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Otro penalti obsequiado por el arbitraje. Un adversario con diez en la cancha por la roja a Aquivaldo Mosquera. Monterrey sólo necesitaba querer para poder ser campeón. Pero se fugó del pedestal.

La mesa estaba servida. Pero Rayados claudicó. Renunció. Se acobardó. Huyó de la prominencia de la gloria. Castrado, no fue masculinamente serio.

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Pachuca le arrebató el título, con lealtad, en medio de las deslealtades en ambos juegos de la Final. Se sobrepuso a las heridas arbitrales, y entre un segundo de descuido de la eterna promesa Édgar Castillo, saltó a la heroicidad accidental el cabezazo de Víctor Guzmán, quien ingresó como rescatista para erigirse como el ejecutor del grupo.

En la nómina. Monterrey estaba plagado de figuras, de futbolistas consumados para la trascendencia, pero los baluartes insospechados saltaron desde el pelotón de las víctimas: una noche más de epopeya para Óscar El Conejo Pérez, que hoy es más que los que llenan el botiquín de Juan Carlos Osorio.

Y en la ironía de la tragedia, quien parecía condenado a ser el condenado a muerte, fue el redentor de su equipo: Aquivaldo Mosquera se ganó la roja por impedir que Pabón se pavoneara con el gol de la consagración.

Dejó con diez a Tuzos, que se enamoraba ya resignado de la abnegada esperanza de las tandas de penales. Al final, el villano propiciatorio se transformó en el protagonista redimido con la coronación del Pachuca.

Y entre las sublevaciones urgentes y emergentes de Pérez, Mosquera y Guzmán por los hoy monarcas, los Rayados consumaron la atrocidad de su propio suicidio. Murieron de cobardía, la peor de las muertes.

Porque las circunstancias, si es que cabe tan farsante descripción para los despojos arbitrales al Pachuca en la Ida y en la Vuelta, le entregaron al Monterrey las condiciones inmejorables para ser campeón.

Pero Edwin Cardona despedazó, casi con tufo de traición, el citatorio desde el punto penal. El destino le entregó las llaves de la gloria y de la eternidad en un cobijo majestuoso como es Monterrey, pero…

Con el título en sus pies, en sus manos, y en ese corazón empequeñecido como menudencia de pollo, Cardona se asustó, insisto, ante la prominencia de la gloria, y desperdició el penalti cuando Rayados parecía insinuar una masacre sobre Tuzos.

Un título que se llena de esa fascinación casi mitológica del futbol: los poderosos amparados con el abuso del poder.

Monterrey, pudo, lo supo, debió, pero no quiso, porque, es evidente el sastre de la gloria le confeccionó un frac demasiado grande para Rayados.

Y sin duda, consolidarse, coronarse, consumar el campeonato en medio de tamañas adversidades, agrega un sabor inconmensurable de hedonismo a la coronación de Pachuca.

El universo del futbol mexicano parecía confabular en su contra… y Goliath se quedó con las manos vacías y la sonrisa torcida.

¿Es Cardona el único culpable? Es, sin duda, el Judas convertido en antorcha humana. Pero debe agregarse a un Mohamed que no supo dar la última arenga, la necesaria, la imprescindible, a su grupo.

Y agregar la renuncia de Carlos Sánchez junto con la falta de inteligencia y de autoridad para manejar su caso por parte de la directiva; y claro el egoísmo de Pabón, y la consumada inutilidad histórica de un pecho frío como Cardozo.

¿Y la herencia de Pachuca? La perseverancia, el método, la presencia de tres joyas del futbol mexicano aún pendientes de la madurez consagratoria, como Lozano, Pizarro y Gutiérrez, en medio, cierto, indiscutible, de un equipo que tiene a 11 no nacidos en México en su nómina, y a nueve más diseminados en otros equipo.

Y hoy, al final, en la Final, es más digno vencedor Pachuca, que digno perdedor Monterrey.

Digno vencedor Pachuca, ante un indigno vencido: Rayados