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Este domingo se cierra el tiempo de Navidad, con la Fiesta del Bautismo del Señor. La Iglesia entiende esta fiesta a la luz de la Epifanía, ya que el bautismo de Jesús en el Jordán es un momento clave en el cual se revela su verdadera identidad, cuando se abren los cielos, y el Espíritu Santo baja en forma de paloma y se oye la voz de Dios Padre: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias” (Mateo 3, 17). Esta fiesta nos indica no sólo quién es Jesús, sino quiénes somos nosotros los cristianos, gracias al don de nuestro bautismo.

La primera lectura para este domingo viene tomada del Profeta Isaías (42, 1-7). Isaías hace una promesa maravillosa: “Yo, el Señor, fiel a mi designio de salvación, te llamé, te tomé de la mano, te he formado y te he constituido alianza de un pueblo, luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”.

Al comienzo del 2014, ¿son estas palabras más que una promesa vacía? ¿Son sólo una expresión de un esquema político que fallará, como tantos otros? Si es tan maravilloso el amor de Dios, ¿por qué hay guerra y odio, por qué hay hambre y necesidad en el mundo? ¿Por qué sigue habiendo sufrimiento en el mundo?

Antes de responder a estas preguntas, permítanme hacer una más. ¿Puede el mundo proveer menos por todas las necesidades de la humanidad hoy que hace un año o hace 5 años, cuando la economía estaba en su apogeo? En verdad, no es Dios el que limita nuestra habilidad de recibir su amor y su generosidad, sino nosotros los seres humanos. Es esto es verdad en el plano material, lo es aún más en el espiritual.

El amor que nos ofrece Dios es algo maravilloso, y es mucho más de lo que seríamos capaces de imaginarnos. Sin embargo, para recibir este amor generoso, hace falta que nos abramos a él. Es este llamado un tema central de esta última celebración navideña. El Mesías ha llegado al mundo, trayéndonos mucho más de lo que nos damos cuenta que necesitamos. Vengan a recibir de Jesús el Agua de Vida en el bautismo y el Pan de Vida en la Eucaristía.

Este amor que se nos ofrece es más real que cualquier cosa que ofrece el mundo. A la misma vez, es importante darnos cuenta que, precisamente como hijos de Dios que somos, podemos hacer mucho más para hacer que el mundo pueda ofrecer precisamente lo que Dios quiere ofrecernos por medio de él. Recibir el amor de Dios requiere un cambio fundamental en la manera en la cual vemos nuestra vida y la del prójimo y cómo lidiamos con el mundo. Si vivimos en la Tierra precisamente como hijos e hijas adoptivos de Dios en el bautismo, el mundo se transformará, en todos sus aspectos.

En esta Fiesta del Bautismo del Señor celebramos la identidad real de Jesús, el Hijo Amado del Padre. Celebramos además nuestra propia identidad por el bautismo. El amor de Dios por nosotros, en quienes, a pesar de nuestra debilidad, Él tiene sus complacencias, es asombrosamente generoso. En el año que comienza, podamos nosotros, sus hijos, abrirnos y abrir el mundo a este amor sobreabundante.

Pasaje sugerido de la Palabra de Dios – Hechos 10, 34-35: “En aquellos días, Pedro se dirigió a Cornelio y a los que estaban en su casa, con estas palabras: ‘Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere’”.

¿Qué nos ofrece el Señor Jesús, bautizado en el Jordán?

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