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Por: Guido Nejamkis (Infobae)

Dilma Rousseff no volverá al poder: el Senado la condenará en el juicio político abierto el 12 de mayo. La economía brasileña, en tanto, comenzará a rebotar en el cuarto trimestre y crecerá hasta un 1 por ciento en el 2017, dejando atrás la recesión más intensa y duradera desde el bienio 1930/1931. El mayor país latinoamericano, además, comenzará a recuperar la autoestima y la credibilidad global tras los seguramente exitosos Juegos Olímpicos que recibirá en agosto.

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Así, consolidado políticamente, el nuevo gobierno de Michel Temer podrá adquirir la legitimidad que necesita para que el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) -la gran agrupación que por sus dificultades internas para alcanzar un consenso prefería presentarse a la sociedad apenas como una gran fuerza parlamentaria – tenga un candidato propio y competitivo para retener la Presidencia en el 2018.

Tras el trauma reciente, la izquierda brasileña recién tendrá perspectivas de recuperar el poder en unos 15 ó 20 años, ya regenerada y liderada por políticos no involucrados en la experiencia del Partido de los Trabajadores (PT). Algunos ya imaginan al inteligentísimo filósofo y activista Guilherme Boulos en ese papel.

El escenario se describe casi como un hecho en modernos despachos de Brasilia ocupados por nuevos ministros, algunos hasta hace pocos días también defensores de la suspendida presidenta de Brasil.

Mientras, los mismos funcionarios enumeran los errores de los primeros días del gobierno de Temer, censuran declaraciones apresuradas de ministros, rápidamente enmendadas, y perciben inquietud por la imagen del presidente interino, una suerte de primer ministro nombrado por un Congreso aún dominado por un cuentacorrentista suizo, el suspendido jefe de la Cámara baja Eduardo Cunha.

Por eso, con las dificultades evidentes de que Temer, en condición de interino, pueda lograr que el Congreso apruebe medidas impopulares, el trayecto hacia el 2018 que se describe como “casi seguro” debe aún superar varias pruebas para alcanzar el modesto estatus de posible.

En términos brasileños: “falta combinar con los rusos”, expresión que alude a una pregunta del legendario wing Garrincha a su entrenador en el Mundial de 1958, Vicente Feola, antes de un partido con la Unión Soviética. Feola indicó a Garrincha que se lance por la derecha, eluda a dos rivales y luego, cruzando la línea de fondo, coloque un centro para que su compañero Vavá marque el gol. Garrincha, asustado, sorprendido e ingenuo, le dijo: “Muy bien, Feola. ¿Usted ya combinó eso con los rusos?”

Desde entonces, la expresión “faltó combinar con los rusos” se usa en Brasil para explicar que no ocurrió lo que se daba por seguro.

Y la crisis brasileña, intensificada desde que Cunha fue ungido presidente de la Cámara de Diputados el año pasado, ha estado llena de desarrollos imprevisibles.

Para poder afirmar su gobierno y aprobar asuntos polémicos como una reforma del sistema de la seguridad social y nuevos impuestos, Temer debe dejar atrás su condición de interino. Para eso necesita que la presidenta suspendida Dilma Rousseff sea condenada por al menos 54 senadores. Esa es la única urgencia verdadera para Temer. Hasta que ese momento llegue, será un presidente enfocado apenas en tratar de afirmarse. El período a recorrerse tiene como una única certeza la inestabilidad y puede frustrar expectativas de los mercados, de los empresarios y de la sociedad.

El nuevo oficialismo tratará de acortar el trámite del juicio político a Rousseff en el Senado y liquidarlo antes del inicio de los Juegos Olímpicos, el 5 de agosto. Parece difícil de lograr.

El gobierno suspendido apostará a llegar hasta septiembre, hasta cuando espera que el proceso conducido en el Senado por el juez y presidente del Supremo Tribunal Federal (STF), Ricardo Lewandowski, permita demostrar como parcialmente cierta la tesis de Dilma Rousseff: que un Congreso dominado por inescrupulosos juzgó a una presidenta honesta.

Hoy, los números en el Senado no favorecen a la mandataria suspendida, pese a que “petistas” trabajan con la expectativa de revertir algunos votos. Y, justamente, tratarán de usar el escenario de Rio 2016 para dar visibilidad mundial a sus argumentos.

Se espera que la última carta de Dilma, antes del “juicio final”, sea la de ofrecer a la sociedad llamar a nuevas elecciones en caso de que el Senado la declare inocente de haber cometido un “delito de responsabilidad”. Es una admisión de que, incluso declarada inocente, Dilma no podrá volver a gobernar.

Hay más ingredientes para condimentar la feijoada. Uno o varios de ellos pueden amargar el periplo de Temer hacia su declarado objetivo de pacificar y unir a Brasil.

El primero, siempre imprevisible, es el Lava Jato, convertido en Brasil en sinónimo de justicia. Las delaciones del ex senador Delcidio do Amaral y de ejecutivos de Andrade Gutierrez pueden aportar datos terribles también para el nuevo gobierno.

La fragmentación del Congreso, que Dilma sufrió y que encareció la gobernabilidad a un punto insustentable, también coloca espinas en el camino de Temer. En la Cámara baja hay 513 diputados, de los cuales unos 72 son pastores evangélicos. La bancada conocida como BBB (Biblia, Buey y Bala), integrada por representantes del agronegocio, de la “mano dura” y de los movimientos pentecostales, puede imponer al gobierno un alto costo por su apoyo, el de aislarlo aún más de sectores importantes de la diversa sociedad brasileña (las mujeres, los negros, los movimientos sociales, los artistas, etc).

La esperanza de aliados de Temer que buscan aumentar más su influencia política dentro del gobierno es un debilitamiento paulatino de Cunha, quien “pierde un diente por mes”, según dijo un ministro del gobierno a este periodista.

Un capítulo aparte será la ya incipiente puja entre el PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño) y el PSDB (Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), pelea que emergerá con fuerza en caso de que el gobierno de Temer logre afirmarse y que tiene como trasfondo la lucha por la Presidencia en el 2018.

Protagonistas clave de esa disputa son el ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, quien tiene la misión dificilísima de poner en marcha la economía brasileña para ser candidato a presidente en el 2018, y su rival José Serra, el canciller para el que la próxima elección presidencial sería la última oportunidad tras los fallidos intentos del 2002 y el 2010.

Serra, a la vez economista heterodoxo y político de fuste con fama de tractor que buscará atropellar a su compañero de gabinete al que en el pasado trató de “ignorante”, ya avisó que un ajuste de envergadura es misión imposible en tiempos depresión económica.

“Si son inteligentes, Serra y Meirelles deberán entenderse”, dijo un alto funcionario del gobierno de Michel Temer, confiado en el éxito de la nueva administración.

Otra vez, habrá que combinar con los rusos.

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