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¿LA OTRA MEJILLA?

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Seguimos este fin de semana con la sección del Sermón de la Montaña en la cual Jesús llama a sus oyentes a vivir radicalmente según el significado real de la Ley de Moisés. El pasaje de este domingo nos ofrece una de las enseñanzas de Jesús que puede ser para nosotros más frustrante (Mateo 5, 38-48), porque puede parecer que Él quiera que excusemos la injusticia: “pero yo les digo que no hagan resistencia al hombre malo”. La idea de dar la otra mejilla, caminar otra milla para la persona que nos ha obligado, y de amar a nuestros enemigos, es muy difícil aceptar. Como dice el mismo Jesús al final de este pasaje, nos está llamando a ser perfectos como nuestro “Padre celestial es perfecto”, y eso parece ser demasiado para nosotros.

En verdad, en la segunda lectura que oiremos de la primera carta de San Pablo a los corintios (3, 16-23), vemos la razón por la preocupación que debemos mostrar por los demás y por el amor que les debemos mostrar a todos, aun los que tenemos razón para que nos caigan bien, cuando escribe: “¿No saben ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Quien destruye el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo”. Nuestra vocación a la perfección brota del hecho de que somos “templo de Dios”. Además, debemos ver a cada persona como la imagen y semejanza de Dios y, aun si no lo reconocen, como alguien también llamado a ser ese “templo de Dios”. A la misma vez, le toca sólo a Dios vengarse contra cualquier ofensa contra su templo, no a nosotros, así que sufrir la injusticia contra nosotros nos une a Cristo, el verdadero templo que fue destruido, pero levantado en tres días.

Nos cuesta mucho aceptar esta enseñanza. Queremos defendernos cuando nos ofenden. Muchos recuerdan grandes ofensas en sus patrias, hace años o recientemente, y se sienten con pleno derecho de buscar la manera de vengarse. Muchos recuerdan dolores mucho más personales, causadas por personas allegadas, que les han causado un daño aparentemente irreparable a sus familias. Pero estas actitudes no hacen nada para lograr la verdadera justicia, y no hacen nada para ayudarnos a nosotros a encontrar la paz en nuestros corazones. Esas actitudes no son dignas de nosotros, que somos templo del Espíritu Santo, y no respetan a la verdadera identidad de la otra persona, que aunque no lo reconozca, ha sido también llamado a ser ese templo de Dios.

Jesús no nos pide que soportemos la injusticia en el mundo. En muchos lugares afirma la necesidad de hablar la verdad y retar al mal, y Él mismo lo hace. Nuestro camino hacia la perfección, sin embargo, requiere compartir con Él el camino hacia el Calvario, y así abrir las puertas a la verdadera justicia, la justicia de su reino. La próxima vez que nos sintamos tentados a reaccionar contra el que nos ha lastimado, quizás nos ayudaría reconocer quiénes somos nosotros y quién es la otra persona – el templo de Dios.

Pasaje sugerido de la Palabra de Dios – 1 Corintios 3, 16: “¿No saben ustedes que son el templo de Dios y

que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”

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