El Salvador: más muertes en cárceles con plan antipandillas

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Nancy Cruz de Quintanilla visita la tumba de su esposo en un cementerio de San Miguel (El Salvador) el 13 de octubre del 2022. Su marido, el comerciante José Mauricio Quintanilla, falleció aparentemente de un edema pulmonar tras ser detenido bajo un "estado de excepción" para combatir a las pandillas. (AP Photo/Moisés Castillo)

(AP) — Jesús Joya dice que su hermano era “especial”. A sus 45 años era como un niño, le gustaba complacer a los demás. Nadie lo confundiría con un pandillero. Sin embargo, la última vez que Jesús lo vio, Henry abordaba un autobús que lo llevaría a la cárcel.

“Henry, vas a salir. Tú no has cometido ningún error”, gritó Jesús.

Desde su asiento, Henry respondió despidiéndose con la mano. Un policía le dio un manotazo en la cabeza.

Tres semanas antes, el 26 de marzo, las pandillas en El Salvador habían matado a 62 personas en todo el país, lo que desató la indignación nacional. El presidente Nayib Bukele y sus aliados en el congreso emprendieron una guerra contra las pandillas y suspendieron los derechos constitucionales de la población.

Casi siete meses después, ese “estado de excepción” sigue siendo popular. Sin embargo, los pandilleros no son los únicos atrapados en esta caótica operación de las autoridades que ha tenido consecuencias mortales.

Los más de 55.000 detenidos han abarrotado el sistema de justicia, ya de por sí saturado. Los acusados prácticamente no tienen esperanza de que los jueces atiendan su caso de manera individual, pues celebran audiencias de hasta 300 acusados a la vez; y los abogados de oficio están inundados con pilas de casos.

Los detenidos a partir de la más mínima sospecha están muriendo en la cárcel antes de que las autoridades revisen sus casos detalladamente. Según una red de organismos no gubernamentales que intenta rastrearlos, por lo menos 80 arrestados durante el estado de excepción han muerto sin que se les haya declarado culpables.

El gobierno no ha dado cifras y ha negado a estos organismos las solicitudes de información pública sobre las muertes. Las autoridades dicen que la información sólo se hará pública dentro de siete años.

En las cárceles, la vida es inhumana. La administración de Bukele rechazó las solicitudes de AP para visitarlas. Los acusados desaparecen en el sistema y son las familias quienes tienen que rastrearlos. Un mes después de que arrestaran a Henry, los agentes penitenciarios del Centro Penal de Mariona, al norte de San Salvador, le dijeron a Jesús que Henry ya no estaba en el penal. No le dieron más información.

El fotógrafo de un periódico local había fotografiado a Henry, vestido en el uniforme blanco del penal, y a Jesús entre la multitud mientras se lo llevaban. Durante más de dos meses, Jesús había llevado el recorte de esa foto a todas las cárceles de El Salvador, y luego a todos los hospitales.

¿Ha visto a este hombre? ¿Ha visto a mi hermano?, preguntaba.

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Cuando la policía y el ejército se desplazaron por todo El Salvador para emprender su campaña de arrestos, Bukele tuiteó la cifra diaria de “terroristas” detenidos y afirmó, enérgico, que les haría la vida imposible.

La policía y el ejército cercaron barrios o pueblos, montaron retenes y buscaron de puerta en puerta. Se llevaron a gente parada en la calle, de camino al trabajo, en sus trabajos, en sus casas. A veces, un tatuaje les llamaba la atención o una foto en el teléfono de alguien. En ocasiones llevaban listas de nombres, personas que tenían antecedentes penales o roces con la ley. Animaron a informantes anónimos a dar pistas sobre miembros de pandillas o sus colaboradores.

Algunos comandantes de la policía impusieron cuotas de arrestos y animaron a los oficiales a maquillar los detalles.

Dentro de poco se volvió evidente que el plan del presidente sólo contemplaba los arrestos masivos.

Los legisladores hicieron tiempo: suspendieron el acceso de los arrestados a abogados, extendieron el periodo en el que una persona puede estar detenida sin cargos de tres a quince días, y aumentaron cuánto tiempo pueden pasar presos antes de ser juzgados. De forma casi automática, los jueces enviaron a los detenidos a la cárcel seis meses mientras sus abogados intentaban armar sus casos.

El año pasado, una reforma legislativa cuya motivación real parece ser llenar las cortes con los aliados de Bukele, jubiló a un tercio de los jueces con más experiencia del país.

En las sesiones, jueces sin nombre emitieron sus fallos, escondidos del público. Los motivos por los que dejaron libres a algunos y arrestaron a otros son igual de vagos.

Los jueces en activo están bajo una presión absoluta de seguir la línea del presidente para proteger sus empleos, asegura Sidney Blanco Reyes, una de las jueces a quienes obligaron a renunciar. “Es como que el destino de los privados de libertad depende de lo que diga el presidente.”

El juez Juan Antonio Durán es uno de los pocos en el estrado que se ha manifestado sobre la gravedad de la situación. Debido a una propuesta que circula en el Congreso, la carrera judicial de Durán podría llegar a su fin a principios del próximo año si los legisladores reducen a 25 el número de años que un juez puede ejercer.

“La impotencia que sentimos nosotros es enorme. Da tristeza ver cómo están tratando a la gente, porque hay mucha gente inocente, privada de libertad”, afirma Durán. Incluso los culpables merecen un juicio justo, sostiene.

En mayo del año pasado, el Congreso expulsó a los miembros de la cámara constitucional de la Suprema Corte y los sustituyó con jueces leales a la administración. De la noche a la mañana, la corte pasó de controlar el poder de Bukele a darle luz verde para reelegirse pese a la prohibición constitucional vigente, algo que él mismo confirmó que haría el mes pasado.

A decir de Durán, los nuevos jueces no han resuelto una sola petición de “habeas corpus” —obligar al Estado a demostrar que la detención de una persona está justificada— de nadie detenido bajo el estado de excepción.

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Según cifras del propio gobierno, las cárceles de El Salvador ya estaban abarrotadas antes de empezar la guerra contra las pandillas. El presidente anunció que construiría una nueva megacárcel, pero el proyecto sigue inconcluso. Siete meses después, la cifra de presos de El Salvador supera el doble.

En semanas recientes, con la liberación bajo fianza de una cifra pequeña de detenidos comenzaron a surgir los recuentos de las condiciones inhumanas que se viven dentro de las cárceles. Sin embargo, Zaira Navas, abogada de Cristosal, una organización no gubernamental, asegura que pocas personas están dispuestas a hablar por la probabilidad de que los arresten otra vez.

“Nos han expresado que ellos han visto cuando sacan cuerpos de algunos centros penales”, dice Navas. Los reclusos ocupan celdas atestadas y defecan en contenedores abiertos que vacían hasta que están llenos. Sobreviven con un par de tortillas de maíz al día y no tienen agua potable.

Navas relata que, en general, las muertes se deben a las heridas de las golpizas que reciben cuando los arrestan, enfermedades crónicas por las que no reciben tratamiento, agresiones de otros presos o las deplorables condiciones sanitarias. Los guardias permiten que un preso reciba tratamiento médico solo si quienes comparten celda hacen un alboroto.

Casi siempre, se confirman las muertes en los penales cuando una funeraria llama a un familiar del difunto. No hay comunicación directa con el gobierno. “Hay un interés de ocultar estas muertes y me atrevo a decir que hay un interés de declarar que son muertes naturales antes de reconocer que son muertes violentas”, afirma Navas. Se les atribuye a causas naturales. No hay autopsia. No hay investigación.

Con mayor frecuencia, se declara que la causa de muerte es edema pulmonar, o exceso de líquido en los pulmones. Nancy Cruz de Quintanilla dice que cuando fue a la morgue e intentó acercarse al cuerpo de su esposo, los empleados le pidieron que retrocediera, pues tenía COVID-19. Pero no se incluyó esto en el documento que le entregaron. Sólo edema pulmonar.

El 25 de junio, José Mauricio Quintanilla Medrano, pequeño empresario local y pastor evangélico de medio tiempo, comía en un restaurante local con Cruz y sus dos hijos cuando dos policías entraron a comprar comida. Cuando la familia terminó de comer, los policías se acercaron a su mesa y le pidieron a Quintanilla una identificación y su celular.

Según el reporte policial, los oficiales encontraron a Quintanilla solo en otro barrio, a partir de información que lo señalaba como sospechoso. Cruz está convencida de que la policía quería cumplir con su cuota.

Desde la estación de policía en San Miguel, no muy lejos de la frontera este de El Salvador con Honduras, a Quintanilla le permitieron llamar rápido a su padre. Quintanilla le contó que estaría detenido en San Miguel 15 días mientras la policía investigaba su caso, y que después lo liberarían. Fue el último contacto que sus familiares tuvieron con él. Tres días después, lo trasladaron al penal de Mariona al norte de la capital.

En agosto, Cruz recibió la llamada de la funeraria. “Yo solamente grité y dije entréguenme a mi esposo”.

Cruz coincide en que las pandillas son una plaga. “La verdad es que nadie se opone a que agarren a las personas delincuentes de pandillas, nadie. Todo el mundo dice lo mismo. Lo único que la gente pide y que yo decía, que por qué no investigan antes de agarrar una persona”.