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La rueda de la maravilla: Allen regresa con los colores de un amor de verano

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En el comienzo de Annie Hall, Alvy Singer -uno de los tantos álter ego de Woody Allen- comparte algunos recuerdos de su temprana infancia. “Mi analista dice que exagero, pero les juro que crecí bajo la montaña rusa de Coney Island, en Brooklyn. Tal vez ello fue lo que provocó que tuviera una personalidad tan nerviosa”. La voz en off, con ese inconfundible acento neoyorquino, se imprime sobre la imagen de un niño pelirrojo que intenta tomar la sopa mientras el plato, y la casa entera, se sacuden al ritmo del parque de diversiones. Pasaron cincuenta años desde el estreno de aquella película y hacía tiempo que Allen no filmaba una historia tan autobiográfica.

Es que en La rueda de la maravilla también hay un niño pelirrojo que vive en un parque de diversiones -ahora canaliza sus nervios provocando incendios-, también estamos en los años 50 en pleno Brooklyn, y también el mundo de los adultos resulta un compendio de fracasos, mezquindades y fabulaciones. Aquí el narrador es Mickey (Justin Timberlake), un bañero con aspiraciones de dramaturgo que sueña con ser Eugene O’Neill y enamora a la frustrada Ginny, ex actriz y mal casada camarera, que pena sus frustraciones en ese verano de ensueño en el que realidad y representación han perdido sus límites.

Sin bien se la ha comparado con Café Society por la ambientación en ese pasado imaginado desde el recuerdo del propio Allen y por los colores de la extraordinaria fotografía de Vittorio Storaro, es con Blue Jasmine con la que tiene más puntos en común. La Ginny de Kate Winslet desborda de aquel malestar que embriagaba a Cate Blanchett, ahora concentrado en un ambiente opresivo y asfixiante, inmerso en una puesta en escena de notable filiación teatral que Allen conjuga con calculados movimientos de cámara que fijan a sus personajes en los interiores como ratas de un exquisito laboratorio.

Es claro que el último Allen no simpatiza demasiado con las mujeres maduras, histéricas y siempre al borde del estallido -a diferencia de las más jóvenes, como aquí Juno Temple, que nunca estuvo tan luminosa-, pero Winslet consigue darle a su personaje una complejidad emocional que no está en el texto, tal vez uno de los más débiles del cine de Allen de la última década. Pese a los altibajos narrativos y al ambiguo filtro melodramático que proyecta la mirada del Timberlake narrador, La rueda de la maravilla irradia una luz inusual, amarga en esos tibios atardeceres de Coney Island que Allen conoce demasiado bien.

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