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Por Damien Cave – The New York TimesLUNES 28 DE NOVIEMBRE DE 2016

Cuando Fidel Castro entró victoriosamente en La Habana el 8 de enero de 1959, Juan Montes Torre corrió a las calles a festejar. Trabajador pobre e iletrado del este rural de Cuba, Juan había llegado a la capital un par de años antes y, como la mayoría de sus vecinos, apenas podía creer lo que estaba pasando.

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“Fue un shock emocional -recuerda Juan-. Esos barbudos tan mal vestidos habían ganado, ¡y en nombre de los pobres!”

Juan tenía 25 años, y desde entonces siguió fiel a Fidel hasta el final. La revolución castrista le dio educación, casa y trabajo como oficial de policía. A veces le tocó incluso custodiar al mismísimo comandante.

Pero en la familia de Juan, como en el resto de Cuba, esa lealtad fue menguando generación tras generación. La opinión de sus hijos se oscureció hace décadas por las tensiones provocadas por las restricciones del castrismo. Y Rocío, la nieta de Juan, ha pasado su corta vida lamentando la situación.

Esa historia de fe y desilusión de la familia Montes es muy común en Cuba. Las familias discuten la figura de Fidel desde que llegó al poder, y su muerte vuelve a provocar un intenso choque de emociones para muchos cubanos que reconocen que fue mucho más que una figura política. Para varias generaciones, también era un hermano, un padre, un abuelo, un hombre que había ayudado a producir los primeros logros en salud y educación públicas, que llegaron con restricciones a la libertad de expresión y de reunión, y más tarde, causa de persistentes fracasos económicos.

El padre

Montes escuchó hablar por primera vez de los rebeldes barbudos cuando cosechaba café y fruta en la provincia oriental de Guantánamo. Eran los primeros años de la década de 1950, y los agricultores pobres de la zona habían empezado a armarse en bandas para rebelarse contra los grandes terratenientes.

El 26 de julio de 1953, Castro realizó su primera incursión importante atacando las barracas de Moncada, en Santiago de Cuba. Castro fue capturado y, tres meses después, llevado a juicio; se defendió ante el juez con un largo discurso en el que dijo: “La historia me absolverá”. Ya entonces Juan Montes había decidido mudarse a La Habana y militar con Castro y sus guerrillas.

Tras la toma del poder, en 1959, Fidel prometió cambios radicales. En diciembre de ese año, Montes fue contratado como policía. Era su primer empleo estable desde su llegada a La Habana y además le prometía educación gratuita hasta completar la escuela secundaria.

Visto desde afuera, Castro parecía estar avasallando el sistema judicial, ejecutando a sus opositores y atiborrando las cárceles cubanas de presos políticos. Lo que recuerda Montes, sin embargo, es la profesionalización de una fuerza policial que hasta entonces era una banda de matones corruptos.

Pero también había enemigos cerca, en su mayoría cubanos ricos que se exiliaron no bien Castro empezó con las expropiaciones. Esos exiliados contaban con el apoyo de Estados Unidos, y el 17 de abril de 1961, cuando se produjo la invasión frustrada de la Bahía de Cochinos, Juan Montes estaba custodiando la casa de Celia Sánchez, famosa guerrillera y compañera y confidente de Fidel durante años. Montes recuerda que alrededor de las 4 de la madrugada oyó batifondo en el interior de la vivienda. Momentos después salió Fidel rodeado de hombres armados. “Parecía tranquilo -dice Montes-. Nadie sabía que estábamos siendo atacados.” La crisis de los misiles y el embargo norteamericano sólo fortalecieron en el pueblo cubano esa idea de asedio de la que Castro dependió durante décadas, ya que el líder insistía en que su férreo control sobre la isla era para impedir que los imperialistas del Norte invadieran Cuba.

El hijo
La entrada al hogar de Juan Carlos está cubierta por las ramas de una parra de la que cuelgan gordos racimos de uva chinche. Hasta hace diez años, manejaba un restaurante privado o “paladar”, como le dicen en Cuba, en medio del follaje de su casa. También solía alquilar habitaciones a turistas, hasta que empezó un nuevo negocio: usa su flamante pasaporte español para viajar a Panamá a comprar ropa y luego venderla en La Habana.

Juan Carlos pertenece a la que podría llamarse “generación resolver”: lo que tuvieron que aprender a arreglárselas y negociar en medio de la escasez, las regulaciones y las deficiencias del socialismo cubano en sus últimas etapas. Si la imagen que tiene su padre de Castro y la revolución tomó forma al calor de los cambios de las décadas de 1950 y 1960, la opinión del hijo lleva la marca de la transición de la abundancia de la década de 1980 a la miseria de la década de 1990.

El cambio fue notorio. Cuando la Unión Soviética se desintegró, Cuba perdió a un mecenas que le arrimaba unos 4000 millones de dólares anuales en créditos y subsidios.

En 1990, el gobierno cubano reconoció que la isla había entrado en un “período especial”, eufemismo para decir que Cuba tendría que empezar a hacer algunas excepciones. En 1993, Castro legalizó el dólar estadounidense y permitió el trabajo independiente en decenas de sectores, especialmente los ligados al turismo.

Juan Carlos fue uno de los muchos que aprovecharon el cambio. Por entonces tenía 31 años y ya se había desilusionado del funcionamiento del gobierno de Castro. Antes había trabajado en la aduana, al igual que su padre después de sus años de servicio en la policía. Según Juan Carlos, lo que había visto en la aduana era un sistema antidemocrático que premiaba el silencio en vez de la iniciativa.

Dejó su puesto apenas antes del colapso de la URSS. Trabajó en hoteles durante un par de años. Cuando Fidel legalizó los “paladares” privados, Juan Carlos decidió abrir uno con su mujer, pero había un problema: necesitaba un permiso del Comité de Defensa de la Revolución, el perro guardián del Partido Comunista, y hacía años que el comité de su barrio no se reunía.

Así que se postuló el mismo para liderar el grupo y les pidió apoyo a los vecinos para su candidatura. “Me hice presidente para poder abrir un restaurante”, dice Juan Carlos.

Pero el gobierno de los Castro siempre estaba ahí, nunca demasiado lejos. La década de 1990 impulsó cierta apertura económica, pero a los ponchazos, ya que Fidel y Raúl, que ocupó el poder desde 2006, acotaban los cambios. Los negocios no podían crecer porque la cantidad de empleados que podían contratar estaba restringida por ley.

La nieta
Rocío sueña con convertirse en historiadora del arte. Alta, delgada y con un par de granitos cubiertos con maquillaje, Rocío habla de su país con esa sofisticación llena de matices de alguien que ha recibido una buena educación y ha tenido suficiente tiempo libre como para pensar varias veces las cosas.

Para Rocío, Cuba es el Purgatorio y Fidel Castro, incluso antes de morir, ya era para ella un espectro del pasado, algo que se estudia en los libros, más de lo que se ve en la realidad.

“Fidel tenía una visión inmensa”, dice la joven. Y agrega que obviamente hay un montón de cosas que ama de la Cuba de los Castro: la brisa de las calles sin delincuencia y sin demasiado tráfico, el énfasis en la educación y la cultura. Dice haber temido varias veces que, cuando Fidel y Raúl ya no estén, a la isla vuelva la violencia.

Pero a medida que pasaba de la adolescencia a la adultez, en lo que más pensaba Rocío era en irse. Su mejor amiga una vez fue a Miami de vacaciones y no volvió más. Le contó a Rocío de los shoppings atiborrados de gente y de las impresionantes instalaciones de su nueva escuela.

“A mi generación no le importan la política ni los ideales -dice-. Lo que queremos es irnos. Afuera se puede lograr mucho más.”

Rocío quiere lo mismo que querían su abuelo y Fidel cuando eran jóvenes: un cambio radical y una oportunidad justa de hacerse una vida según sus propios términos. Dice que el gobierno de Raúl Castro, que en los últimos años dio más libertad para la empresa privada y los viajes particulares, es una señal de esperanza, pero para Rocío “el cambio no llega al ritmo que hace falta”.

Generaciones: tres miradas de una familia sobre Cuba