El peso de la Cruz

Los católicos creemos que el sacerdote, al celebrar la Misa, está representando a Jesucristo de una manera única, está actuando, según decimos, “en persona de Cristo”.

Durante 28 años de sacerdocio el momento en el cual experimenté esto de la manera más profunda fue cuando tuve la dicha de llevar a un grupo a Tierra Santa y pude celebrar la Misa en la Basílica de Getsemaní, conocida como la Iglesia de Todas las Naciones. El altar está colocado al lado de la piedra donde, según una tradición muy antigua, Jesús oró en el Huerto de los Olivos la noche antes de morir. Me acuerdo que cuando celebraba la Misa en ese altar, me pasó algo misterioso. Las vestimentas, que eran bastante normales, empezaron a pesar más y más. Era como si el peso de la Agonía de Jesús, el peso de la Cruz que tomaría sobre sus hombros, estaba sobre mí por unos pocos minutos. Siempre he recordado esa sensación y siempre me ha ayudado a comprender mi relación con Jesús y con su Iglesia.

En el momento actual, muchos se pueden sentir que están solos. Los enfermos, obviamente los que sufren de COVID-19, pero también tantas personas con otras condiciones cuyo tratamiento se está posponiendo a causa de pandemia, se pueden sentir que están sufriendo solos. Los médicos y otros profesionales médicos, que están dedicándose con tanto afán a cuidar a los que sufren y tienen miedo que su propia salud pueda ser afectada, se pueden sentir que sus preocupaciones son en vano. Los familiares de los enfermos y de los ancianos, que no pueden ver a sus seres queridos, aunque quieren compartir su dolor, pueden sentirse como si estuvieran con Jesús en el Getsemaní, sin poder acercarse a Él. Aquellos cuyos seres queridos han muerto solos en los hospitales o los asilos de ancianos pueden sentirse como si hubieran abandonado a sus seres queridos, como Pedro, Santiago, y Juan, dormidos en Getsemaní. Los que han muerto o están por morir en esa situación de aislamiento pueden sentirse como Jesús en la Cruz, gritando, “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” Muchos quizás no experimenten esos dolores tan profundos, pero están preocupados porque no saben cuándo van a poder trabajar de nuevo, cuándo empezará la entrada otra vez, cuándo podrán empezar una vida normal, y tienen miedo.

Mi experiencia en Getsemaní; sin embargo, nos ofrece un lente para ver todo lo que está sucediendo. No estamos solos. Estamos compartiendo esta experiencia con Jesús. La misma teología que dice que el sacerdote representa a Cristo al celebrar la Misa también dice que todo cristiano, gracias al Bautismo, es “otro Cristo”. Durante esta Semana Santa única en la historia, no podemos tener las celebraciones públicas a las cuales estamos acostumbrados, pero les invito a considerar cómo, en las frustraciones particulares que cada uno experimenta, más o menos graves (pero cada una real para la persona que la sufre), estamos con Jesús en Getsemaní, lo que es más, somos Jesús en el Getsemaní. Pueda su oración ser nuestra oración: “Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad”.

El pasado viernes, 27 de marzo, el Papa Francisco nos ofreció un momento precioso de oración desde del portal de la Basílica de San Pedro en Roma. Él también habló de la importancia de sentirnos unidos a Cristo, de saber que Él está con nosotros en todo momento: “El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.”

Si sienten el peso de estos días sobre sus hombros, recuerden que no es un peso que cargan solos. Recuerden que ni es su propio peso. Es el de Jesús en Getsemaní. Es el peso que salva al mundo. Es el peso de la Cruz que no salva.

De nuevo, sepan que en el Seminario estamos rezando por todos ustedes. Durante la Semana Santa, los seminaristas reconocen el privilegio tan grande que tienen de poder participar en los actos más sagrados y ofrecen cada Comunión orando por los cientos de millones de católicos que no pueden recibirla. En nuestra página de Facebook, pueden ver reflexiones diarias de algunos de nuestros seminaristas, y también esperamos poder pasar por transmisión en vivo las liturgias del Triduo Pascual.

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Lecturas para el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: Mt 21, 1-11 (Entrada en Jerusalén); Is 50, 4-7; Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24; Flp 2, 6-11, Mt 26, 14–27, 66

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