Advertisement

(AP) — No está claro si las Islas Marías funcionaron realmente alguna vez como una colonia penal. El remoto archipiélago es abatido periódicamente por huracanes y sus vetustas instalaciones, algunas de hace un siglo, contienen las ruinas de proyectos “productivos” que alguna vez buscaron hacer que la población carcelaria produjese lo que consumía.

Ahora que el penal acaba de cerrar, la distancia, el clima y la decadente infraestructura podrían dificultar el cumplimiento del próximo objetivo para las islas: Ser un centro ambiental y cultural para los niños.

Advertisemen

Llegar a la islas, que se encuentran a 110 kilómetros (70 millas) de la costa del estado Nayarit, requiere un viaje en lancha bastante agitado. La Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales de México contempla ofrecer cursos de supervivencia en un lugar donde las pocas docenas de reclusos que intentaron escapar se ahogaron. También se planean actividades como la contemplación de aves, caminatas por la naturaleza y programas artísticos y culturales.

Lo único que queda en las islas en estos momentos son unas pocas cabras, algún ganado y gatos domesticados que ahora están librados a su suerte en la isla principal, que llegó a albergar miles de presos.

Sobreviven los gruesos muros de una vieja planta de evaporación de sal y los estanques en desuso de una antigua operación de cría de camarones, testigos mudos del ideal que impulsó el desarrollo de las Islas Marías en 1905: La creación de colonias penales que se sostuviesen por sí mismas y reformasen a los reos a partir de una vida limpia, la belleza del lugar y el trabajo.

No hacían falta barras ni celdas ya que nadie podía escaparse de este sitio rodeado de agua. Las Islas Marías fueron el último centro penitenciario de su tipo, la última de una media docena de colonias penales que funcionaban en islas de distintas partes de América Latina. La colonia fue cerrara por sus altos costos –casi 150 dólares diarios por reo, mucho más que en tierra firme– y por el hecho de que hay más espacio disponible en los penales de tierra firme como consecuencia de reformas legales que han reducido la población carcelaria.

Rogelio Zedillo, ex empleado de la unidad legal de la isla, siempre creyó en el proyecto. Varios de los ex empleados del penal quieren quedarse y conseguir puestos en la Secretaría del Medio Ambiente, que ahora supervisa las islas.

“Para mí es una pena que lo hayan cerrado porque pudo haber sido un cárcel modelo”, declaró Zedillo. “Entonces eran autosustentables, estaban produciendo… Cultivaban hortalizas, tenían ganado vacuno, caprino, cerdos, una producción de peces, una salinera. Funcionaba, el problema fue por la política de las autoridades, que decidieron que ya no fuera una colonia penitenciaria. Entonces, poco a poco fue decayendo”.

Marco Antonio Rugerio Estrada vivió 31 años en la isla principal, la Isla Madre, trabajando para el penal. Le entristece ver el cierre de la cárcel.

“Era una vida muy sana”, expresó, “con un medio ambiente muy bonito, y esto le daba una manera de ver la vida muy diferente. Te levantas y dices ‘estoy en un lugar muy bonito’, y empiezo a reconocerme a mí mismo”.

Para los reclusos, no obstante, distaba mucho de ser un paraíso tropical. No se les permitía ir a las playas. Llevaban una vida muy regimentada, restringidos a ciertas áreas. Dormían en catres, en viviendas pequeñas, y se levantaban a las cinco de la mañana.

Las autoridades dicen que los presos elaboraban su propio licor con frutas fermentadas y que algunos trataron de cultivar marihuana. La producción de licor a escondidas hizo que se prohibiese la posesión de azúcar, dado que acelera el proceso de fermentación.

El penal era visto como una buena forma de aislar y castigar a los presos políticos, incluidos trabajadores huelguistas y socialistas. Los reos ayudaban a cubrir sus costos trabajando en las salinas o en las granjas de camarones. Hacia el final, era más barato producir sal en estanques de evaporación en tierra firme y el costo del transporte de los camarones hizo que esa operación resultase menos rentable.

Otro golpe duro fue la decisión tomada en el 2006, en plena guerra contra el narcotráfico, de transformar la colonia en una cárcel normal para 8.000 a 10.000 reclusos. El régimen de libertad a medias que se ofrecía a los reos y las actividades productivas se resintieron. El penal se vio desbordado y los presos, mal alimentados, se rebelaron en el 2013, matando a seis personas antes de que la marina retomase el control de la isla.

El golpe de gracia llegó en octubre pasado, cuando el huracán Willa azotó las islas con una tormenta de categoría 3 que causó daños por valor de 100 millones de dólares en la prisión. Hoy abundan los edificios sin techo en la isla.

Al cerrar sus puertas en febrero, el penal albergaba solo 659 presos.

Uno de los aspectos más interesantes del penal era que las familias, incluidos los hijos, de los reos podían vivir con ellos a veces. Pero eso representó una carga adicional. Y mucha gente se preguntó si los menores recibían una educación adecuada en la isla

“Hay mucha gente en libertad que merece este tipo de apoyo para tener una vida digna”, afirmó Francisco Garduno Yáñez, director de penales mexicano al que se le asignó la tarea de cerrar la colonia.