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El papa Francisco ha aprobado la modificación del Catecismo católico para declarar “inadmisible” la pena de muerte y ha mostrado el compromiso de la Iglesia en animar a su abolición en todo el mundo, según ha informado este jueves la Santa Sede. El cambio, datado el 1 de agosto de 2018, entrará en vigor con su publicación en el diario oficial, L’Osservatore Vaticano, y en el Acta Apostolicae Sedis, que recoge los textos oficiales de la Santa Sede.

El nuevo texto se subraya que “la Iglesia enseña, a la luz del Evangelio, que la pena de muerte es inadmisible, porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona, y se compromete con determinación a su abolición en todo el mundo”. La versión antigua del Catecismo no se excluía la pena de muerte “si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas”.

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El cambio se debe a que, según el nuevo texto, “hoy está cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera después de haber cometido crímenes muy graves” y “se ha extendido una nueva comprensión acerca del sentido de las sanciones penales por parte del Estado”.

“Se han implementado sistemas de detención más eficaces, que garantizan la necesaria defensa de los ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, no le quitan al reo la posibilidad de redimirse definitivamente”, se justifica en el nuevo texto.

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Luis Ladaria Ferrer, ha señalado en un comunicado que ha sido autorizado por el pontífice para introducir la nueva postura ante la pena de muerte, recogida en el artículo 2.267 del Catecismo católico. Ladaria ha escrito una carta a los obispos de todo el mundo donde subraya que el nuevo desarrollo “descansa principalmente en la conciencia cada vez más clara en la Iglesia del respeto que se debe a toda vida humana”.

“Si de hecho la situación política y social del pasado hacía de la pena de la muerte un instrumento aceptable para la tutela del bien común, hoy es cada vez más viva la conciencia de que la dignidad de la persona no se pierde ni siquiera luego de haber cometido crímenes muy graves”, señala el cardenal español.