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El Oscar pierde adeptos año tras año. Las cifras así lo demuestran. La edición 2018, una histórica porque era la número 90, fue la menos vista desde que estos premios se convirtieran en todo un espectáculo televisivo. Si bien registró la decente suma de 26 millones y medio de espectadores, los ratings cayeron en un 19 % frente a la edición del año pasado.

Su poca popularidad se hace muy evidente si se le compara con el espectáculo televisivo más importante de Estados Unidos, el Super Bowl, que este año tuvo una audiencia de un poco más de 103 millones de personas.

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Claro, la ceremonia del Oscar no es la única que ha ido perdiendo seguidores. La del Grammy también registró este año una pérdida de seis millones de espectadores, logrando que solo la vieran menos de 20 millones.

La forma de consumir televisión viene cambiando desde hace rato y ahora la Academia se replantea qué hacer para lograr que su principal gala siga siendo relevante.

Este miércoles, en un comunicado a sus miembros, la Academia se comprometió a garantizar que la transmisión de la entrega de sus galardones no volverá a extenderse por más de tres horas. A menos de que seamos cinéfilos empedernidos (mea culpa), no veo cómo hoy en día una persona quiera sentarse hasta por cuatro horas, como ha ocurrido con el Oscar, a ver la apertura de 24 sobres, número de categorías televisadas, donde aparecen los nombres de películas que la mayoría ni ha visto. A esto hay que sumarle los chistes que solo la industria entiende y los discursos de índole político o familiar que ni los propios productores de la gala están dispuestos a escuchar (por eso ahogan las voces de los ganadores con música incidental). Hay que admitirlo, es una gala de muy poco atractivo para el público masivo.

Como anécdota personal, durante las primeras entregas de los Premios Platino al cine iberoamericano, de los que yo he sido conductor y embajador, uno de los comentarios positivos que recibía al final de la fiesta era que el tiempo del show había volado, resultando ágil y entretenido. Para lograrlo, creo, este tipo de ceremonias no deberían superar las dos horas de duración. La Academia quizá no llegue a esa marca, pero de nuevo, por lo menos ha prometido que ya no será de cuatro o tres horas y media.

El segundo anuncio que la Academia acaba de hacer es el cambio de fecha para la ceremonia, moviéndola semanas antes en el calendario. Es decir, que en lugar de que caiga casi en marzo, se realice durante los primeros días de febrero. Aunque la edición de 2019 será el domingo 24 de febrero, como se anunció previamente, el siguiente año entrará en vigor la nueva norma al llevarse a cabo el 9 de febrero.

Este cambio responde al hecho de que hoy en día, a partir de diciembre, estamos viendo galas de este tipo casi que semanalmente. Hoy vivimos una sobresaturación de premiaciones y todas quieren tener el mismo protagonismo del Oscar. Mi gala favorita es la del Globo de Oro, porque el ambiente es muy relajado, pero también disfruto la de los Spirit, al cine independiente. Esta última ocurre un día antes del Oscar y se realiza a mediodía en una carpa y a pocos pasos de la playa de la ciudad de Santa Mónica, en California. Los Spirit, al igual que otros galardones como los Critics Choice o los del sindicato de actores conocidos como los SAG, se han convertido en un presagio de lo que ocurrirá en la noche del Oscar y por ello el factor sorpresa desaparece en la gran noche del cine mundial. De hecho, lo único que uno espera es que en la ceremonia de la Academia surjan ganadores inesperados, incluso si van en contra de nuestros propios gustos.

En resumen, el tiempo de espera para el Oscar se elimina casi que en dos semanas y de ese modo se busca mantener la euforia durante la muy poblada y competida temporada de premiaciones durante esos primeros días del año.

Finalmente, el tercer cambio y en el cual seguramente la Academia tiene puestas todas sus esperanzas para atraer a un público más millennial, que hoy siente más devoción por una youtuber o un instagramer que por una Jennifer Lawrence, es crear una nueva categoría que premiará los logros destacados de lo que han descrito como una película popular. ¿Qué significa eso? Pues aunque la Academia anunciará más adelante los requisitos y otros detalles para que una producción pueda aspirar a ese premio, suponemos que será la categoría donde cabrán las cintas de superhéroes, las producciones explosivas y de grandes efectos especiales, las siempre bien recibidas de terror o hasta la comedia más popular del año. De nuevo, la palabra clave es popularidad y si repasamos la lista de las diez más taquilleras de este año, allí confluyen todas las anteriormente descritas.

La era milénica quiere inmediatez y rapidez, pero esperemos que tanto cambio no vaya en detrimento de la calidad artística que se supone destaca el nonagenario Oscar.