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Nos sentimos obligados a comentar acerca de los asuntos que afectan a nuestra sociedad y que pueden tener efectos trágicos con relación a la seguridad nacional. El caso Snowden es un vivo ejemplo de uno de esos asuntos.
Comienzo por testimoniar que soy un ciudadano de pensamiento fundamentalmente liberal. Me he pronunciado a favor de la amnistía de inmigración, del matrimonio y la protección de los derechos de las parejas del mismo sexo y a favor de un plan universal que asegure el acceso a la salud de todos nosotros.
Sin embargo, a la hora de analizar la importancia de la seguridad nacional, tengo opiniones que pudiesen bordear la frontera del pensamiento derechista.
Nuestro gobierno tiene la obligación fundamental de proteger a sus ciudadanos de enemigos foráneos, especialmente cuando dichos enemigos han jurado públicamente atacar, no solamente a nuestros ciudadanos, sino igualmente a nuestro sistema de vida.
En un mundo donde las comunicaciones han evolucionado de tal manera que en cuestión de segundos conversamos, analizamos,  planificamos el futuro y tenemos la capacidad de conspirar contra un pueblo, el estar vigilante de cualquier movida del adversario con el propósito de defender nuestra nación, es necesario. Más que necesario es lógico y justificable.
Edward Snowden era uno de los investidos para que realizara esas funciones. Al ser contratado para realizar ese trabajo no planteó objeción legal ni moral alguna que alertase su oposición a la función de vigilar e identificar patrones de comunicación que pudiesen levantar alertas de comportamiento delictivo relacionado con el terrorismo internacional del que ya hemos sido víctimas en varias ocasiones.
Su función era fundamentalmente “separar el polvo de la paja” y alertar de la existencia de cualquier comunicación sospechosa que pudiese significar una conspiración contra nuestro pueblo.
Snowden traicionó, no solamente la confianza depositada en el por nuestras agencias de seguridad e inteligencia, sino que desnudó para el mundo entero, la existencia de unos planes puestos en efecto para prevenir ataques contra nuestro pueblo y nuestro modo de vida.
Solo hay que revisar la lista de quienes le ofrecen asilo, todos enemigos de nuestra nación y modo de vida,  para pasar juicio sobre el daño que nos ha hecho su traición.
Dentro de las circunstancias recién vividas en nuestra nación, yo prefiero que mi gobierno identifique esos patrones de comunicación, en vez de tener que llorar juntos los daños a la vida y el futuro de nuestros hermanos, tal y como sucedió en el Maratón de Boston.
Al fin y al cabo… “El que no tiene hecha, no tiene sospecha”

La Traición de Snowden y los Países que lo Apoyan

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