Jóvenes guatemaltecos desesperados intentan llegar a EEUU incluso tras muertes de familiares

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Lista de jóvenes migrantes que murieron asfixiados en un camión en San Antonio, Texas, en 2022. Foto tomada en el pueblo de origen de los migrantes, Comitancillo, Guatemala, el 19 de marzo de 2024. (Foto AP/Moises Castillo)

(AP) — Todas las noches durante casi dos años, Glendy Aracely Ramírez ha orado frente al altar del dormitorio de adobe de sus padres donde, debajo de un crucifijo grande, hay una fotografía de su hermana Blanca. La joven de 23 años murió junto con otros 50 inmigrantes en el tráiler de carga de un contrabandista de personas, en Texas.

“Yo pido a Dios para la salud de mi familia, y de llegar a Estados Unidos un día. Mi mamá pide a Dios para que no va a ver otro accidente”, dijo Glendy, de 17 años, quien ya empacó una pequeña mochila para su propio viaje desde la casa de la familia a 2.700 metros (8.900 pies) sobre el nivel del mar en las tierras altas de Guatemala.

Su “coyote” lo pospuso unos días debido a un estallido de violencia entre los cárteles de droga mexicanos que controlan las rutas de migrantes hacia Estados Unidos, pero ella está decidida.

Decenas de miles de jóvenes de esta región prefieren correr riesgos mortales —incluso repetidamente— que permanecer donde no ven ningún futuro. El viaje fatal de Blanca fue su tercer intento de llegar a Estados Unidos.

“Quiero ir allí, porque aquí no hay oportunidades, aunque mamá dice que voy a sufrir lo que le pasó a Blanca”, dijo Glendy sentada con su madre, Filomena Crisóstomo, en su ordenado patio con piso de tierra. “Me gustaría tener una casa, ayudar a mi familia y seguir adelante”.

El número récord de inmigrantes que cruzan ilegalmente la frontera entre Estados Unidos y México ha convertido la migración en una de las principales preocupaciones en este año de elecciones presidenciales en Estados Unidos. Entre esos migrantes, el grupo más grande de menores no acompañados ha provenido de Guatemala: casi 50.000 de los 137.000 encuentros registrados por las autoridades fronterizas en el último año fiscal.

La mayoría son originarios de pequeñas aldeas en las Tierras Altas guatemaltecas, predominantemente indígenas. Los salarios diarios rondan los 70 quetzales (9 dólares), muy por debajo del supuesto mínimo legal. En pequeñas parcelas de suelo arcilloso y quebradizo —que suele ser la única garantía para obtener préstamos para pagar los honorarios de los contrabandistas de personas, que pueden alcanzar los 150.000 quetzales (20.000 dólares)— muchas familias cultivan maíz y frijoles para comer.

Poco más crece en las laderas escarpadas de las montañas, excepto casas de concreto de varios pisos, exuberantemente decoradas, construidas con remesas de seres queridos en Estados Unidos: recordatorios constantes de lo que es posible si tan solo uno llega “al norte”.

En el pequeño pueblo de Comitancillo, dos murales sirven como un recordatorio diferente: son monumentos para conmemorar a las casi dos docenas de inmigrantes locales que murieron en tragedias masivas recientes. O se asfixiaron en el tráiler en San Antonio, Texas, en junio de 2022, o agentes de policía insubordinados les dispararon y les prendieron fuego en Camargo, México, en enero de 2021.

Pasó menos de una semana desde que los restos de la masacre de Camargo fueron devueltos a Comitancillo para su entierro antes de que el primer miembro sobreviviente de la familia partiera hacia Estados Unidos.

Y con un joven de 17 años que logró llegar a Florida este invierno, ahora al menos un miembro de casi todas las familias ha migrado desde la masacre, dijo el reverendo José Luis González, sacerdote de la Red Jesuita con Migrantes. La única excepción fue un hombre de edad avanzada cuya familia ya estaba al norte de la frontera: murió al tratar de regresar tras ser deportado, agregó González.

“Es un signo evidente que es mayor el miedo a quedarse que de irse”, prosiguió González, quien comenzó a ministrar a las familias afectadas cuando viajaron alrededor de seis horas hasta la capital de Guatemala para realizarse pruebas de ADN para identificar los restos.

Muchas familias le atribuyen el mérito al grupo jesuita de ser la única institución que ha permanecido a su lado, y que viaja regularmente a Comitancillo para brindarles actualizaciones legales —casi una docena de policías fueron sentenciados el otoño pasado en el caso Camargo—, así como asistencia psicológica, humanitaria y pastoral.