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La vida en Palm Beach se trastocado desde que Donald Trump ganó la presidencia estadounidense, pues casi todos los fines de semana se escapa a resguardarse en su palaciega casa de Mar-a-Lago, la que él denomina “Casa Blanca de Invierno”.

De acuerdo a BBC Mundo, esta ciudad de Florida, lleva un siglo como el balneario por excelencia de los grandes apellidos de la élite industrial, política y social del país.

En otras épocas eran los Kennedy y los Rockefeller los que mandaban la parada en esta ciudad de modales exquisitos. Las visitas constantes del hombre más poderoso del país han generado polémica.

Escandalizó a los exclusivos lugareños

En 1985 el magante Trump compró por US$8 millones la mansión más espectacular de todo Palm Beach, el complejo de Mar-a-Lago, que era una casona de 10.000 metros cuadrados y 126 habitaciones que había sido construida seis décadas atrás por la heredera de un imperio de cereales.

Y Trump quería hacer dinero. Escandalizó a Palm Beach cuando amenazó con dividir el histórico lote para construir casas modernas en un conjunto de condominio.

Luego lanzó un negocio que resultó similarmente amenazante para los grandes apellidos del lugar. Convirtió la mansión en un club privado. “Pero abrió la membresía a los judíos y otros grupos que no eran admitidos en otros clubes de Palm Beach”, asegura el escritor Laurence Leamer.

Entre beneficios y perjuicios

Trump adora el sitio y ha pasado cuatro de los últimos cinco fines de semana, lejos de Washington en medio de la tranquila opulencia de su casa de Florida.

Desde su elección a la presidencia, el club privado dobló el precio de la membresía, que hoy ronda por US$200.000. La gente lo paga complacida, para tener el gusto de compartir veladas sabatinas con el hombre más poderoso del mundo.

Las autoridades de Palm Beach dicen sentirse felices de tener un huésped tan famoso.

“Cada vez que las cámaras de televisión enfocan a la residencia de Mar-a-Lago, están mostrando al mundo las hermosas palmeras, atardeceres y residencias de Palm Beach. Es un buen mensaje para nosotros”, asegura Jorge Pesquera, jefe de “Discover The Palm Beaches”, la entidad de promoción turística del condado.

Pero en las calles del pueblo, hay muchos residentes inquietos con la frecuente presencia de Donald Trump. En el cercano aeropuerto de Lantana, sus visitas amenazan con arruinar a muchos pequeños empresarios de la aviación.

Cada vez que el Air Force One, el avión presidencial, llega a Palm Beach, se cierra el espacio aéreo para proteger la seguridad del mandatario. Esto ha ocasionado pérdidas para Jorge González, dueño de Skywords, una empresa de avionetas que llevan avisos publicitarios por el aire.

“Cada fin de semana con el aeropuerto cerrado me cuesta US$3.000”, dice. Nadie en el gobierno le responde por el lucro cesante. Ha perdido contratos por valor de US$42.000 y no cree que su negocio aguante mucho más. “Cada fin de semana es otro clavo en el ataúd”, puntualiza.

También se quejan taxistas, tenderos, y muchos otros pequeños empresarios que sienten cómo la ciudad se paraliza por la presencia de Trump.

Y la policía local busca que el gobierno federal los compense por los gastos adicionales de patrullaje, estimados en US$1,5 millones a mediados de febrero.

Protestas también inquietan

Las protestas llegan a veces hasta las puertas mismas de Mar-a-Lago. Este fin de semana, a escasos metros de la mansión, dos manifestaciones compiten por la atención de los transeúntes.

De un lado de la calle los seguidores del mandatario. Del otro, los opositores.

En el lado pro Trump, se vive un ambiente carnavalesco. Un emprendedor local, que se hace llamar DJ Ronn Royce, ha adaptado un auto con apariencia de batimóvil, convirtiéndolo en una discoteca ambulante que toca música con letras en honor a Trump, en todos los ritmos, desde el rock hasta la bachata.

Lo contratan en las manifestaciones callejeras de apoyo al presidente y ayuda a amenizar esta extraña fiesta, en donde mucha gente sonriente baila y canta tranquila al tiempo que casualmente piden la expulsión de los musulmanes de Estados Unidos.

En la otra acera, la de los opositores al presidente, se siente un ambiente más conspirativo. Algunos evaden a la prensa. Otros distribuyen panfletos anarquistas. Un policía uniformado toma fotos de muchos de los presentes.

En ocasiones, los grupos cruzan la calle para tantear la paciencia de sus contrincantes. Se caldean los ánimos, pero no hay violencia.

Y entonces, de repente se siente el estruendo de una caravana avanzando hacia la mansión. Pasa una ambulancia y después otro auto lleno de hombres armados con fusiles.

Le siguen las consabidas camionetas de vidrios oscuros. Y de pronto, una de ellas se detiene, para que el mismo Donald Trump salga por un instante y salude a sus simpatizantes.

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