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Algo realmente extraordinario está previsto que ocurra este miércoles en América Latina: Lenín Moreno asumirá la presidencia de Ecuador y se convertirá en el único jefe de Estado que usa silla de ruedas en todo el mundo.

Moreno, que tiene 64 años y es parapléjico, fue elegido el mes pasado como heredero del proceso político iniciado hace una década por el presidente saliente, Rafael Correa.

Pero, aparte de su parentesco político con Correa, la cuestión de la discapacidad está muy asociada a la figura pública de Moreno, que perdió la movilidad de sus piernas al ser baleado en un asalto en 1998.

Buena parte de su popularidad se debe al apoyo que ha brindado desde cargos de poder a las personas con discapacidades, así como a su propia historia de superación y su sentido del humor.

Por eso, su llegada en silla de ruedas al máximo cargo de poder de su país es vista por muchos como toda una lección desde América Latina al mundo sobre inclusión y derechos de personas con discapacidad.

“Que tengamos un presidente con discapacidad o que haga uso de silla de ruedas, nos representa que nuestra sociedad ha ido aprendiendo durante estos 10 años (…), que ven a las personas con discapacidad con un enfoque diferente”, dice Xavier Torres, presidente del Consejo Nacional para la Igualdad y Discapacidades de Ecuador.

“Da una proyección al mundo: que América Latina y el Caribe van en ese camino de igualdad”, añade Torres en diálogo con BBC Mundo, recordando que la vicepresidenta de Argentina, Gabriela Michetti, también es parapléjica.

Sin embargo, ¿qué otras cosas puede simbolizar de la región el caso de Lenín Moreno?

Siendo vicepresidente de Correa entre 2007 y 2013, Moreno asumió como una misión prioritaria el impulso de políticas públicas para personas con discapacidades.

El gobierno ecuatoriano realizó un censo para saber “dónde están, cómo están y qué precisan” los discapacitados, y buscó facilitar su acceso a viviendas dignas, ortesis y prótesis, así como a puestos de trabajo mediante medidas de acción afirmativa, reseñó Torres.

Todo eso contribuyó a que Moreno, un licenciado en administración pública, luego fuera nombrado enviado especial del secretario general de las naciones Unidas sobre Discapacidad y Accesibilidad, cargo que ejerció hasta el año pasado, cuando volvió a Ecuador para preparar su candidatura presidencial.

El triunfo electoral de este hombre casado y con tres hijas fue un motivo de satisfacción para discapacitados dentro y fuera de su país.

Sin embargo, América Latina en general parece lejos de ser un modelo en materia de derechos de discapacitados.

La Organización Panamericana de la Salud indicó en 2014 que en la región hay 140 millones de personas discapacitadas, pero de ellas apenas 3% accede a servicios de rehabilitación, uno de cada cuatro niños va a la escuela y solo 5% concluye primaria.

El año pasado, cuando Río de Janeiro recibió los primeros Juegos Paralímpicos celebrados en América Latina, varios notaron que los prejuicios y los problemas de accesibilidad urbana para discapacitados continuaban a la vista de todos en esa ciudad, como en tantas otras de la región.

Y que un hombre en silla de ruedas sea presidente de Ecuador no implica necesariamente un cambio de mirada hacia los discapacitados, así como la llegada de mujeres a la presidencia de varios países latinoamericanos tampoco modificó la actitud social hacia el sexo femenino, advierte Marta Lagos, directora de Latinobarómetro, una encuesta de opinión regional.

“Es como un destape que no tiene efecto de bola de nieve para abajo, en la sociedad”, dice Lagos a BBC Mundo.

“Simboliza esa especie de ilusión que tienen las sociedades latinoamericanas de estar del lado brillante de la modernidad”.

Las limitaciones de Lenín

De cualquier modo, parece claro que hasta cierto tiempo atrás hubiera sido prácticamente inimaginable que un país de América Latina eligiera a un presidente imposibilitado de caminar.

Un antecedente a nivel hemisférico es el de Franklin Delano Roosevelt, que llegó a la presidencia de Estados Unidos en 1933 con una parálisis permanente en sus piernas, como secuela de la polio.

Pero Roosevelt, sabiendo que eso podía afectar su imagen política y su privacidad, evitaba hablar públicamente de su discapacidad o ser fotografiado en silla de ruedas, y hasta se entrenó para moverse en distancias cortas usando soportes, bastón o el brazo de algún allegado.

Hoy es recordado por como uno de los líderes que moldearon EE.UU., el único que ganó cuatro elecciones presidenciales en el país.

Claro que los tiempos han cambiado, y no sólo en materia de comunicaciones.

Es probable que hoy la gente vea a los presidentes menos como súper hombres y más como personas con virtudes y debilidades, que van al baño y tienen días buenos o malos como cualquiera.

Y la silla de ruedas de Moreno también representa sus limitaciones.

De hecho, su ascenso a la presidencia de Ecuador ocurre luego de lo que Lagos define como el fin de una etapa de “hiperpresidentes” en Latinoamérica: líderes como Correa, el venezolano Hugo Chávez o el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, que en la década pasada reunían gran popularidad y poder en sus países gracias a la bonanza económica agotada.

“Cuando se acaba el dinero, los latinoamericanos se dan cuenta que los presidentes no tienen el poder que creían que tenían”, señala la encuestadora.

Y Moreno, que logró un triunfo electoral ajustado de 51% de los votos contra 49% de su rival en la segunda vuelta, el banquero Guillermo Lasso, tendrá restricciones claras para gobernar.

La caída del precio del petróleo ha provocado problemas económicos en Ecuador, encendió una señal de alerta sobre el déficit fiscal y sugiere la necesidad de controlar el gasto público.

A eso se suma el hecho de que algunos críticos de Moreno cuestionan la legitimidad de su triunfo electoral y aguardan que demuestre con hechos su promesa de mayor apertura al diálogo.

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