Home Cápsulas por José Luis Pérez‏ Un Rosal Sin Espinas

Un Rosal Sin Espinas

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Estamos en Roma, Caput Mundi (la capital del mundo) dicen los romanos. Hoy es 4 de julio 2006, esta fecha aquí nada significa. Somos un grupo de treinta, nos acompaña el P. Emilio Vallina de la Iglesia San

Juan Bosco en Miami. Vuelo directo por Iberia hasta Roma unas ocho horas en el aire. Estamos en el ho-

tel Roma muy cerca del Estado Vaticano que luego visitaremos. Ahora son las seis de la mañana. Hoy

viajaremos en dirección Norte hasta la histórica ciudad de ASÍS; lugar donde nació, vivió y murió el po-

brecillo Francisco. Queda en la provincia de Perugia a 185 Km de Roma. El viaje nos tomará unas tres

horas. Nuestra guía, una simpatiquísima italianita de nombre Raquel, nos habla sobre el paisaje por don-

de vamos pasando. Afuera se observan grandes viñedos y campos muy cultivados. Al fin, y casi sin darnos cuenta hemos llegado a la centenaria, bella y evocadora franciscana ciudad de ASÍS. La población es de

unos 25,000 habitantes que viven principalmente del turismo. Hay varios magníficos hoteles y restaura-

tes. Se ve mucha gente en las calles y todos parecen muy alegres, quizás conscientes del gran tesoro his-

tórico religioso que les ha tocado felizmente mostrar al mundo contemporáneo. Hay dos bellísimas basíli-

cas; en la primera, a la entrada del pueblo, se encuentra en su interior una pequeña construcción que data

del siglo XIII y lleva el nombre de “La Porciúncula”. En este lugar San Francisco fundó la “Orden Fran-

ciscana” en el año 1208 y aquí mismo murió en el 1226. Pero, lo más interesante de este acogedor sitio

está detrás, en un patio interior de esta bellísima iglesia; aquí nos topamos con el maravilloso jardín de las rosas sin espinas; si señor, como lo oyen: UN BELLÍSIMO ROSAL LLENO DE BELLÍSIMAS ROSAS: pero sin espinas. A un  lado hay un anuncio muy grande que dice: “El Beato Francisco rodeó aquí entre espinas su cuerpo…inmediatamente lo rodeó una gran luz y, rosas blancas y rojas maravillosa-

mente olorosas y de bellísimo aspecto brotaron a su alrededor y junto a la luz bajó una multitud de ánge-

les dentro y fuera de la iglesia”.

Estas rosas, si se trasplantan y siembran en otras partes, pueden renacer; pero con espinas. Frente al her-

moso rosal hay una gigantesca imagen de San Francisco sosteniendo una corona de flores, en la que siem-

pre, a cualquier hora del día o de la noche se encuentran dos palomitas volando a su alrededor o posadas

en las flores. La exquisita fragancia de las flores es tan penetrante que inunda toda la iglesia. Y ahora, en

el exterior de este sacrosanto lugar, caminamos un rato hasta llegar a la cima de una pequeña montaña donde nos encontramos con la segunda impresionante basílica construida en los terrenos donde vivía la familia de Francisco. Entramos a su interior; es impresionante, bello, maravilloso, gigantesco; y alli, de-

bajo de un enorme y majestuoso altar está el cuerpo del SANTO. Aquí en este pueblo nació y murió; aquí

fundó su “Orden Franciscana” y, aquí van a reposar sus restos sagrados por los siglos de los siglos.  Hay

muchos frailes por todas partes, atienden a todos a cualquier hora del día o de la noche. El silencio, el res-

peto y la veneración del lugar es impresionante. No se permite la entrada si no se viste decorosamente, a la puerta hay un fraile para hacer cumplir esta regla. Observé que una jovencita entró al atrio de la iglesia

vistiendo una minifalda; el hermano franciscano muy cortésmente le dijo que lo sentía; pero con un vesti-

do tan corto no podía pasar. La joven esperó un rato y, a poco se apareció con una saya más larga, el bon-

dadoso fraile la miró con una amable sonrisa y la dejó entrar; ella había tomado el mantel de una mesa que encontró por alli y lo estaba usando como si fuera una falda y, con una pícara alegría en sus lindos ojos le dijo: -“Padre, yo le prometo que cuando salga lo pongo donde estaba”. ¡Qué bonito! ¿verdad?

Aquí, sobre el altar donde reposa el pobrecillo Francisco, celebró el Padre Vallina la Santa Misa. Hasta

aquí llegaba el perfume de las rosas, había un silencio profundo, una gran calma. Todos regresamos a ca-

sa felices y contentos como si hubiésemos tocado un pedacito del cielo al visitar esta bellísima ciudad de

Asís donde nació, vivió y descansa el bienaventurado Hermano Francisco. ¿Qué les parece? ¡Fantástico,

impresionante, fuera de serie! ¡Ah…y ahora le recordaremos mucho más en la persona de S. S. el Papa Francisco! ¡Albricias!

FINIS CORONAT OPUS

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