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Esta semana se cumplió un nuevo aniversario de la dimisión del trigésimo séptimo presidente de los Estados Unidos, presionado por el escándalo de Watergate. En esta nota, un repaso por sus logros políticos y las consecuencias de su abrupta salida de la Casa Blanca.

40 años de la histórica renuncia de Richard Nixon

Una semana como esta pero hace cuarenta años, arruinado por el caso Watergate, renunciaba por primera y única vez a su cargo un Presidente de los Estados Unidos.

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Richard Nixon fue, sin dudas, uno de los grandes presidentes de la segunda mitad del siglo XX: la paranoia y los pecados cometidos no podrán jamás borrar de la historia la política exterior revolucionaria de la administración Nixon-Kissinger que logró la apertura a China y forjó las bases de un mundo que hoy vemos en toda su dimensión. El propio Ford lo reconocería en sus Memorias, al admitir que Nixon “nos dio la mejor política exterior que tuvo este país”.

Envuelto en el escándalo Watergate, el presidente Nixon resistiría hasta los primeros días de agosto de 1974. El día 6, al borde del inicio del juicio político al Presidente, una gestión de Alexander Haig (entonces Chief of Staff) ante el ultraconservador senador Barry Goldwater comprobaría que tan solo una docena de senadores respaldarían al titular de la Casa Blanca. Para evadir el impeachement, Nixon requería al menos 34 votos sobre el total de 100 que integraban el Senado.

Al renunciar Nixon, conviene tener presente la situación que atraviesan los EEUU hacia mediados de los años setenta: recesión, aumento notorio del precio del petróleo como consecuencia del shock petrolero de 1973, y una caída del PBI norteamericano de 6 puntos entre 1973 y 1975 y una alta inflación. En 1971, el gobierno de Nixon se había visto obligado a decretar el fin de la convertibilidad del dólar e imponer ciertos controles de precios. Pronto se sumará la derrota en Vietnam.

Nixon recibe elogios y críticas a lo largo del mundo. Harold Wilson, Yitsak Rabin y Golda Meir lo destacan como líder. La agencia oficial china, por su parte, lamenta que el presidente norteamericano “no haya contado con apoyo del Congreso para evitar el juicio político”. El órgano del PC cubano, el Granma advierte que “Nixon crió cuervos y los propios cuervos lo han devorado”, al tiempo que lo califica de “furibundo anticomunista, acérrimo partidario del capital privado y los intereses monopolistas”. (“Reacción mundial: elogios para Richard Nixon”, Clarín, 10 de agosto de 1974)

Al asumir la presidencia, en circunstancias absolutamente inéditas en la historia norteamericana, Ford afirma: “Soy perfectamente consciente de que no ha sido elegido vuestro Presidente a través de sus boletas, y por eso les pido me confirmen a través de sus plegarias. Espero que ellas sean las primeras de muchas. Si no me eligieron a través del voto secreto, tampoco yo he llegado al cargo a través de promesas secretas. Yo no hice campaña por la Presidencia ni por la Vicepresidencia. No he suscripto ninguna plataforma partidaria. No estoy endeudado con ningún hombre y solo con una mujer -mi querida esposa- al comenzar este difícil tarea. Mis queridos americanos, nuestra larga pesadilla nacional ha terminado. Nuestra Constitución funciona; nuestra gran República es un gobierno de leyes y no de hombres. Aquí gobierna el pueblo. Pero aquí hay un poder mayor, bajo el nombre con el que lo honremos, que nos ordena no solo el deber sino el amor, no solo la justicia sino la piedad…”

Henry Kissinger, por su parte, fue confirmado como secretario de Estado. En sus Memorias, Ford recuerda la recomendación de su antecesor: “Henry (Kissinger) es un genio, pero no debes que aceptar todo lo que te recomienda. El puede ser invalorable, y te va a ser leal, pero tu no puedes darle mano libre por completo”.

“Ratificó Ford la política internacional de EEUU”, tituló Clarín, el día 10.

Kissinger, a su vez, solía bromear con que “no puedo ser presidente mientras esta maldita Constitución no sea enmendada para permitir que alguien nacido en el extranjero pueda alcanzar la Presidencia, pero desde luego, la Constitución nada dice sobre mi imposibilidad en ser emperador”.

Gerald Ford indultó a su predecesor, semanas más tarde. Probablemente supiera que dicha medida afectaría notoriamente sus posibilidades de alcanzar la reelección en 1977, como efectivamente sucedió. Su derrota ante Jimmy Carter lo privó de un mandato elegido por derecho propio. Años más tarde, su actitud patriótica de anteponer los intereses permanentes del Estado por sobre sus propias necesidades políticas personales le valieron el galardón del “Profile in Courage Award”, otorgado nada menos que por la familia Kennedy.

Por su parte, Nixon moriría en 1994. Su residencia en San Clemente (California) y largas estadías en Nueva York fueron el marco en el que transitó su vida como ex presidente. Durante muchos años, hizo grandes esfuerzos por ser readmitido en la sociedad política norteamericana y sus éxitos de política exterior fueron reconocidos muchos años después.

Kissinger, quien cosechó el prestigio de la política exterior creativa e innovadora de su administración, al punto de convertirse en una celebridad mundial, reflexionó años más tarde en sus Memorias (“Years of Upheaval”, 1979) que el caso Watergate se había convertido “en una tragedia griega en la que Nixon terminó cumpliendo su propia naturaleza. Una vez que comenzó, no podía terminar de otra manera”.

Recién en 2005 se conoció la verdadera identidad de quien actuó como “Garganta Profunda” en el escándalo Watergate. Se trató de Mark W. Felt, número dos del FBI de entonces. La revelación tuvo lugar 30 años después del caso.

El caso Watergate, el destino personal de Richard Nixon y la actitud de Gerald Ford de preservar ante todo los genuinos intereses nacionales de su país nos hacen reflexionar, cuarenta años más tarde, sobre la fundamental importancia de las instituciones en el devenir histórico de las naciones.