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Trump podría traer a Rusia del frío

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Mary Dejevsky The Guardian

ESPECIAL PARA CLARÍN

A medida que el escrutinio se inclinaba hacia la victoria de Donald Trump a mitad de la noche europea empezaron a aparecer comentarios en redes sociales sobre que la inteligencia rusa había obtenido su mayor victoria en la historia del país. Más aún, que en realidad el Kremlin había capturado a Estados Unidos.

Y estos comentarios fueron extensiones alarmistas, aunque lógicas, de las afirmaciones hechas por la parcialidad de Clinton durante la campaña en cuanto a que Trump en cierto modo estaba en connivencia con el presidente Vladimir Putin y el estado ruso interfería en la elección por pedido suyo.

Hubo muy escasa evidencia de esas afirmaciones y Putin mismo las ridiculizó en su reunión anual de Valdai con especialistas internacionales rusos hace dos semanas. ¿Estados Unidos es una república bananera —preguntó—, que sus elecciones pueden manipularse tan fácilmente? Por supuesto que no. Pero las aseveraciones resultaron útiles para la campaña demócrata en cuanto a mostrar a Hillary Clinton como una presidente-en-espera de política exterior dura y demonizar a Trump por asociación.

No es ningún misterio por qué las acusaciones lograron asidero. En parte fue porque Trump había dicho tiempo atrás que él creía que se podían hacer negocios con Putin.

Después los demócratas eligieron en su convención desviar la culpa por el hackeo de su sistema informático a la inteligencia rusa. Esto nunca se probó de manera concluyente y todas las declaraciones supuestamente corroboradoras de funcionarios estadounidenses tenían cláusulas de exención. Algunas personas con conexiones en inteligencia dieron a entender que todo el mundo trataba de hackear las computadoras de los demás, especialmente en época de elecciones, sin interferir realmente.

La verdad de cualquier intervención rusa probablemente no se conozca nunca. Pero es necesario disipar ciertos mitos que se dieron a conocer. Uno es que Trump recibía información privilegiada de Rusia. Otro era que tenía acuerdos de negocios complicados y sospechosos con Rusia. Jamás se presentaron pruebas, fuera de un asesor oficial de campaña, Paul Manafort, que había asesorado antes al presidente derrocado de Ucrania.

Una tercera versión era que Trump conocía a Putin personalmente, que le agradaba y que la admiración era mutua. Esto contradice lo que ambos dijeron. Trump dijo que veía en Putin a un líder nacional fuerte: crítica a Obama por implicación. Agregó que no le gustaba el sistema político de Rusia, pero que pensaba que debía haber diálogo con ese país y que Putin era alguien con quien él podía hablar. Por su parte Putin había dicho tiempo antes que veía a Trump como un personaje vívido y hábil político.

Al dirigirse al grupo Valdai, Putin ofreció un breve análisis de un síndrome al que se refieren con frecuencia los analistas occidentales. No hubo signos de que Rusia ni Putin estuviesen apoyando a Trump; podría haberse argumentado en realidad que Moscú hubiera preferido a Clinton como personaje conocido. La promesa de Trump de ser “impredecible” es lo más opuesto a la regularidad que prefieren los dirigentes rusos, incluido Putin.

Una cuestión diferente, sin embargo, y más interesante, es qué diferencia podría representar para las relaciones de EE.UU., y de Occidente, con Rusia, que están –según reconocimiento universal– en un punto muy bajo. Y aquí las señales podrían ser más promisorias. Trump puede estar en lo correcto en cuanto a que es capaz de llevar adelante una mejor relación con Putin que la que tienen Obama o la mayoría de los gobernantes europeos. En un sentido, son dos autócratas que se han hecho a sí mismos y están acostumbrados a ejercer el poder. Allí bien puede haber algo que cada uno reconoce en el otro.

Esto no quiere decir que Trump vaya a ser –como afirmaba el bando de Clinton– un incauto. Pero su pasado, y sus dos esposas eslavas, pueden proporcionarle una apreciación de cómo se ve el mundo desde Rusia, algo que parece haber eludido Obama. Como nacionalista sin retorno también puede ver al nacionalista postsoviético que hay en Putin y apreciar que Rusia, también, tiene preocupaciones de seguridad.

Parte del interés, si existiera, de Rusia en vincularse con Trump puede, desde luego, derivar del escepticismo del próximo presidente de EE.UU. acerca de la OTAN, alianza que ha sido una pulga en la oreja para Putin desde que asumió.

El cuestionamiento de Trump a la OTAN ya ha puesto en guardia a europeos del centro y oeste del continente. La seguridad europea es una preocupación legítima para todos: para EE.UU., que paga desproporcionadamente las cuentas, para sus aliados europeos a quienes beneficia, y para Moscú, que se sintió vulnerable mientras la OTAN se expandía y Rusia se esforzaba para surgir de su pasado soviético.

Los acuerdos actuales son fuente de tensión y de seguridad. Un presidente de EE.UU. que llevara a la mesa a un negociador pragmático en lugar de los vestigios de la guerra fría, que aportase un especialista en defensa, ¿podría tener mejores chances que sus predecesores de empezar a traer a Rusia del frío?

Traducción: Román García Azcárate

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