La política del odio

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Es vergonzoso, inverosímil, debiera de ser inaceptable… pero entre un segmento de nuestra ciudadanía sencillamente no lo es.

Durante los últimos seis años de la historia de quien se precia de ser la democracia más completa del mundo la nación vive diariamente lo que podríamos llamar “la política del odio”.

La nación dio un paso significativo en el año 2008 y eligió al primer presidente no blanco en la historia de los Estados Unidos de América. La mayoría absoluta que obtuvo Barack Obama en las elecciones del 2008 nos llenó de esperanza y por un momento (solo minutos) nos invitó a pensar que la página funesta del discrimen había quedado atrás en el libro de nuestra historia.

Minutos después de conocer los resultados electorales del 2008, el senador Mitch McConnell, líder de la minoría republicana en el senado federal expresó que la misión principal a seguir era la de lograr que Obama fuese un presidente de un solo término.

Teniendo entonces una mayoría en la Cámara el partido demócrata pudo aprobar, con gran dificultad, la ley del servicio costeable de salud y varias otras relacionadas con la igualdad de derechos de la mujer en el trabajo, el acta de recuperación y reinversión (cuyo propósito era el de levantar nuestra economía de la recesión en que nos encontrábamos en ese momento), y la reforma de Wall Street (que dicho sea de paso se aprobó sin un solo voto republicano), entre otras. Dicho sea de paso estas reformas salvaron o crearon sobre tres millones seiscientos mil empleos en nuestra economía.

Desde que la campaña de odio del Tea Party y los multimillones de los intereses creados lograron que la cámara baja cayera en manos del GOP, todo esfuerzo iniciado por la administración para mejorar las condiciones del ciudadano se ha quedado en el tintero sin excepción. Pendiente quedan en este momento un proyecto de mejoramiento de infraestructura que crearía millones de empleos. Mientras ese no se aprueba, mientras la amnistía de inmigración duerme el sueño de los justos, han realizado cincuenta votaciones para evitar que tengamos un recurso de salud costeable.

Mientras tanto el presidente ha sido demonizado. Nunca en la historia moderna de nuestra nación se ha visto un odio partidista tan marcado como el que hemos vivido en los últimos seis años. Es como si el partido de oposición no quisiera reconocer que las decisiones de nuestra expresión en las urnas merece su respeto y su acción en apoyo a lo que el pueblo dictaminó con su voto.

El GOP quiere evitar a toda costa que nuestro primer presidente no blanco deje tras de él un legado de logros permanentes a favor de nuestros pobres, nuestros niños, nuestras mujeres y nuestra clase media.

Esa política de odio y desinformación nos falta el respeto. Que recuerden que los pueblos despiertan ante las verdades ineludibles. Hay que enseñarlos a respetar.

La política de odio no tiene cabida en nuestra democracia. Nos avergüenza y nos atrasa.

La política del odio