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La importancia de la comunicación entre padres e hijos

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Comenté la semana pasada sobre la dificultad que a veces los padres tienen en comunicarse con sus hijos.  Esta dificultad, que ha existido desde que ha habido padres e hijos, podría ser más complicada para la familia hispana en los Estados Unidos hoy.  Los padres en muchos casos tienen dificultad con el inglés y los muchachos prefieren hablar el nuevo idioma.  La realidad cultural de este país es distinta a la de los países de origen.
Es importante ante todo lograr que haya un idioma en que padres e hijos se puedan comunicar y entender.  Yo sí creo que vale la pena que los padres insistan en que los hijos hablen español en el hogar y que les enseñen a leer y escribir en español.  Esto tiene valor para el futuro de los muchachos, ya que ser bilingüe provee muchos beneficios cuando vayan a la universidad y estén buscando trabajo.  Lo que es más, garantiza que, aunque los muchachos prefieran el inglés, puedan tener un idioma con el cual comunicarse bien con sus padres.
A la misma vez, si los padres no se esfuerzan en aprender el inglés, no pueden entender las conversaciones de los hijos, y se crea una barrera que no permite que los padres se enteren plenamente de qué está sucediendo en las vidas de sus hijos.  Con demasiada frecuencia los muchachos acaban sirviendo de traductores por sus padres en la escuela o en otros ambientes oficiales, lo cual los pone en una situación difícil.
Además del idioma, las diferencias culturales pueden causar dificultades entre padres e hijos.  Los padres tienen ciertas expectativas de cómo se deben comportar los jóvenes, basándose en las costumbres en el país de origen.  Los muchachos quieren compartir plenamente la libertad de esta cultura.  Ahí está el choque.
Es fácil decir que padres e hijos deben comprenderse y tener paciencia los unos con los otros, pero es más difícil saber cómo se puede llegar a un acuerdo.  Los padres deben recordar que han traído a sus familias a un país con distintas costumbres y que es imposible reproducir acá el mismo modelo de relaciones sociales que existía allá.  A la vez, es importante que puedan examinar la cultura norteamericana de una manera crítica, y enseñar a sus hijos a hacer lo mismo.  Así pueden darse cuenta de qué se debe aceptar y que no, para el bien de los muchachos y de la familia.  La luz que más conviene para este examen crítico es aquélla que provee el Evangelio.
Hace 26 años este mes de septiembre el Beato (y pronto será Santo) Papa Juan Pablo II visitó a Miami, la única vez en la historia que nuestro estado ha experimentado tal dicha.  En esta ocasión él hablo de la importancia de buscar la unidad en la diversidad.  Comentó, en referencia a los inmigrantes: “Yo sé que hay muchos que, en medio de tribulaciones han sido fieles al Evangelio y a la ley de Dios.  Como otros que se han mantenido fieles a Cristo y su Iglesia en tiempos de opresión, ustedes deben proteger su fe católica al vivir ahora sus vidas en libertad”.
Continuó el Papa, en su homilía en el Parque Tamiami,  “La fidelidad a la práctica religiosa requiere gran esfuerzo personal en una sociedad compleja e industrializada”.  Aquello a lo yo alentaría a toda familia hispana y cristiana sería a considerar todos los elementos de su cultura de origen y de esta cultura, desde el punto de vista del Evangelio.  Si hay elementos en esta cultura que contradicen la ley moral, o hacen más difícil vivirla, entonces es bueno ver si los valores del país de origen pueden ayudar más a la familia a crecer en santidad.  Esto vendría al caso también si encuentran que hay valores de este país que ayudan más al crecimiento moral de sus hijos.  Este diálogo, si se tiene en espíritu de fe y oración, puede ayudar a los padres y a los hijos a crecer en su amor a Dios y entre sí.
Como sugirió en esa ocasión el gran Papa Juan Pablo II, puedan todas nuestras familias tener este diálogo, tan esencial para el bien de padres e hijos, de tal forma que puedan ser “sinceros en el amor, (creciendo) en todo hacia Aquel que es la Cabeza, Cristo” (Efesios 4, 15).

Lecturas bíblicas para el domingo 1º de septiembre: Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14.

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