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“Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua”.  El 2 de noviembre, cuando la Iglesia Católica celebra la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, nuestra petición ferviente es que los difuntos, nuestros seres queridos y todos aquellos que quizás no tengan a nadie pidiendo por ellos personalmente, reciban del descanso eterno que Dios les quiere dar y puedan vivir en la luz perpetua del cielo.

Toda civilización humana ha tenido manera de recordar a los muertos.  Dependiendo de la perspectiva cultural y religiosa pueden tomar distintas formas estos recuerdos.  La celebración mejicana del Día de los Muertos, festejado en este mismo día, tiene muchos elementos tradicionales, que han quedado de las prácticas de los aztecas, pero marcadas ya con el signo de la esperanza definitiva que ofrece la muerte y resurrección de Jesús, la esperanza de la vida eterna con El en el cielo.

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En los primeros siglos del cristianismo, hay mucha evidencia que el respeto por los difuntos se expresó con el entierro y con monumentos que indicaban la esperanza que el difunto compartiría la vida que Cristo le había ganado.  Pescados y panes, representando la multiplicación milagrosa de los Evangelios, aparecen frecuentemente en los monumentos, igual que el ancla, que simboliza la esperanza y también puede haber sido una manera de esconder una referencia más directa a la cruz (ya que el ancla se puede parecer a la cruz).  Los epitafios a partir del siglo III tienen con frecuencia una referencia a la oración por el difunto.  Las liturgias antiguas expresan de muchas formas las oraciones por los difuntos.

Muchas veces los protestantes nos dicen a los católicos que no se debe rezar por los difuntos, porque ya han sido juzgados y porque la Biblia no dice específicamente que se debe de hacer.  Sin embargo, hay algunos textos bíblicos que apuntan directamente a la importancia de rezar por los difuntos.

Como fuente de apoyo por nuestra práctica, un texto clave es de 2 Macabeos 12,41-46, en el cual los soldados judíos rezan por sus compatriotas difuntos, pidiendo que Dios les perdone sus pecados.  Hay que ver la práctica católica de pedir por los difuntos a la luz de la doctrina del Purgatorio, que expresa nuestra convicción que existe un fuego purificador, al cual alude san Pablo en 1 Corintios 3, 15, que perfecciona al alma que ya ha sido salvada.

Pero, si acepto que existe el Purgatorio, ¿quién soy yo para poder ayudar a la persona que ya ha sido salvada por Cristo?  Si recordamos la que dijimos la semana pasada con respecto a la Comunión de los Santos, se acordarán que formamos todos una sola familia en Cristo.  De hecho, en el Bautismo, hemos sido hecho hijos e hijas de Dios.  Cristo nos ha salvado, y salvándonos, nos ha hecho miembros de su Cuerpo, hasta tal punto que nos hace partícipes en su obra de salvación.

Si esto es cierto, cuando el cristiano pide por un difunto o ofrece por él un sacrificio o una Misa, no está haciendo algo aparte de Cristo, como si estuviera negando la eficacia de la Cruz (una acusación que nos harían algunos), sino que es Cristo el que permite que el cristiano se una a Él y pueda participar en la salvación de esa persona.

Al leer sobre este tema para preparar este artículo, me fijé en un detalle interesante.  En las Iglesias Ortodoxas, no entran en tanto detalle sobre el por qué de la oración por los difuntos, quizás porque a nadie en sus comunidades se le ha ocurrido cuestionar esta práctica, que ha existido, como una expresión de amor por los hermanos difuntos, desde los tiempos más antiguos del cristianismo.  En su fondo, la práctica católica de rezar siempre por nuestros queridos difuntos no se trata de un debate teológico, sino de una oración hecha por y con amor: “Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua”.

 

Pasaje sugerido de la Palabra de Dios – 2 Tesalonicenses 1, 11: “Oramos siempre por ustedes, para que Dios los haga dignos de la vocación a la que los ha llamado, y con su poder, lleve a efecto tanto los buenos propósitos que ustedes han formado, como lo que ya han emprendido por la fe.”

 

La oración por los difuntos como expresión de amor