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Desde ayer, en los círculos políticos brasileños sólo se habla del enigma del sorpresivo crecimiento en las encuestas de Marina Silva, la candidata pop star de las presidenciales 2014. Las últimas consultas revelan que, en intenciones de votos, ella emparda a la presidenta Dilma Rousseff en la primera vuelta y le ganaría, por una diferencia de 10 puntos, en la segunda. La notable evolución de la popularidad de la ex ministra y senadora, que la hizo saltar 7 puntos en menos de una semana, se explica por una combinación de factores. Por empezar, la historia y el temperamento de la propia candidata que la aproxima a sectores juveniles, universitarios y sobre todo urbanos.

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Cofundadora del Partido de los Trabajadores, de donde se fue recién en 2009, Marina ofrece una imagen que combina el origen humilde, sus logros conseguidos por un gran esfuerzo personal, un perfil idealista de profesora que no se enriqueció ni comulgó con la corrupción. A ella se la identifica con otra virtud: la de estar por encima de cualquier fuerza política, lo que en el imaginario popular equivale a liquidar las turbias negociaciones políticas que debieron realizar los “tucanos” (los socialdemócratas) y los “lulistas” para garantizar la gobernabilidad.

Esa “prescindencia” de la ex ministra, expresada en todas sus apariciones, es una ventaja inmediata; pero a largo plazo podría convertirse en su drama. Así como en 2002 Lula se impuso en la sociedad con su famosa consigna de “Lulinha paz y amor”, ahora Marina ensaya ampliar su influencia con una propuesta de “nueva política” que apela al “fin de la polarización” y a la sumatoria de fuerzas. Tanto subrayó la presidenciable esta idea que sus últimos discursos golpean en una misma tecla: suma a su gobierno, si gana las elecciones, a Lula y Cardoso.

No pasó un día que las virtudes electorales de Marina empezaron a meterse dentro de un corsé. El programa oficial de la candidata, que ella misma presentó el viernes en la ciudad de San Pablo, ya sufrió las primeras grandes correcciones. El proyecto original incorporaba una visión social muy progresista, con temas como el aborto en instituciones hospitalarias públicas y el casamiento gay.

24 horas después del anuncio, ayer por la tarde, estas conquistas fueron borradas sin más trámite con una explicación bizarra: su inclusión fue “un error de redacción” explicaron los colaboradores “marinistas”.

Sin los contenidos de avanzada como la aprobación de una ley de identidad de género, de criminalización de la homofobia, y el casamiento entre homosexuales, resta solo la parte más conservadora del documento.

Se trata del capítulo económico, donde las orientaciones aceptadas por Marina son aquellas de los años 90, como las que practicaron Carlos Menem en Argentina y Fernando Collor de Mello en Brasil.

Apertura comercial, ajuste fiscal, cambio libre sin intervención estatal y empresas del Estado que probablemente serán desguazadas y parcial o totalmente privatizadas.

La eliminación de conquistas sociales como las de los homosexuales y lesbianas, produjo ayer las primeras reacciones negativas. Este sector, que representa una fuerza electoral considerable y con influencia especialmente en las clases medias, se sintió “frustrado” y “desilusionado”.

Jean Wyllys, periodista, escritor y diputado brasileño vinculado a los movimientos lésbicos y gays declaró: “Marina, usted jugó con la esperanza de millones de personas. No merece la confianza del pueblo brasileño”.

Hay otros aspectos del plan de gobierno que demuestra su fe en los mercados financieros. Es aquel capítulo en que la candidata se compromete a mantener los planes de vivienda popular. Sólo que con una condición: que sean financiados por los bancos privados, ya que en la visión “marinista” los bancos públicos no tendrían fondos para subvencionar los créditos.

Este tipo de “perlas” programáticas constituye junto con la independencia del Banco Central, una conquista de los mercados financieros, la explicación del entusiasmo demostrado por los operadores de la Bolsa de San Pablo, que pega saltos significativos cada vez que aumenta la popularidad de Marina Silva. Hace 15 días esta mujer era apenas la sombra del ex candidato del Partido Socialista Eduardo Campos. El accidente que lo mató habría de catapultar a su vice, en la fórmula, al primer puesto no sin una fuerte discusión dentro de la cúpula del propio socialismo, donde hay sectores que la ven como una “oportunista”.

De hecho, ni bien fue ungida como presidenciable, Marina desplazó a los dirigentes de esa agrupación y puso los de su entorno, es decir, de aquellos que la seguían para integrar un partido legalmente inexistente: Red Sustentable. El primer envión que recibió la candidata estrella provino, sin duda, del caldo de cultivo dejado por las movilizaciones populares de junio y julio de 2013, donde se cuestionaba de raíz los vicios de la política brasileña.

De allí la consigna tomada por la ex ministra en la que busca demostrar que es el tiempo de la “nueva política” o la “tercera vía”. Por eso, las “renuncias” que ella aceptó en nombre del pragmatismo político, especialmente las demandas del sector financiero y de las iglesias evangélicas, pueden ser un boomerang.

El fenómeno Marina Silva