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A la administración Trump le gustaría que creyéramos que el ascenso del dólar refleja un crecimiento económico más rápido, impulsado por la agenda de desregulación del presidente, los enormes recortes impositivos y el gasto en defensa ampliado. No hay tal, explica este profesor de la Universidad de California en Santa Bárbara.

Tras haber aumentado más del 8% su valor desde el comienzo del año, el dólar estadounidense se está acercando a picos nunca vistos en más de diez años, y los indicadores del mercado apuntan a una apreciación aún mayor en los próximos meses.

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A primera vista, esto parecería reivindicar al presidente norteamericano, Donald Trump, quien llegó al poder con la promesa de “Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”. Uno podría pensar que un dólar más fuerte implica que sus políticas económicas pro-crecimiento están funcionando. Sin embargo, una mirada más detenida revela que las cuestiones son más complicadas; en verdad, Trump podría precipitar una gran caída del dólar.

Por empezar, no es para nada evidente que Trump pueda atribuirse la apreciación del dólar. Pero aún si pudiera hacerlo, un dólar fuerte no es necesariamente bueno para sus objetivos en materia de políticas; tampoco el tipo de cambio es una medida precisa de la verdadera fortaleza de la moneda.

A la administración Trump le gustaría que creyéramos que el ascenso del dólar refleja un crecimiento económico más rápido, impulsado por la agenda de desregulación del presidente, los enormes recortes impositivos y el gasto en defensa ampliado sustancialmente. Después de años de mal manejo, nos dicen, el gobierno ahora ha logrado restablecer la confianza empresarial; Estados Unidos finalmente está a la altura de sus posibilidades.

Pero la mayoría de los economistas entendidos atribuirían la apreciación del dólar a las crecientes tasas de interés. En un esfuerzo por contener la inflación, la Reserva Federal de Estados Unidos ya ha aumentado la tasa de sus fondos federales dos veces este año, y señaló otros dos incrementos antes de que termine 2018. Cuando las tasas de interés de Estados Unidos aumentan, ingresa más capital de inversión, lo que impulsa la demanda de dólares. Y ahora mismo, está entrando en Estados Unidos dinero de todos los rincones del planeta.

La situación hoy no es diferente de la de los antecesores republicanos de Trump. Los ex presidentes Ronald Reagan y George W. Bush también recortaron marcadamente los impuestos, lo que resultó en déficits presupuestarios que llevaron a la Fed a aumentar las tasas de interés. En cada caso, el dólar se apreció drásticamente (hasta en un 60% en el gobierno de Reagan entre 1981 y 1985). Hoy, la Fed vuelve a actuar de manera independiente para evitar el efecto inflacionario de la expansión fiscal. En consecuencia, si alguien fuera a atribuirse los méritos por la apreciación del dólar es la Fed.

Sin embargo, uno puede imaginar a Trump diciendo que las monedas más débiles son para los “perdedores”. Y puede jactarse de la disparada del dólar en su confrontación actual con el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, ahora que la moneda de su país ha caído casi el 60% desde el inicio del año. Pero si bien un tipo de cambio fuerte del dólar podría apelar al ego de Trump, no necesariamente le sirve para su agenda más amplia.

Después de todo, un dólar que se fortalece aumenta el precio de las exportaciones en el exterior y reduce el costo doméstico de las importaciones, desalentando así las primeras y alentando las segundas. Esto está directamente en contra del objetivo manifiesto de Trump de reducir el déficit comercial de Estados Unidos.

La obsesión de Trump con el déficit comercial lo ha llevado a imponer aranceles a las importaciones de aluminio, acero y una amplia gama de productos de China. Pero, irónicamente, las importaciones más caras también ejercerían una presión alcista sobre la tasa de inflación doméstica, que podría obligar a la Fed a aumentar las tasas de interés aún más rápido de lo planeado. Eso, a su vez, produciría una apreciación aún mayor del dólar y hasta mayores déficits comerciales, como sucedió en los gobiernos de Reagan y Bush.