SHARE

Hillary Clinton y Donald Trump ingresaron al escenario del último debate presidencial, se miraron, sonrieron a la audiencia, y, al igual que en el debate anterior, no se dieron la mano. Fue un prólogo acorde a otro choque ácido y amargo, un reflejo de una de las campañas más duras de la historia de Estados Unidos. Al final, se fueron sin saludarse.

Trump, que llegó a Las Vegas con su campaña hecha añicos, dejó otra vez boquiabierto a Estados Unidos cuando, sobre el final, y en una movida inédita en la historia política del país, se negó a confirmar si reconocerá el resultado de la elección y concederá su derrota si pierde el próximo 8 de noviembre.

“Los mantendré en suspenso”, respondió, cuando el moderador, Chris Wallace, de la cadena Fox, le preguntó si aceptaría su derrota. Un tenue grito de perplejidad se hizo escuchar la sala de prensa donde miles periodistas seguían la discusión. “Estoy horrorizada”, respondió Clinton. “No es como funciona nuestra democracia”, agregó.

Fue el tema saliente en el “spin room”, donde figuras políticas de demócratas y republicanos salieron a defender a sus respectivos candidatos tras el debate.
“¿Te acordás de Al Gore, en 2000?”, fue la defensa que ensayó Kellyanne Conway ante las cámaras, la jefa de campaña de Trump. “Es espeluznante y atemorizante”, dijo a la prensa Roby Mook, jefe de la campaña de Clinton. “Este país no es una monarquía, no estamos gobernados por dictadores o déspotas, sino por la voluntad de la gente”, agregó.

Tiffany O. Howard, profesora de la Universidad Nevada, Las Vegas, dijo que las acusaciones de Trump sobre la elección “arreglada” y su rechazo a confirmar que concederá la elección, un desafío abierto al proceso democrático, no tiene precedentes.

“Pone en riesgo nuestra democracia y nuestros valores democráticos y todo el proceso. Es peligroso, ¿qué pasa si gana? ¿no es legítimo?”, dijo Howard.

La campaña ya había llegado al último debate desgastada, envuelta en un clima espeso por la denuncia de Trump sobre un fraude masivo en la elección, una acusación sin pruebas, rechazada por su propia campaña y figuras republicanas. Ya había especulaciones acerca de Trump se negaría a reconocer su derrota. Y Trump, fiel a su estilo, les dio oxígeno.

La sensación que reinó tras el choque fue que Clinton salió, otra vez, airosa.

De un comienzo civilizado a los ataques sin filtro

El inicio del debate fue, para sorpresa de muchos, civilizado, y estuvo muy enfocado en discusiones sobre políticas. Clinton y Trump dejaron los ataques personales de lado y debatieron tres temas cruciales para los votantes: el futuro de la Corte Suprema -el próximo presidente tendrá la oportunidad de alterar el equilibrio ideológico del máximo tribunal- , el control a las armas de fuego y el aborto.

Los ataques se hicieron esperar, pero llegaron. Ocurrió al promediar la media hora. Una vez que el moderador, Chris Wallace, de Fox News, llevo la discusión a la inmigración, Clinton y Trump comenzaron a lanzarse dardos, hasta llegar al punto en el cual Clinton sugirió que Trump será “un títere” del presidente de Rusia, Vladimir Putin, y Trump, después de decirle que ella será un títere, la llamó “mentirosa” y dijo que sus políticas crearán un “desastre” en el país.

“Ella quiere ofrecer una amnistía, que será un desastre. Queremos fronteras seguras”, dijo Trump. “Tenemos gente mala, mala, mala en este país. Tenemos algunos malos hombres aquí, y los vamos a sacar”, afirmó el republicano, diciendo “hombres” en español.

Clinton respondió con una de sus propuestas: una reforma inmigratoria que le ofrezca un camino a la ciudadanía a los 11 millones de inmigrantes que viven en Estados Unidos sin papeles. “No queremos dividir familias”, dijo, y aprovechó la oportunidad para lanzar el primer dardo a Trump, al recordar que había insultado a inmigrantes. Y luego otro: “Trump utilizó trabajadores indocumentados para construir la torre Trump”.

Trump contraatacó. “Vas a tener un desastre con el comercio, y vas a tener un desastre con fronteras abiertas”, atizó el republicano. “No vamos a tener fronteras abiertas, vamos a tener fronteras seguras”, respondió Clinton.

Hasta ese momento, Trump se había mostrado inusualmente moderado. No la había interrumpido y no la había atacado. Wallace puso entonces a Clinton en aprietos al sacar una de las divulgaciones de Wikileaks de sus discursos a puertas cerradas en Wall Street: su deseo de “comercio abierto y fronteras abiertas” en América. “Gracias”, le dijo Trump al moderador, que sonrió, incómodo.

Clinton dijo que se refería a energía, y recurrió a la estrategia de llevar la discusión a otro tema: el supuesto ataque cibernético de Rusia a los demócratas, y la supuesta intención de Putin para interferir en la elección presidencial. Aguijoneó a Trump con Putin. Trump negó otra vez que conociera al presidente ruso, e insistió en que sería bueno llevarse bien con Moscú. “Putin no tiene respeto por ella”, respondió.

“Eso es porque preferiría tener un títere de presidente de Estados Unidos”, atacó Clinton. Fue una de sus líneas más punzantes de la noche. “¡Ningún títere! ¡Vos sos el títere!”, respondió Trump.

Trump volvió a negar las acusaciones de acoso sexual en su contra. “Son todas mentiras”, dijo, y lanzó otro ataque: dijo que la Fundación Clinton es “una empresa criminal”, y la atacó otra vez con su larga trayectoria en Washington: “El problema es que hablás, pero no hacés nada”, asestó.

La última oportunidad

El escenario para el último choque entre los candidatos fue la Universidad de Nevada, Las Vegas, con las montañas de Nevada y los casinos del famoso “Strip” de la ciudad de fondo. Para ambos, fue la última oportunidad de marcar una diferencia antes de la elección presidencial de Estados Unidos, el próximo 8 de noviembre.

Clinton, vestida con un traje blanco, llegó al choque recostada en una amplia ventaja que abrió luego del primer debate. El sitio FiveThirtyEight, de Nate Silver, le otorgaba ayer, antes del debate, un 87,2% de probabilidades de imponerse en los comicios del 8 de noviembre. El promedio de sondeos nacionales del sitio RealClearPolitics, termómetro político de la campaña, le daba una ventaja de 6,5 puntos.

A la defensiva, con su campaña en terapia intensiva y divorciado del “establishment” republicano, Trump llegó al debate como un llanero solitario, con la misión de matar o morir. Clinton, amplia favorita y con una vasta operación territorial en marcha para movilizar votantes, se enfrentaba al desafío de defender su liderazgo, y responder a los ataques de Trump y a las divulgaciones de Wikileaks, que dieron aire a la desconfianza que pesa sobre su figura.

Trump se mostró moderado durante el primer tramo. Luego, volvió a ser el de los debates anteriores. Clinton estuvo más asertiva que en los debates anteriores, y por momentos pareció perder la compostura que la distinguió en las primeras discusiones.

Al final, el debate se dio como muchos esperaban, con cruces duros, ácidos, ataques, interrupciones y chicanas, y discusiones de políticas eclipsadas. Al final, todo quedó reducido a una frase de Trump. Otro fiel reflejo de una campaña presidencial inédita.

Más allá de los choques, el último debate en EE.UU. deja la inédita reacción de Donald Trump

SHARE