Asaltos a Congresos de Brasil y EEUU, similares, no iguales

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Manifestantes, simpatizantes del expresidente brasileño Jair Bolsonaro, en el techo del edificio del Congreso Nacional después de irrumpir en el recinto, el domingo 8 de enero de 2023, en Brasilia. (AP Foto/Eraldo Peres, Archivo)

Enardecidas turbas irrumpieron en edificios del gobierno que representan la democracia de sus respectivos países. Impulsados por teorías conspirativas sobre las derrotas de sus candidatos en las urnas, rompieron ventanas, esculcaron los escritorios de legisladores y vandalizaron las oficinas en un despliegue de frustración que duró horas antes de que se restaurara el orden.

El ataque del domingo por parte de los simpatizantes del expresidente Jair Bolsonaro en la capital brasileña desató comparaciones inmediatas con el asalto del 6 de enero de 2021 al Capitolio de Estados Unidos a manos de partidarios del exmandatario Donald Trump dos años antes.

Los dos expresidentes populistas compartieron una estrecha alianza política con algunos partidarios en común, algunos de los cuales ayudaron a difundir las mentiras de Trump sobre un fraude electoral tras su derrota en su intento de reelección, y posteriormente repitieron señalamientos similares de Bolsonaro después de su propio revés en los comicios de octubre pasado. Bolsonaro fue uno de los últimos dignatarios en reconocer el triunfo de Joe Biden en 2020.

“El ejemplo estadounidense de negacionismo electoral y de crear hechos alternativos, y radicalizar la aplicación de la ley y denigrar abiertamente a las instituciones democráticas no es un modelo que haya sido idea de Bolsonaro y los demás”, señaló Scott Hamilton, un exdiplomático estadounidense en Brasil.

Sin embargo, los expertos recomiendan no vincular los dos ataques.

Hubo “similitudes innegables” al 6 de enero, comentó Graham Brookie, director senior del Laboratorio de Investigación Forense Digital del Atlantic Council, que monitorea la desinformación en todo el mundo.

“Las imágenes. Muchas convocatorias en redes sociales son muy, muy similares”, indicó. “Pero existe una enorme salvedad. La democracia en Brasil es muy distinta a la democracia aquí en Estados Unidos. La cultura, el contexto, incluso las instituciones son muy diferentes, y eso es realmente importante”.

Muchas de las conexiones son evidentes. El hijo de Bolsonaro, el legislador Eduardo Bolsonaro, se sumó en 2019 al movimiento populista internacional de Steve Bannon, asesor de Trump. Bannon se convirtió en uno de los mayores propagadores de las mentiras electorales de Trump en 2020 y ha intensificado las acusaciones de Bolsonaro sobre las máquinas de votación amañadas.

Trump fue uno de los pocos aliados internacionales de Bolsonaro, y Bolsonaro a menudo aplaudió el liderazgo de su homólogo estadounidense, al grado de publicar fotos en las que aparecía viendo los discursos de Trump. Él y su hijo visitaron la finca de Trump en Mar-a-Lago y ambos acudieron a cenas en la casa de Bannon.

Tras los disturbios del domingo en Brasilia, Bannon publicó un video en redes sociales en el que se refirió a los manifestantes como “luchadores brasileños de la libertad”.

La Conferencia Conservadora de Acción Política, una importante reunión de activistas de derecha que se ha convertido en caldo de cultivo de entusiasmo pro-Trump, se reunió en septiembre en Sao Paulo. Posteriormente, las autoridades brasileñas detuvieron a uno de los asistentes, el exportavoz de Trump Jason Miller, antes de que saliera del país.

“No estamos a favor de la violencia, pero creemos que las protestas pacíficas son adecuadas y que se debería investigar a fondo la situación en Brasil”, dijo Matt Schlapp, uno de los principales organizadores de la Conferencia, en un comunicado enviado a The Associated Press en respuesta a los disturbios del fin de semana.

Los alborotadores irrumpieron en la sede del Congreso, el Supremo Tribunal Federal y el palacio presidencial, algunos de ellos pidiendo que las fuerzas armadas destituyeran al presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Otros ondearon pancartas que insinuaban que creían en las acusaciones de que las máquinas de votación estaban programadas para robarle la elección a Bolsonaro, lo que hizo recordar los carteles que se vieron el 6 de enero en Estados Unidos, los cuales promovían teorías conspirativas similares.

Las imágenes de los manifestantes brasileños enfrentándose a los policías que resguardaban el complejo, irrumpiendo en las oficinas de gobierno y revisando los escritorios de legisladores de oposición, también evocaron lo visto en el asalto al Capitolio en Washington.

Los ataques se produjeron luego de meses en los que Bolsonaro explotó los temores sobre la integridad electoral sin presentar evidencia, de manera similar a como hizo Trump en 2020.

En noviembre, Bolsonaro atribuyó su derrota a una falla en el software y pidió que se anularan la mayoría de los votos electrónicos. Expertos independientes rechazaron sus señalamientos, y el intento de Bolsonaro de anular los sufragios fracasó.

Sin embargo, las redes sociales se inundaron de desinformación sobre las elecciones, y las publicaciones en las que llamaban a los brasileños a reunirse el domingo en la capital para impugnar los resultados de los comicios se viralizaron en TikTok, Facebook, Telegram y otras plataformas. Una publicación superó las 800.000 vistas desde el viernes, según analistas de Aos Fatos, una organización brasileña de verificación de hechos.

Wendy Via, presidenta de Global Project Against Hate and Extremism (Proyecto Global contra el Odio y el Extremismo), dijo que las revueltas del domingo son un nuevo ejemplo de cómo la desinformación y la retórica pueden dar pie a la violencia si son utilizados por un líder con una audiencia lo suficientemente grande.

“Lo vimos venir”, dijo Via. “Esto no sólo ocurre en Brasil o en Estados Unidos. Este es un problema global. ¿Se debería comparar lo que ocurrió en Brasil con el 6 de enero? Diría que sin duda debido a que es el mismo manual”.

Pero existen diferencias importantes entre ambos ataques y las fuerzas que los impulsaron en los dos países.

“Esto no fue parte de un movimiento orquestado para revertir los resultados electorales”, dijo Christopher Garman, director interino para las Américas del Eurasia Group, un grupo de asesoría de riesgos políticos. “Esto fue un poco diferente” al 6 de enero, añadió.

El 6 de enero de 2021, Trump seguía siendo presidente, y llamó a los simpatizantes que acudieron a su mitin en la Elipse de la Casa Blanca a marchar hacia el Capitolio y detener la ratificación del triunfo de Joe Biden en el Congreso. En Brasilia, la manifestación ocurrió un domingo, cuando había pocas personas en las oficinas de gobierno y Bolsonaro ya había cedido el poder.

Bolsonaro incluso había dejado el país, hacia el estado adoptivo de Trump: Florida, donde parece que reside en el área de Orlando. El lunes ingresó en un hospital de la zona por molestias abdominales.

Garman indicó que Bolsonaro posiblemente se contuvo debido a que el Supremo Tribunal Federal de Brasil ha estado sancionado de manera estricta la desinformación sobre las elecciones, al grado de censurar cuentas de redes sociales y reportes noticiosos que considera engañosos. El expresidente sabía que si insistía, la corte pudo haber impedido que se postulara nuevamente a un cargo de elección popular.

“Si hubiera seguido los pasos de Trump, ya se le habrían suspendido sus derechos políticos”, comentó Garman.

La situación en Brasil es también más delicada que en Estados Unidos. La corrupción sistemática es un tema de mayor preocupación en la nación sudamericana, al igual que la estabilidad de lo que sigue siendo una incipiente democracia luego de décadas de gobierno autoritario que duró hasta la década de 1980. El hombre que derrotó a Bolsonaro, Lula, es un expresidente que fue encarcelado por cargos de corrupción durante el proceso electoral de 2018 y al cual el Supremo Tribunal Federal le anuló su condena.

La frustración hacia el gobierno podría ser familiar entre quienes siguen la política estadounidense: un ambiente sumamente dividido con un centro debilitado, sumado a una creciente desconfianza tanto en las instituciones como en la oposición.

“No es saludable para ninguna democracia tener esos niveles de desconfianza”, puntualizó Garman.

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Los periodistas de Associated Press David Biller, en Río de Janeiro, y Joshua Goodman, en Miami, contribuyeron a este despacho.