediático y el impulso en las encuestas que siempre producen las festivas reuniones partidistas en las que se formalizan las candidaturas. Por su parte, Clinton intentará pasar la página y enterrar el asunto de los correos, que es su principal talón de Aquiles. Los actos violentos en Dallas y en otros lugares (ver recuadro), desplazaron de las primeras páginas las noticias sobre las secuelas del anuncio de Comey, y su presentación de cuatro horas ante el Congreso para rendir cuentas sobre su exoneración a Hillary.

Al fin y al cabo, aunque la exsecretaria de Estado no es popular, nunca tendrá más enemigos de los que ha acumulado Trump. A pesar de sus errores de manejo en asuntos menores, su experiencia como servidora pública es enorme, incluso superior a la que tenía su marido cuando llegó a la Casa Blanca. Con 68 años de edad, ocho años de primera dama, ocho de senadora de Nueva York y cuatro de ministra de Relaciones Exteriores son credenciales que pocos candidatos presidenciales han acumulado. Y, en todo caso, mandar correos electrónicos por el celular o por un servidor privado puede ser un error, pero es insignificante comparado con la inexperiencia, la arrogancia y la insolencia de Donald Trump.

Racismo en la campaña

En medio de la campaña presidencial entre Hillary Clinton y Donald Trump, Estados Unidos vivió esta semana una auténtica convulsión no solo por el fallecimiento de cinco agentes de la Policía a manos de francotiradores, sino por la muerte de dos afroamericanos a manos de agentes policiales. Lo primero se produjo el jueves en Dallas, Texas, cuando francotiradores abrieron fuego contra los oficiales durante una manifestación de protesta por la violencia policial contra los negros.

Todo había empezado el miércoles en la noche, cuando Alton Sterling, un afroamericano de 37 años y padre de cuatro hijos perdía la vida mientras forcejeaba en el suelo con dos policías en Baton Rouge, en el estado de Luisiana. El video conmocionó al país, dio pie a un tuit del reverendo Jesse Jackson en el que calificó el hecho de “linchamiento” y obligó al gobernador John Bel Edwards a iniciar una investigación.

Veinticuatro horas después, en el estado de Minnesota, otro afroamericano llamado Philander Castile, que trabajaba como supervisor de cocina en un colegio en St. Paul, encontraba la muerte dentro de un carro en el que iba con su novia y la hija de esta. El video de lo sucedido, grabado por la mujer, Diamond Reynolds, también fue motivo de escándalo. Se ve a Castile moribundo, en el asiento del pasajero, la camiseta ensangrentada y, en la ventana, la mano del policía con el arma empuñada. Los disparos se produjeron aparentemente cuando él se aprestaba a sacar de la billetera el permiso de una pistola que tenía guardada.Las dos muertes ponen una vez más en evidencia la forma como la Policía agrede a la población negra en Estados Unidos. En lo corrido del año más de 160 afroamericanos han perdido la vida en circunstancias similares. El total va en 566. Paralelamente figura otra estadística según la cual, si bien de los 315 millones de habitantes solo el 13 por ciento son negros, los afroamericanos componen el 37 por ciento de la población carcelaria.

Parece imposible eliminar el racismo en Estados Unidos. No lo consiguió la Declaración de Independencia de 1776 redactada por Thomas Jefferson, según la cual todos los hombres nacen “libres e iguales”. No lo consiguió el triunfo de Abraham Lincoln en la Guerra Civil en 1865 al vencer a los estados esclavistas del sur. Y no lo consiguió la Ley de derechos civiles impulsada por el presidente Lyndon Johnson en 1964. Algunos pensaban que con Barack Obama, primer presidente negro de la historia gringa, podía haber un cambio.

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