¿Cuántas veces debemos perdonar?

Por: Diácono Nathanael Soliven

Lecturas: ECLO 27: 30—28: 7; MT 18: 21-35

“Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas”.(Eclesiástico 27:30)

Esta línea del libro del Eclesiástico, tomada de la primera lectura de este próximo domingo, expresa bien un comportamiento extraño y enigmático en el que mucha gente suele caer: aferrarse al dolor y al rencor en lugar de perdonar. A pesar de saber que el rencor y la cólera son cosas abominables que pueden destruirnos por dentro. ¿Por qué parece más fácil seguir aferrándose a ellas? ¿Por qué a veces es más fácil guardar rencor que perdonar?

Cualquier persona que haya sido herida por otros sabe que perdonar no es tarea fácil. Esto es especialmente real cuando la ofensa es grave y se comete repetidamente. Las heridas infligidas pueden ser tan profundas que el perdón parece convertirse en una tarea imposible, y es que ciertamente no es posible sin la ayuda de Dios. En vez de soltar y dejar ir esos sentimientos, tendemos a aferrarnos al dolor, al rencor y a la cólera, sin querer perdonar ni olvidar. Se nos ha cometido una injusticia, por lo que deseamos buscar la justicia a través de la venganza, esperando que al infligir dolor y daño a quienes nos han lastimado disminuya nuestro propio dolor. Sin embargo, cualquiera que haya intentado vengarse sabe que con la venganza no se sanan las heridas que tenemos en el corazón. Como nos recuerda el libro de Eclesiástico: “Cosas abominables son el rencor y la cólera”. Cuanto más nos aferramos al rencor y a la cólera, más seguimos hiriéndonos a nosotros mismos.

En el evangelio de este próximo domingo, Pedro le hace a Jesús una pregunta sobre el perdón: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. A esto, nuestro Señor le responde: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18: 21-22). Los eruditos bíblicos dicen que la respuesta de Jesús de setenta veces siete (un número más grande que las siete veces sugeridas por Pedro) es una hipérbole, que significa que el perdón debe ser dado sin límites. Para enfatizar su punto, Jesús luego cuenta la parábola del siervo malvado cuyas deudas fueron perdonadas por el rey pero que no perdonó a su consiervo las deudas mucho más pequeñas que las que le debía al rey. Al escuchar esta atrocidad, el rey entregó al siervo malvado para que fuera castigado hasta que pagara todas sus deudas.

Siendo perdonar algo tan difícil, ¿por qué entonces debemos hacerlo con quienes nos han lastimado? Tanto el libro de Eclesiástico como el evangelio de Mateo nos dieron una razón simple pero muy profunda: Dios nunca se cansa de perdonarnos, a pesar de que constantemente lo lastimamos a través de nuestros pecados, por lo que nunca debemos cansarnos de perdonar a otros cuando nos lastiman. Nosotros mismos hemos sido perdonados, por eso también debemos perdonar. Como exhorta el libro de Eclesiástico: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados. Si un hombre le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor? El que no tiene compasión de un semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados?” (Eclo. 28:2-4). Esta es, además, la razón por la que, en la parábola de Jesús, las acciones del rey hacia el siervo malvado eran justificables. El rey le ha mostrado tanta misericordia al siervo malvado, por lo que es razonable que él espere que el siervo también muestre gran misericordia a sus compañeros siervos.

A pesar de estas consideraciones, sigue siendo cierto que perdonar no es una tarea fácil. De hecho, hay ocasiones en las que no quiero perdonar, pero sé que necesito hacerlo porque recuerdo que Dios me ha perdonado. A veces puedo ser tentado a buscar excusas para no perdonar: “Yo no soy Dios. A diferencia de Él, mi misericordia y mi compasión no son ilimitados.” Aunque eso es cierto, se mantiene la llamada a perdonar a los que nos han ofendido. Por eso, cuando nos encontremos incapaces de perdonar en esas ocasiones tan difíciles, podemos pedirle a Dios que comparta con nosotros la gracia de Su infinita misericordia y compasión: “Señor, ayúdame a ser siempre misericordioso, porque constantemente me has mostrado misericordia. Ayúdame a perdonar siempre, porque Tú me has perdonado constantemente”.

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