Invitemos a Dios a nacer en nuestro hogar

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Por Diácono John Buonocore
Arquidiócesis de Miami

Este domingo celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. El Evangelio nos narra la presentación del Niño Jesús en el Templo. José y María, fieles a la ley de Moisés, llevan a su hijo al Templo de Jerusalén para ofrecérselo a Dios.

Se trata de un momento especial: Jesús viene a cumplir las leyes del Antiguo Testamento, no a abolirlas. A pesar de ser los padres del mismísimo Dios, José y María cumplen con lealtad las prescripciones de la ley, dejándonos, de este modo, un ejemplo espectacular: nadie está por encima de la ley de Dios.

Si fue necesario que José y María llevaran a Jesús al Templo, ¿no necesitaremos, entonces, en medio de todas las cosas de la vida, tener tiempo para Dios? ¿Le damos a Dios el lugar que le corresponde en nuestras vidas?

José y María nos enseñan a tener nuestros ojos siempre fijos en Jesús, que puede y quiere transformar nuestra vida familiar.

Sí, es verdad, no hay familia perfecta, pero podemos invitar a Dios a nacer en nuestro hogar. Él puede y quiere hacer de nuestras familias un espacio de recogimiento y ánimo. Su amor puede transformarnos cuando oramos en unidad.

La oración es un camino donde fluye la gracia de Dios. Cuando oramos en unidad, Dios se hace presente. No lo olvidemos: la familia que reza unida permanece unida.

Una oración poderosa para la familia es el Santo Rosario. San Luis de Monfort decía que a través del Rosario una gran multitud de gracias fluyen en nuestras almas.

La familia que reza el Rosario crece en virtud y se educa en la fe. Nuestra Madre Santísima nos ha prometido gracias incontables cuando rezamos juntos el Rosario; anhela cuidarnos tal como cuidó al Niño Divino de Belén. ¿Qué necesitamos? Acudir a ella y pedir su intercesión.

Compartamos como familia y experimentemos la transformación que Dios quiere obrar en nuestra vida familiar: convertirla, por la intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, en un lugar de alegría y descanso en medio de un mundo turbulento.

Jesús, María y José, testigos del sufrimiento, comprenden a la perfección por lo que pasa toda familia. Después del nacimiento de Jesús, huyen de la masacre herodiana.

Establecidos en Egipto, José experimenta la dificultad de encontrar trabajo en tierra extranjera. ¿Cómo sostener a su familia?

No fueron ajenos a los aprietos a los que los inmigrantes se ven sometidos. Sin embargo, en medio del apuro, mantuvieron sus ojos fijos en el Amor hecho carne.
Aprendamos de ellos y coloquemos a Jesús en el centro de nuestra vida familiar.