Advertisement

“Los latinos adoran a Trump”, expresó el magnate de los bienes raíces a periodistas, la semana pasada. “Y yo los adoro a ellos.”

Qué peculiar. Como latino, no me siento adorado. Me siento usado. Una vez más, nos han asignado el papel de cucos culturales, para ayudar a los republicanos a obtener votos generados por miedo.

Advertisemen

Parece que eso era lo que Trump estaba haciendo la semana previa cuando, al anunciar su candidatura a la presidencia, lanzó una diatriba antimexicana que causó un incidente internacional.

“Estados Unidos se ha convertido en el lugar donde todos los demás vuelcan sus problemas,” dijo Trump a sus seguidores. “Cuando México envía su gente, no nos envían los mejores. … Nos mandan individuos que tienen muchos problemas y que traen sus problemas a nosotros. Traen drogas. Traen criminalidad. Son violadores. Y algunos, supongo, son buenas personas.”

No es de extrañar que Trump–aunque salió segundo en una reciente encuesta de candidatos del Partido Republicano en New Hampshire, después de Jeb Bush–sea persona non grata al sur de la frontera.

Univisión, la cadena de TV en español, canceló la emisión del concurso de Miss USA, que es parcialmente propiedad de Trump. Y dijo que está cortando cualquier otro vínculo comercial con el multibillonario. Los comerciantes mexicanos venden ahora piñatas con tupés en la cabeza y la apariencia de “The Donald”. Esas obras de arte, hechas de papel maché y cartón, están llenas de caramelos–a diferencia del original, que está lleno de aire caliente.

En fiestas y protestas, mientras la multitud vitorea, las piñatas serán golpeadas, quebradas y quemadas. ¿Qué puedo decir? Hay amores que matan.

La diatriba de Trump se redujo a lo siguiente: “Más vale que voten a los republicanos, o los malos latinos vendrán y los agarrarán.”

En cuanto a aquellos con quienes está haciendo demagogia, estoy seguro de que yo hablo por muchos de mis compañeros latinos cuando digo: Si están tan aterrorizados de nosotros y si somos tan peligrosos, ¿podrían por favor dejar de entregarnos sus hijos para que los alimentemos, bañemos y limpiemos sus narices? ¿Podrían también dejar de darnos el código de seguridad para entrar en su comunidad cercada a fin de que cortemos su césped y podemos sus arbustos? ¿Y podrían parar de dejarnos solos en sus hogares, como mucamas, para limpiar la casa? En otras palabras, si van a insistir en tenernos miedo, ¿podrían parar de necesitarnos tanto, especialmente en actividades que amenazan su seguridad? Traten de hacer sus propias tareas.

Al acusar a México de descargar la escoria de la sociedad en los Estados Unidos, Trump continúa con la tradición del norteamericano feo.

Ese temor de los extranjeros se inició en el siglo XVIII, cuando Benjamin Franklin, un inglés, despotricó contra lo que percibió como la inferioridad de los inmigrantes alemanes, quienes, dijo Franklin con seguridad, “nunca adoptarían nuestro lenguaje y costumbres de la misma manera en que no adquirirían nuestra tez.” Surgió nuevamente, al comienzo del siglo XX cuando el senador Henry Cabot Lodge, de Massachussets, advirtió que los inmigrantes (léase: los irlandeses) estaban “rebajando la calidad de nuestra ciudadanía.” Dio lugar a que el representante Albert Johnson, de Washington, co-autor de la Ley de Inmigración de 1924 que básicamente cerraba las fronteras de Estados Unidos a todo el que no fuera de Inglaterra, Alemania o Irlanda, incitara hostilidad hacia los inmigrantes italianos aduciendo su falta de educación, suciedad y tendencia a la actividad criminal.

Aún así, Trump no está del todo equivocado. Podemos suponer que la mayoría de los mexicanos que viene a Estados Unidos no ha tenido suerte en México. ¿Por qué vendrían si no? Aquellos para quienes todo funciona bien en México (políticos, hombres de negocio, médicos, abogados, ingenieros, etc.) probablemente no se irán de su país dejando a su familia y amigos para aventurarse al norte. La buena noticia es que los que vienen, aunque no han tenido suerte, tienen mucho talento, ambición, optimismo y son arduos trabajadores. Vienen a Estados Unidos, este país de las segundas oportunidades, para echar los dados una vez más.

También ésa es una tradición estadounidense. Tal como los que llegaron a estas tierras en los últimos siglos desde Alemania, Irlanda, Italia, Rusia y otras partes, los migrantes mexicanos que vienen a nuestro país son a menudo lo mejor de lo mejor. Son los que se atreven, los que corren riesgos, los que se esfuerzan, los soñadores. Estados Unidos siempre tuvo la mejor parte del negocio. Y la sigue teniendo.

Es gracioso. Trump edificó una carrera de éxito y amasó una fortuna convenciendo a la gente de que él sabe todo sobre los negocios. Ahora resulta que ni siquiera puede reconocer uno bueno.

Contribucion de Rubén Navarrette Jr.
The Washington Post Writers Group | Martes 30 Junio 2015