El amor a Dios: fundamento para el amor al prójimo

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San Lucas hace algo brillante en el décimo capítulo de su Evangelio. Presenta el doble mandamiento del amor (10, 25-28). Como vimos en las lecturas del domingo pasado, Jesús ilustra el amor al prójimo con la parábola del Buen Samaritano (10, 29-37).

Inmediatamente después coloca la visita de Jesús a Betania, a la casa de Marta y María (10, 38-42). El ejemplo más impresionante del amor en acción viene seguido por una historia que expresa la necesidad imperante de la contemplación, del amor a Dios.

La semana pasada leímos en la Misa la parábola del Buen Samaritano. Eso nos muestra qué significa el amor al prójimo.

A la pregunta del escriba que quería poder tener excusa para ponerle límites al amor, “y ¿quién es mi prójimo?”, Jesús respondió con esa bella parábola, la cual muestra que no podemos poner límites en la obligación de amar.

Lo importante no es a quién le debemos amor, ya que cada persona es nuestro prójimo, sino cómo actuar siempre con amor, ya que somos prójimos a todo ser humano.

A la vez que este amor sin límites al prójimo es fundamental para la vida cristiana, nos hace falta siempre recordar que el amor al prójimo viene fundado sobre el amor a Dios.
En la vida cristiana hay una tensión constante entre la necesidad de vivir el amor activo al prójimo y la necesidad de pasar tiempo en profunda oración delante el Señor. La colocación del relato de la visita de Jesús a casa de María y Marta, que escucharemos en la Misa este domingo, en seguida después de la parábola del Buen Samaritano, aclara que ambos son absolutamente necesarios.

Jesús visita a estas dos hermanas.

Marta se preocupa por servir, limpiar y trabajar, y luego se enoja con su hermana María, ya que ella no ha hecho más que pasarla bien escuchando a Jesús.

Marta le pide al Señor que corrija a su hermana vaga, ya que piensa que su deber era unirse a ella en el servicio.

Jesús sorprende probablemente a las dos al insistir que “María escogió la mejor parte y nadie se la quitará” (Lucas 10, 42).

Si decimos que amamos a Dios pero no aprendemos a amar a nuestro prójimo cuando más falta le hace, entonces nuestro amor a Dios es falso, no importa cuántas novenas recemos o cuántas veces leamos la Biblia de cubierta a cubierta.

La piedad que no se apiada del necesitado es una piedad falsa. Esa es la lección del Buen Samaritano.

Si decimos que amamos a nuestro prójimo, pero no fundamos ese amor en el tiempo que pasamos, como María, “a los pies de Jesús”, entonces nuestras acciones que pretenden ser de amor llegarán a secarse y viciarse.

El amor al prójimo sin amor a Dios será una obra social, pero no puede ser una obra de la verdadera religión. Esta es la lección del encuentro de Jesús con Marta y María.

Nos toca a nosotros vivir el doble mandamiento de amor. No nos quedemos a la mitad.

Acordémonos siempre de ver a cada hermano (ya sea pobre, enfermo, de otra raza o etnia, anciano, indocumentado, o un niño sin nacer) como hermano.

Acordémonos de pasar mucho tiempo en oración delante el Señor, sobre todo presente en el Santísimo Sacramento — ya sea en el sagrario o expuesto sobre el altar.

Expresemos nuestro amor sin límites al Dios que nos ama sin límites.

Sólo así podrá dar fruto abundante ese amor al prójimo.

Amar a Dios y amar al prójimo. Necesitamos los dos para no quedarnos cojos en el amor.