Demos con generosidad y libertad

La semana pasada el Papa Francisco fue como peregrino a Asís.  En esa bella fiesta de San Francisco, el Santo Padre nos ha llamado a todos a seguir al que él ha escogido como tocayo y modelo, San Francisco de Asís, en su seguimiento de Cristo, desprendiéndonos de todo aquello que sea obstáculo en la vida de amor a Dios y al prójimo, ocupándonos de todos los necesitados, viendo a Cristo y reconociendo las llagas de Cristo sobre todo en los más débiles y enfermos y pobres.
Quizás parezca raro hablar del dinero, luego de esta visita del Papa a lugar donde se enfatiza más la pobreza, pero a la vez que hace falta que todos, obispos, sacerdotes y laicos, examinemos cómo lidiamos con el dinero y cómo nos aseguramos de que no sea el dinero el que rija en nuestras vidas, es importante también considerar cómo podemos todos ayudar a la Iglesia, como institución, a responder a las necesidades del pueblo y cumplir su tarea evangelizadora.
Entre los Preceptos de la Iglesia, obligaciones con los cuales los católicos entendemos que la Iglesia tiene derecho de pedirnos que cumplamos, está: “Ayudar a la Iglesia en sus necesidades materiales, cada uno según sus posibilidades”.  En este país, sin la ayuda de la feligresía, las parroquias católicas no podrían cubrir sus gastos.  Es importante ayudar a nuestra comunidad hispana a reconocer la necesidad de apoyar al trabajo de la iglesia, ya que la manera en la cual la Iglesia se sostiene en nuestros países tiende a ser muy distinta.
En el Antiguo Testamento, existía el diezmo, que requería que la décima parte de la cosecha y del ganado se entregaran al Señor, para recompensar a los sacerdotes levíticos, que no tenían parte de la tierra de Israel, y también para mantener a las viudas y los huérfanos (cf. Levítico 27, 30-33; Números 18, 21-32; Deuteronomio 14, 22-29).
En el Nuevo Testamento, sin embargo, nunca se impone el diezmo (en el sentido literal de la décima parte de la cosecha y el ganado) como una obligación para los cristianos.  En las pocas ocasiones en las cuales el tema sale en los Evangelios, se critica creer que el dar el diezmo justifica al que lo da (cf. Lucas 18,12-14).  En los Hechos de los Apóstolos los primeros creyentes vendían sus posesiones y vivían con un fondo común (cf. Hechos 2, 44-45).  San Pablo recomienda la generosidad en el apoyo de la Iglesia, como en el capítulo 9 de 2 Corintios.  Sin embargo, en ninguna parte del Nuevo Testamento se impone la contribución del 10 por ciento, ni de la cosecha, ni del ganado, ni mucho menos del salario.
Todos debemos al trabajo de la Iglesia.  En muchas parroquias católicas existen programas de mayordomía, promoviendo un compromiso de dar una parte del tiempo, de los talentos, y del dinero, para sostener a la parroquia.  Estos movimientos incitan a los feligreses a darse cuenta que todo lo que tenemos el Seños nos lo ha dado para que sirvamos como buenos administradores, y se nos pide que todo lo pongamos al servicio del Reino de Dios.
Es bueno decidir como familia, mirando la realidad económica, de la familia y de la parroquia, qué compromiso se puede hacer con la Iglesia.  La idea se puede describir de esta forma: no darle a Dios la última mordida de nuestra manzana, sino la primera.  Es decir, lo que se le da a la parroquia no debería ser las monedas que nos sobran en el bolsillo, sino lo que hemos planeado dar, en espíritu de oración y generosidad.
Usamos la palabra “diezmo” para hablar de esta contribución, pero no quiere decir que sea de un porcentaje fijo.  Hay que evitar el peligro de considerar que un tal porcentaje es el número mágico que hace falta darle a la Iglesia.  Nunca se debe causarle culpa a nadie, si esa persona no puede dar lo que puede dar otra.  Por ejemplo, nunca se nos debería ocurrir decirle a un obrero inmigrante que está tratando de mantener a su familia en otro país, y que de verdad está viviendo de una manera sacrificada acá, compartiendo un apartamento con 5 hombres más, que tiene que dar un porcentaje fijo del salario a la Iglesia.  Sería inhumano, y ciertamente no divino.
Siguiendo el ejemplo de San Francisco y del Papa Francisco (esto vale tanto para el clero como para el Pueblo de Dios), pongamos en primer lugar no el dinero, sino a Jesucristo, presente en el hermano y hermana que necesita de nosotros.  Apoyemos al trabajo de nuestras comunidades cristianas.  Hagámoslo generosamente.  Hagámoslo libremente.

Pasaje sugerido de la Palabra de Dios – Lucas 17, 19: “Después (Jesús) le dijo al samaritano: ‘Levántate y vete. Tu fe te ha salvado’”.

Demos con generosidad y libertad

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