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Como si fuera un soufflé, Wall Street empieza a sentir que sus expectativas positivas respecto del gobierno de Donald Trump se van desinflando a medida que pasan los días. Sobre todo desde la última semana, en que los analistas comenzaron a vislumbrar las reales dificultades que surgen en el camino del gobierno de EE.UU. para lograr la aprobación de su paquete de reformas, una de sus principales promesas de campaña.

Porque tras el enorme entusiasmo inicial, que llevó al índice Dow Jones a batir el récord de 21.000 puntos a fines de febrero pasado (en noviembre rompía el techo de los 19.000 y luego, a fines de enero las 20.000 unidades), ahora comenzaron a aflorar las dudas sobre cuán sostenible podría ser esta euforia de principios de mandato. La pregunta no es ociosa, ya que para los mercados no hay nada más incómodo que la volatilidad extrema y, sobre todo, los cambios de tendencia abruptos que llegan junto con derrumbes significativos. En pocas palabras, que el pánico se apodere de los inversores y termine provocando una estampida bursátil.

Porque lo que los mercados esperan de este nuevo mesías del siglo XXI en que se ha convertido el magnate inmobiliario es que él los lleve a la Tierra Prometida de un rally alcista como pocas veces se vio en la historia de Wall Street, una utopía digna del mismísimo Tomás Moro. Sin embargo, argumentos a favor de creer en el milagro no faltaron en estos primeros 60 días. Que incluso fueron recompensados con una suba de mil puntos en tan solo 24 días, algo que no se veía desde 1999.

Es que el programa económico pro crecimiento anunciado durante la campaña tenía todo para seducir a los mercados financieros. En primer lugar, una reforma impositiva que era música en los oídos de las empresas, porque incluía una importante reducción en las escalas tributarias corporativas. Además, un gabinete económico virtualmente cooptado por ex ejecutivos de Wall Street (muchos de ellos provenientes de Goldman Sachs), que garantizaban el fin de la ley Dodd-Frank de control a las entidades financieras, la “bestia negra” del sector bancario que había sido impulsada por Barack Obama, como reacción a la crisis subprime.

Pero también se esperaba con mucho entusiasmo la prometida reforma del sistema de salud, también conocido como “Obamacare”, que representa una carga significativa para las compañías aseguradoras, o el programa de inversiones públicas en infraestructura, que generaría un nuevo impulso al sector de las energías fósiles, todas compañías con fuerte presencia en las bolsas.

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