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La elección de medio término abre una nuevo capítulo en la presidencia Trump, pero no en el sentido que algunos esperaban. No hubo tal arrolladora ola azul, según pronosticaban los Demócratas, aunque sí obtuvieron el control de la Cámara de Representantes. Una nueva generación llega a la política con el propósito de moldearla como reflejo de la diversidad de la sociedad: de género, de orientación sexual, étnica y religiosa.

Así, un número récord de mujeres llegarán al Congreso en enero: las primeras nativas-americanas, las primeras musulmanas (una de ellas ex refugiada somalí), la primera senadora por Tennessee, la primera congresista hispana por Texas, la primera ecuatoriana-americana en Florida, además del primer gobernador explícitamente gay en Colorado.

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Los Republicanos, por su parte, retuvieron el Senado. No solo eso, también aumentaron su mayoría allí, lo cual tiene consecuencias para el ítem principal de la agenda conservadora. El Senador Mitch McConnell, líder de la mayoría, declaró sin disimulo en la mañana siguiente a la elección que el resultado había sido muy bueno ya que les permitirá continuar nombrando jueces en varias instancias. Ello con el peculiar estilo de los Republicanos, reclamando el título de propiedad del poder.

Por ello ha sido una elección sin perdedores. Todos ganaron, casi da gusto la política así. Y como apreciará el lector, en este país ambos partidos concentran su munición en las batallas culturales. Mujeres y minorías étnicas para los Demócratas, jueces conservadores para el GOP; allí residen sus respectivos pertrechos en una lucha que es, en última instancia, por definir el alma de la nación.

“No siempre es la economía, estúpido”, podrán decir los Demócratas después de derrotar al oficialismo por ocho puntos a nivel nacional a pesar de una economía que exhibe el desempleo más bajo del último medio siglo. No es la economía, entonces, pero tal vez tampoco sea la identidad en un país donde la búsqueda del alma y del voto ocurre sobre un territorio siempre fluctuante.

Como en Texas, donde el carismático Beto O’Rourke perdió la elección por la banca del Senado, pero por una estrecha diferencia y venciendo en las cuatro grandes ciudades: Austin, Dallas, Houston y San Antonio. Más aún, y esto es lo crucial, arrastrando detrás a los suburbios de dichas ciudades. Con una población más joven y diversa involucrada en la política—los millennials, que aquí son hijos de la inmigración—el archi conservadurismo tejano bien podría convertirse en un recuerdo.

Es una tendencia que se despliega lentamente, pero rasgos de ella se ven en otros estados. Los puntos azules en los mapas electorales—Demócratas—se han extendido de las ciudades a los suburbios. Los puntos rojos—Republicanos—se han intensificado en las zonas rurales.

Si el estado de Virginia señala el camino—en cuyos suburbios residen profesionales jóvenes con empleos en Washington DC y que votan Demócrata elección tras elección—podría tratarse de un cambio estructural, es decir, con efectos duraderos. Florida también parece ir en esa misma dirección, más allá de quién termine venciendo en las elecciones en disputa, la gobernación y el curul en el Senado. El sur profundo podría ser cada vez menos rojo.

Estos son los grandes desafíos para el partido Republicano, para lo cual sus cierres de campaña, cuando suben los globos y baja el papel picado, deberán ser una foto más cercana al país que se ve en la calle, en el metro y en la tele; ese mosaico diverso en el cual sus propios ídolos—atletas y estrellas pop—pertenecen a alguna minoría. La convención Republicana sigue siendo un evento de hombres blancos con cabello gris.

Todo esto ya es material para 2020, desde luego, sin olvidar que el otro gran vencedor de la elección fue el propio presidente. Perder 26 bancas en la elección de mitad de término lo coloca en un club selecto, a la par con Ronald Reagan, nada menos. Todos los demás presidentes perdieron más, en lo que es un dato arraigado de la cultura política del electorado: su preferencia por un gobierno dividido. Obama perdió 63 en 2010, Bush 30 en 2006 y Clinton 52 en 1994, y los tres fueron presidentes de dos periodos.

Dado esto, Trump es quien más ha ganado, de hecho, aunque él no lo vea así. Sus candidatos fueron victoriosos en todos los distritos donde hizo campaña por ellos, a diferencia de Obama quien invirtió en la candidata a la gobernación de Georgia, Stacey Abrams, a la postre derrotada. Obama es el pasado y el Partido Demócrata no parece tener una figura con futuro a nivel nacional, una marca con reconocimiento en el mercado comparable a la marca Trump.

El Presidente tampoco parece darse cuenta que su reelección no depende de su base natural, un verdadero mito que se repite ad nauseam. Que le alcance con distritos radical-conservadores, rurales, y religiosos es un auto-engaño que lo llevará a la derrota. Considérense estos datos de la elección de 2016. Trump ganó Pennsylvania, Michigan y Wisconsin por menos de 1% de diferencia. Los tres estados suman 46 votos en el Colegio Electoral, de haber ido en dirección demócrata Hilary Clinton habría sido presidenta.

Así es el Medio Oeste, siempre pendular y siempre eligiendo al presidente. Ello no hace más que subrayar la importancia del votante medio, ese independiente, pragmático, moderado, con educación terciaria, crecientemente miembro de alguna minoría étnica y residente de distritos urbanos y suburbanos.

Con tanta polarización el centro continúa sin dueño. Quien lo ocupe ganará la elección de 2020. ¡Es la demografía, estúpido!