Análisis: La guerra que según Rusia no es una guerra

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Cohetes rusos llueven sobre Ucrania, en Járvik, el 15 de agosto de 2022. (Foto AP/Vadim Belikov, archivo)

(AP) — No es una guerra, dijo entonces el presidente ruso Vladimir Putin, y lo dice ahora. Es una “operación militar especial”. Sin embargo, en casi todos los sentidos del término, la guerra en Ucrania es precisamente eso.

Y cuando una nación está en guerra, incluso si afirma que no lo está, las repercusiones en el país donde se concibió el conflicto pueden tener un gran alcance.

Casi ocho meses después de que Rusia iniciara una guerra en febrero esperando una victoria relámpago contra la vecina Ucrania —una nación independiente de la que anexionó Crimea en 2014_, decenas de miles de personas han muerto en Ucrania. Millones han sido desplazadas de sus hogares. Se acerca un invierno brutal. Los temores nucleares aumentan. Y el Kremlin ahora está usando drones explosivos para mermar el suministro eléctrico de Ucrania, sumiendo a cientos de miles en la oscuridad.

Cuatro regiones de Ucrania fueron anexionadas ilegalmente en el último mes, aunque están lejos de estar completamente bajo el control ruso, y Putin declaró ley marcial en ellas el miércoles.

Incluso sin llamarlo una guerra formal, Putin podría estar sentando las bases para extender estas medidas restrictivas a toda Rusia. Una cláusula del decreto permite que se imponga la ley marcial en cualquier región rusa “cuando sea necesario”. Es más, los funcionarios de varias regiones rusas le aseguraron a la población después del anuncio de Putin que no planean imponer medidas adicionales.

Esta guerra a la que Moscú no llama guerra también ha exacerbado las tensiones entre los rusos. Hay un gran número de soldados rusos muertos y heridos, muchos de ellos enviados al frente mal equipados y mal dirigidos, para morir esencialmente como carne de cañón.

La Unión Soviética perdió de 10.000 a 15.000 hombres en Afganistán entre una base poblacional mucho mayor, de acuerdo con Samantha de Bendern, investigadora asociada del Programa Rusia y Eurasia del centro de estudios internacionales Chatham House. Dijo a The Associated Press que incluso el cálculo más conservador arroja que 50.000 soldados han muerto en Ucrania. Esa cifra es de tres a cinco veces el número de caídos que la Unión Soviética tuvo en Afganistán en casi 11 años.

“No puedo ver cómo una sociedad puede sostener eso”, señaló De Bendern.

La guerra no declarada también ha tenido sus repercusiones en otras partes.

Cuando un gobernante comienza a perder en el campo de batalla y anuncia una movilización “parcial” de reservistas, cientos de miles de familias resienten el impacto de un conflicto que tal vez sí o tal vez no han apoyado.

El decreto de Putin no describe criterio específico alguno sobre quién sí debe ser reclutado ni precisa cuántas personas deben ser llamadas a filas. El contraste no podría ser mayor con los ucranianos, que tienen la gran motivación de defender su país. Y cuando miles de rusos no quieren que los recluten para una guerra no declarada, huyen de su nación por aire, mar y tierra; cruzan las fronteras hacia donde sea.

Las protestas contra la guerra y contra el reclutamiento han sido reprimidas con severidad. No todos los países se han mostrado comprensivos con quienes intentan abandonar Rusia y han cerrado sus fronteras. Los gobernantes de los Estados bálticos han preguntado dónde estaban sus voces contra la guerra cuando ésta se desarrollaba.

Rusia ha estado movilizando hombres de diversas repúblicas y etnias que no necesariamente comparten los objetivos bélicos ni las políticas del Kremlin, y han ocurrido incidentes de violencia en centros de capacitación o reclutamiento. La semana pasada, un ataque a tiros dejó 11 muertos y 15 heridos en la región de Belgorod, en el suroeste de Rusia. Dos atacantes —originarios de una antigua república soviética que no fue identificada por las autoridades rusas— abrieron fuego contra otros soldados durante una práctica de tiro y fueron abatidos en el intercambio de disparos.

En otro incidente en Siberia semanas antes, un comandante local fue baleado y herido de gravedad por un joven cuyo amigo fue llamado a filas. El atacante había gritado: “Nadie peleará… Nos iremos a casa ahora”.

En contraste con los intensos bombardeos diarios de Rusia contra Ucrania, los ataques militares de Kiev contra Rusia han sido menos letales. Estados Unidos ha sido cauteloso sobre proveer a Ucrania armamento con alcance suficiente para atacar el interior de Rusia a fin de no verse involucrado directamente en el conflicto. Pero las zonas fronterizas de las regiones rusas de Belgorod, Kursk y Bryansk han sido blanco de artillería desde el inicio de la invasión.

Además, cuando un país está en guerra, declarada o no, tiene más aviones en el aire. Eso puede significar un mayor número de accidentes.

El lunes, un avión de combate ruso se estrelló contra un edificio de apartamentos de nueve niveles en la ciudad portuaria de Yeysk, en el mar de Azov, matando a 15 personas, entre ellas tres que saltaron desde el inmueble para escapar del incendio resultante. El bombardero Su-34 cayó después de que uno de sus motores se incendiara en el despegue durante una misión de entrenamiento, dijo el Ministerio de Defensa de Rusia.

Fue la 10ma caída de un avión de combate ruso en una situación ajena a un combate desde que Moscú envió fuerzas a Ucrania. Expertos militares señalan que a medida que el número de vuelos militares rusos aumenta durante la lucha, también lo hace la cantidad de caídas de aeronaves.

De Bendern, la analista de asuntos internacionales, describe un panorama más sombrío para el futuro de Rusia y sus soldados. “Los muertos repatriados no son tanto el problema”, dijo. “El problema son quienes regresan con vida al país, las personas que regresan con vida y dicen: ‘Oigan, no estamos combatiendo nazis en Ucrania. Estamos matando mujeres y niños inocentes’”.

Y hay otro problema de la guerra a la que Moscú no está llamando guerra: Su doloroso legado que podría durar generaciones.

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Fakahany está en Twitter como @tamerfakahany. Danica Kirka contribuyó a este despacho desde Londres.