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La masacre en una sinagoga de Pittsburgh, el incidente antisemita más mortífero en la historia reciente de Estados Unidos, tiene a los judíos estadounidenses preguntándose sobre si ahora están destinados a vivir con miedo y amenazas en su casa, como lo han tenido que hacer durante mucho tiempo alrededor del mundo.

El ataque representa un reto flagrante a los valores fundamentales de Estados Unidos: que la gente de todas las razas o religiones estén dotadas de los mismos derechos inalienables. De repente, esas creencias fundamentales están siendo probadas en una nueva era política divisiva que apunta a un concepto sombrío de ‘El otro’: musulmanes, mexicanos, personas de Oriente Medio.

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El sábado en la mañana —el Sabat judío— un hombre armado destrozó también el sentido de pertenencia de los judíos en Estados Unidos.

Esto no puede ser una coincidencia: un hombre fuertemente armado irrumpió en una ceremonia religiosa judía y mató a 11 personas antes de decirle a las autoridades que “solo quería matar judíos”, luego de una semana que estuvo cargada de otros actos de violencia extremista motivados por la política.

A lo largo de la historia, el antisemitismo usualmente ha sido un indicador temprano de que ese pensamiento extremista está cobrando fuerza dentro de una sociedad, o está siendo usado como una herramienta política por aquellos que buscan explotar el resentimiento o el sentimiento radical.

Es una pregunta cada vez más urgente si la política deliberadamente divisiva del presidente Donald Trump puede darle licencia a los extremistas.

Él no puede ser acusado de ser el culpable directo de incidentes como los del fin de semana. Y el sábado, hizo una condena apasionada del ataque en Pittsburgh, diciendo que el antisemitismo es un “veneno vil lleno de odio” y “una de las características más feas y oscuras de la historia humana”.

Sin embargo, conscientemente Trump ha avivado las divisiones nacionales, adoptando una marca política que usa retórica racial, nacionalista, injurias contra los inmigrantes y refugiados y es ambiguo sobre el extremismo, incluyendo la violencia en Charlottesville, Virginia, en la que supremacistas blancos cantaban eslóganes antijudíos y una mujer que protestaba en su presencia fue asesinada.

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El presidente no va a retroceder. Él respondió este lunes al creciente debate sobre su contribución a la tóxica atmósfera política con uno de sus ataques en Twitter más incendiarios contra los periodistas.

“Hay una gran ira en nuestro país causada en parte por el reporte inexacto e incluso fraudulento de las noticias. Los medios de noticias falsas, el verdadero enemigo de la gente, debe detener la hostilidad abierta y obvia y reportar las noticias de manera precisa y justa”, escribió Trump.

El tuit presenta un intento característico del presidente por explotar las tensiones y nombrar un enemigo en un intento por consolidar su poder entre sus propios seguidores.

En el pasado Trump ha usado tropos y lenguaje conocido para apelar a una pequeña minoría de extremistas que pueden contemplar violencia. Recientemente, Trump ha declarado que es “nacionalista” y reprendió a algunos “globalistas”, dos designaciones que tienen connotaciones inocentes en algunos contextos pero también son reconocidas como palabras clave por los antisemitas.

Eventos como los de la semana pasada pusieron en tela de juicio las advertencias del presidente en un estremecedor argumento de su campaña para las elecciones intermedias de que la mayor amenaza para los estadounidenses proviene de una caravana de migrantes que se encuentra más de 1.000 kilómetros al sur de la frontera con Estados Unidos.

Además del tiroteo masivo en Pittsburgh, un hombre que se identificó a sí mismo como seguidor de Trump, envió bombas por correo a dos expresidentes, dos políticos demócratas y a CNN. Todos han sido blanco de la retórica del presidente.

Y en Kentucky, un hombre blanco mató a dos personas, ambos negros, en lo que se dice es un supuesto ataque racista.

La Liga Antidifamación encontró un 57% de aumento en los incidentes antisemitas en 2017 respecto a 2016, incluyendo discursos de odio en colegios y universidades, vandalismo y amenazas de bomba.

Esas cifras sugieren que si bien Estados Unidos ha sido visto como inmune en gran medida a los sentimientos antisemitas que durante mucho tiempo se han enfrentado en política en algunas naciones europeas, las cosas podrían estar cambiando.

El antisemitismo también ha estado apareciendo cada vez más en campañas políticas, aumentando las posibilidades de que algunos líderes encuentren ventaja en usar ese imaginario para conectar a los votantes radicales mientras conservan la negación del hecho.